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2 11 08 70 ANIVERSARIO LO PENSARÉ MAÑANA Un Oscar para la Reina POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE ace casi tres años que una reina ganó un Oscar de Hollywood. En realidad, se lo dieron a una actriz, Helen Mirren, pero por su increíble interpretación de la Reina Isabel II de Inglaterra. La actriz británica conseguía diluirse en el interior de la figura de la Reina y componer un retrato magnífico, complejo, preciso, inteligente, generoso, sensible y a la vez implacable. La película se titulaba escuetamente The Queen y la dirigía un británico, Stephen Frears, un cineasta de prestigio que había construido hasta ese mo- H mento una filmografía variada y había hecho películas tan diversas como Las amistades peligrosas Café irlandés Liam o Alta fidelidad entre otras. Su estilo y sus modos cinematográficos no hacían suponer que Frears fuera el más idóneo para una empresa como The Queen un candente fresco del momento más difícil por el que ha atravesado la Monarquía Británica en las últimas décadas: la muerte de Diana de Gales. A pesar de ello, de la dificultad, nadie pareció sorprenderse ante el hecho de que la película de Frears rezumara el conocimiento, el equilibrio y el respeto necesarios para abrir una calculada ventana en ese macizo y arraigado edificio del alma británica. Una película sorprendente, aunque no tanto como el modo en que fue concebida y hecha y, sobre todo, como el modo en que fue recibida en cada rincón del país, incluidos los de la Casa Real. Y era sorprendente, porque Stephen Frears había buscado para cada personaje principal unos actores con los rasgos idóneos (tal vez recuerden al actor que encarnaba a Tony Blair, Michael Sheen, o al príncipe Felipe de Edimburgo, James Cromwell) y un aire muy trabajado para tener su gracia sin caer en la caricatura. Recuerdo que entonces pensé lo impensable: trasladar ese ejemplo a España. ¿Quién y cómo podría acometer una empresa semejante? ¿Habrá aquí algún cineasta con el prestigio, el conocimiento, el equilibrio y el respeto para encontrar y reproducir los colores y los tonos del retrato de nuestra Familia Real? Gozamos del privilegio de tener una Reina asombrosamente rica en matices, en cuyo rostro se ha reflejado cada uno de los mejores y peores momentos que ha vivido España, que ha sabido fundir los verbos ser y estar... pero, ¿sabríamos hallar una intérprete capaz de diluirse en el interior de su figura y hacerla emerger en toda su grandeza, nobleza y complejidad? No se ven director y actores apropiados. Los británicos logran la gracia sin caer en la caricatura, pero me temo que aquí caeríamos en la caricatura sin lograr la gracia. El británico, que es un pueblo que se guarda la pasión en el bolsillo, le ha cantado siempre a su Reina la mejor canción hasta del peor modo posible, el punk. Incluso ha sabido ganarle un Oscar. He ahí un buen reto para nuestro artístico y apasionado pueblo: ganemos un Oscar para la Reina. TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO Mi Reina POR XAVIER PERICAY l día en que yo nací, no existían ni el Rey ni la Reina; sólo los Reyes. Y, encima, no había forma de verlos. Pasaban una vez al año, en una noche epifánica, y estaba terminantemente prohibido ponerles el ojo encima, so pena de quedarse más pelado que el ropero de Tarzán. Es verdad que yo nací muy a finales de 1956 y que por entonces en España, aparte del fútbol y la lotería, no se hablaba más que de Hungría, de la nueva ley del Registro Civil y del Generalísimo- -sobre todo del Generalísimo- Y E también de los Reyes, claro, aunque nadie acertara a verlos. Las cosas siguieron más o menos igual en los años siguientes. Pero, a mediados de los sesenta, empecé a oír hablar de los Príncipes. De unos Príncipes muy distintos a los Reyes que yo conocía, pues nada tenían que ver con la imaginación, sino que eran de carne y hueso. Por aquello de la edad- -de la mía, por supuesto- me había pasado por alto su enlace matrimonial en Atenas, en mayo de 1962, y no digamos ya la imagen del desfile de la Princesa Sofía de Grecia encabezando la delegación de su país, cuando la inauguración de los Juegos Olímpicos de Roma, en agosto de 1960, imagen que algunos periódicos españoles habían recogido en sus páginas de huecograbado. Aun así, el que yo oyera hablar de los Príncipes no significa que prestara especial atención al Príncipe o a la Princesa. No por nada; es que los veía como un todo, como algo inseparable, y, lo que es peor, a la sombra del Generalísimo. Claro que yo, en aquella época, no solamente era joven, sino también antifranquista. Y ejercía. De ahí que ni siquiera la foto de los Príncipes con Josep Pla, el día de San José de 1975, bajo la campana de la chimenea del Mas de Llofriu, rodeados de vino y de buñuelos, pudiera ahuyentar la dichosa sombra. Tuvo que llegar la Transición y, en particular, el 23 de febrero de 1981, para que yo empezara a admirar a quien ya entonces era el Rey de España, y para que, detrás de la figura del Rey, percibiera la de la Reina. No diré que me hice monárquico, pero a punto estuve. En todo caso, sí me hice, seguro, juancarlista. Y, poco a poco- -y que Doña Sofía me perdone por la anfibología- fui volviéndome, a un tiempo, sofista. ¿Por qué? Yo creo que porque siempre he admirado a quien se comporta en toda circunstancia como hay que comportarse. A quien sabe estar a la altura, en una palabra. Y todavía más si se trata, como es el caso, de una altura considerable, que requiere carácter, inteligencia y grandes toneladas de savoir faire De todo ello mi Reina ha dado en estos años innumerables pruebas. Por eso, en un día tan señalado como el de hoy, no puedo sino desearle la mayor de las felicidades. ¡Ah, y que sea por muchos años!