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9 11 08 HORIZONTES En los talleres, los artistas locales preparan las figuras de Carnaval Olinda La paz de un domingo azul La caña de azúcar movió en Olinda (noreste de Brasil) dinero, conflictos y poder. Portugueses y holandeses la hicieron y deshicieron. Hoy es un tesoro arquitectónico, protegido por la Unesco, lleno de color y de silencio. Hasta que llegue el Carnaval, cuando hierven sus calles POR J. F. ALONSO FOTOS: RICARDO LABASTIER a música avisa antes de doblar la esquina, un poco más allá de la casa donde vivió el cantante Alceu Valença. Atardece en la ciudad empedrada. La luz, al fin suave tras un día de sol doloroso, ilumina la entrada de uno de de baile, ataviadas con medias rojas hasta la rodilla, minifaldas negras y tops con ribetes amarillos o negros. Paisaje a todo color. Risas. Cervezas. Empieza la fiesta, como cada domingo a las cinco en esta peña que se prepara durante meses para el Carnaval. En Olinda el pasado no es un libro de historia. Hay coches, claro, aunque no demasiados, y restaurantes, y tiendas de artesanía, pero el poder de sus calles tal como eran, de los colores vivísimos de las fachadas y de esas ventanas entreabiertas que se asoman al océano nos traslada en seguida a sus momentos de gloria. La fundó Duarte Coelho Pereira, portugués, en 1535, y no tardó en adquirir el L los blocos de Carnaval más populares de Olinda, ciudad Patrimonio de la Humanidad, un pequeño tesoro excelentemente conservado, a tiro de piedra de Recife (Pernambuco, Brasil) Es música enlatada, pero por poco tiempo. Ya llegan las trompetas, y las chicas del grupo