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10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE IN MEMORIAM Yma Sumac Canto imperial del ave andina Una voz muy por encima de lo habitual, en una mujer con los rasgos de un enigma exótico hallado en la selva peruana y puesto en el Hall of Fame (el Paseo de la Fama) de Hollywood POR EDUARDO CHAMORRO sted es un pintor moderno en el estilo moderno- -le dijo Picasso al colega que le visitaba- y yo lo soy al estilo egipcio Ella fue una cantante cubista en el sentido interplanetario e intemporal y puntiagudo de sus cantos. Podía cantar como en la cola de un cometa. Aseguraba haberlo aprendido de U los pájaros. Y a veces cantaba como si lo hiciera un ave del Paraíso desde un hueco del Nautilus. Podía ser el búho de Minerva o el albatros de la Rima del Viejo Marinero. O el trasunto de aquel monje de Armenteira que se durmió oyendo cantar a un pájaro y despertó pasados más de mil años. Cuando cantaba, los imperios- -desde el Inca al de la China- -podían transcurrir como en un vértigo. Era altiva y satinada. Resumía en sus poses todo el aplomo distante del más viejo estilo egipcio. Ahí era nada la dama: Zoila Augusta Emperatriz Chávarri del Castillo, nacida en Ichocan de Cajamarca, el 10 de septiembre de 1922, última descendiente directa, al pa- recer, del gran emperador Atahualpa. No hay otra peruana con su nombre inscrito en el Paseo de la Fama de Hollywood. Por otro lado, cualquier imperio hubiera querido tener sus pómulos. Su nombre en quechua era también su homenaje: Yma Sumac significa Qué linda en la lengua de los incas. Así la llamó su marido, un hombre avispado y de nombre bien oportuno: Moisés Vivanco. Fue su descubridor en Lima, en el club donde cantaba años después de que un funcionario que oyó sus trinos y averiguó su paradero, la rescatara de la selva. Eso fue en 1942. Cuatro años más tarde, Moisés Vivanco logró que el cónsul del Perú en Estados Unidos certificara que la cantante llevaba sangre imperial en las venas. Lo cierto es que su voz podía embobar y cautivar al más pintado. Su registro de cinco octavas doblaba las dos y media normales en una cantante lírica. Por si eso fuera poco, su dominio de las voces hacía de ella la más perfecta one show woman. No hay voz como ésta en la música actual- -escribió el crítico Glenn Dillard Gunn- Solo una vez por generación se da el caso de una voz semejante En aquella posguerra a mitad de un siglo aturdido por las escabechinas europeas, el exotismo se convirtió en una suerte de insinuación paradisíaca que Yma Sumac resolvía colocando sus sugerencias vocales en la brisa virginal de las cumbres andinas. El talento de Moisés Vivanco la movió tan oportunamente por los Estados Unidos que Capital Records la contrató sin la menor vacilación. Su álbum, Voice of the Xtabay, se encaramó a la lista de los éxitos, de la que no desapareció en toda una década. Charlton Heston le echó una mano en la pantalla, y El secreto de los Incas (1954) fue todo un taquillazo. Sus apariciones en el Hollywood Bowl, el Carnegie Hall y el Royal Albert se convirtieron en acontecimientos musicales. Llegó a ganar un cuarto de millón de dólares cantando una semana en Las Vegas. También supo ser tolerante y versátil, de modo que su ascendencia imperial no le impidió aceptar la invitación de Jruschov a la Unión Soviética, donde era popularísima, ni admitir el declive de su fama en los setenta, cuando intentó remontar con un álbum de rock psiquedélico: Miracles. Aquello no funcionó, y la cantante eligió la leyenda de un regreso enclaustrado a las sombras de una selva furtiva. Nadie sabe a ciencia cierta dónde pasó sus últimos años, si bien fue vista en Hollywood durante los ochenta y en Europa a mediados de los noventa. Alzó su mayor vuelo el 2 de noviembre pasado, en Los Ángeles. Exotismo de posguerra La altiva Yma Sumac, en 1952, con el debido atuendo de una descendiente del Emperador Atahualpa AFP