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22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE y no sobrehumano, ni extrahumano, fue siempre en la sencillez de una vida de setenta y siete años, densa de acontecimientos que componen su extraordinaria biografía, Ángel José Roncalli, desde hoy Juan XXIII para el mundo entero. Nace el 25 de noviembre de 1881 en un pueblecillo de la provincia de Bérgamo, encaramado sobre una verde colina, llamado Sotto il Monte, que cuenta con dos mil habitantes y una proximidad a la capital de quince kilómetros. La familia Roncalli, aún enraizada de siglos en modestos y honrosos trabajos agrícolas, goza de genealogía que se remonta al 400, con claro escudo de estirpe que representa una torre castellana sobre un campo de tiras blancas y rojas, que el nuevo Pontífice adoptó como sus armas cardenalicias, colocando sobre la torre el león de San Marcos y aureolándolas con el mote de Obedientia et pax El naciente Vicario de Cristo, tercero entre diez hijos y primero de los varones en la casa ejemplar de un aparcero laboriosísimo, decide a los once años, después de recibir los estudios elementales, abrazar el estado eclesiástico con místico pero a su vez alegre entusiasmo. El seminario de Bérgamo fue su primer banco de prueba para la vocación y para la formación que había de iniciar su claro destino en el servicio de Cristo. Cosas extraordinarias La pluma del cronista, ante el magno e histórico acontecimiento del atardecer de hoy, debe frenar sus impulsos, ya que con sólo la materia de la hora transcurrida entre la designación y la proclamación del Sumo Pontífice, Juan XXIII, necesitaría casi la mitad de estas páginas para describir algunas de las cosas extraordinarias que ha visto. Desde el domingo por la mañana hasta la entrada de la noche de hoy, en el mundo y en Roma, particularmente, no se había hablado de otra cosa que del humo del Cónclave cardenalicio como único protagonista espiritualizado, por vaporoso, que nos había gastado bromas pesadas con las confusas exhibiciones danzantes en blanco y negro desde la chimenea simple, sin preciosismos ni adornos, de la Capilla Sixtina. Sin embargo, tanta impaciencia para que el Papa fuera hecho resultaba excesiva, y no se puede decir que los cardenales, en su clausura, hayan sido tardíos en elegir el nuevo Pontífice, y a la sexta fumata y al duodécimo escrutinio han ofrecido al mundo católico y al mundo en general el nombre del patriarca de Venecia. El entusiasmo público en la plaza ha resultado indescriptible; la voz del nuevo Papa al bendecir al mundo, cristalina de sonoridad y de impostación; las mil campanas de Roma, dirigidas por el campanón de San Pedro, han compuesto el tradicional concierto de Hosannas de la Pascua Florida ante la visión de un Jefe Visible, prefigurando la sublime, por sobrenatural, del Jefe Invisible de la Iglesia y la chispa que ha incendiado de júbilo las tierras cristianas de todo el Orbe ha sido encendida por el progreso técnico, que es tanto como decir el progreso espiritual de los teleobjetivos, de las cámaras televisivas y cinematográficas, de los micrófonos y de los altavoces de la radio y de las rotativas velocísimas, que han llevado a todos los puntos de Roma- -castigada hoy, no se sabe con qué intención, con una huelga total de transportes urbanos- -la noticia feliz de que el símbolo de la Iglesia mi- litante estaba de nuevo en pie, encuadrado en la epifanía gloriosa de la Cátedra de San Pedro. 5- 11- 1958 Para Dante, toda Roma es una imagen del Paraíso. Pero si en la tierra se puede alumbrar una Gloria como reflejo de la Gloria celestial, nadie de cuantos hemos presenciado la coronación del Papa Juan XXIII tendrá duda de que la Gloria, o una parcela del Paraíso, era esta mañana la Basílica de San Pedro. La Gloria en este mundo es la majestad, el esplendor, la magnificencia, Y sobre este triple concepto, en sus cualidades más superlativas, toda la insuperable belleza del templo vaticano se coronaba con la Bienaventuranza. Y de ahí el reflejo celestial en la escenografía in adjetivable ya que ante la grandeza del podium del Papa, y el soberano espectáculo del que era centro luminoso el Pontífice, como el sol en su cénit, no existe adjetivo posible porque aun el más grandilocuente resultaría siempre pálido, y sonaría a tópico ante la realidad indescriptible. Lo mismo que Dante, con sentido geométrico, contemplaba en el Empíreo la forma general del Paraíso probando la alegría del estupor, que al no encontrar palabras transportaba su pensamiento a Roma, también será de asombrosa y perpetua memoria lo que este 4 de noviembre de 1958 hemos visto, junto a la piedra y sobre la piedra de Aquel a quien Nuestro Señor dejó las llaves. Dante se deslumbró en el Paraíso de San Pedro, en el abril jubilar de 1300. ¿Qué nuevo capítulo de la Divina Comedia hubiera podido escribir esta mañana en la floria de la coronación de Juan XXIII? JULIÁN CORTÉS- CAVANILLAS Arriba, un momento de la coronación de Juan XXIII. En la otra página, imagen de la plaza del Vaticano durante las horas previas a la elección de Angelo Giuseppe Roncalli como Papa. La esperada fumata blanca tuvo lugar el 28 de octubre de 1958 a las cinco y diez de la tarde. Una semana después se ofició la ceremonia de coronación del nuveo Pontífice. Junto a estas líneas, las portadas que publicó ABC tras la elección y la coronación de Juan XXIII