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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA Bodegas, Bancos y enciclopedias POR E. RODRÍQUEZ MARCHANTE ay un restaurante en Barcelona que antes fue un Banco, lo cual se descubre no porque aún huela a papel moneda o porque cuenten las patatas fritas, no: el olor es el adecuado y no se aprecia en el servicio un espíritu contable o un ansia interventora. Se descubre por casualidad; o mejor aún, por necesidad: ir a los cuartos de baño es el único modo de encontrar el indicio de que aquello fue una vez un Banco, y un gran Banco a juzgar por las dimensiones de la prueba. En el camino, uno se da de bruces con la bodega del local, que H está instalada en lo que en su día fue la cámara acorazada del Banco. Si bien, ya digo, este desconcertante hecho no afecta a la calidad de su actual dedicación- -buenos vinos, buena comida, ambiente agradable... -sí que lo deja a uno como en alerta. A mí me ocurre, pero tengo entendido que también a otros muchos: es entrar en un Banco y perder por completo el aplomo, y cualquier pregunta, por insustancial que sea, de un empleado, del cajero o de cualquier otro, me devuelve a mis mejores épocas de Bachillerato: con suerte, titubearé un pues... no sé Lo cual que me veo allí ante el camarero entre titubeos y como si fuera a pedir un préstamo. En fin, el caso es que la presencia de una caja acorazada en un restaurante llevó mis pesquisas hacia un terreno casi absurdo. Era evidente que, además de la noble función que desempeñaba ahora esa enorma caja, estaba allí porque para sacarla se hubiera necesitado demoler prácticamente el edificio. No, mejor que se quede dentro y se le aplica eso tan de ahora que se llama reconversión. Y ahí está, reconvertida la caja acorazada en bodega. Perfecto. Y ahora llega el ramal absurdo de la idea: hace unas décadas se puso muy de moda en las casas el meter en ellas cantidades ingentes de enciclopedias, con mucha variedad de marcas y de dedicaciones y disciplinas, aunque todas en un sólo formato: gigante. Con generosos esfuerzos de toda índole, incluido el físico, uno colocaba en unas cuantas paredes de su casa el saber ente- ro de nuestra especie y civilizaciones. Todo. Y por orden alfabético y de temas. Pero, el tiempo también tiene sus gracias y la cosa es que ahora, con un ordenador y una cajita del tamaño de un paquete de cigarrillos con la que se te facilita la conexión a Internet, se tiene el Espasa, el Larousse, la Enciclopedia Británica y hasta el Cossío, ahí mismo, en la punta de su dedo. ¿Qué hacemos, pues, con toda esa batería inoperante de conocimiento que nos amenaza como si fuera a caérsenos encima? ¿Sacarla de allí? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Quién? Imposible. Mucho mejor será reconvertir todo eso, pero en qué. La caja acorazada es una magnífica bodega, pero, ¿y la muralla enciclopédica? ¿qué hacemos con ella? No quisiera que nadie se precipite y cometa una locura. Hay que meditarlo sin prisas, aunque no veo otra solución, por ahora, que tirar el ordenador a la basura. TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO Los gajes de la movilidad POR XAVIER PERICAY aya por delante que nada tengo contra los grandes avances científicos y tecnológicos. Para entendernos: no soy en eso como Gaziel, que en la Barcelona de 1923, al tiempo que quedaba maravillado escuchando por primera vez en directo, gracias a la llamada telefonía sin hilos -es decir, a lo que hoy llamamos radio un concierto que tenía lugar a mil kilómetros de distancia, no dejaba de preguntarse cuántas desgracias iban a acarrearle a la humanidad aquellas ondas má- V gicas. Y aunque tampoco soy un optimista nato, ni uno de esos papanatas que se extasían ante cualquier novedad, y en particular si viene de fuera, considero que en esto, como en todo, lo importante, al cabo, es el balance. Y, qué quieren, hechas las cuentas, parece indudable que, con tanta ciencia y con tanta tecnología, hemos salido ganando. Lo cual no impide que algunos de estos grandes inventos hayan procurado a la especie humana más de un inconveniente. Así, por ejemplo, y para seguir con las ondas- -si bien en este caso de natura- leza distinta- la irrupción en nuestras vidas del teléfono móvil. Les ahorro la enumeración del sinfín de ventajas; aquí el balance, como de costumbre, es altamente favorable al invento. Pero, entre los inconvenientes, hay uno al que nadie alude y que debería merecer, a mi juicio, cierta reflexión. Me refiero a la voz, y, muy precisamente, a la voz que uno se ve obligado a oír. Antes, una conversación telefónica era casi siempre un asunto privado. Las cabinas, ¿se acuerdan? La intimidad así lo exigía. Y hasta el decoro, o al menos eso creíamos algunos. Desde que existe el móvil, todo esto terminó. Ahora no hay espacio público en el que uno pueda sentirse a salvo. Ni la calle, ni el autobús, ni el metro, ni la consulta del médico, ni el vestíbulo del hotel, ni siquiera el ascensor, a poco que uno se vea en la necesidad de utilizarlo en compañía. Y lo peor, insisto, no es el pitido o la musiquilla, y su impertinente irrupción. No, lo peor no es el aparato; es el ser humano que lleva asociado. Porque este hombre o esta mujer hablan. Qué digo hablan; gritan. Y uno no tiene más remedio que renunciar a la lectura del periódico o a lo que lleva en la cabeza y ponerse a escuchar. Sandeces, claro. Sin interés ninguno, como no sea para quien las propala y para el afortunado con el que supuestamente se comunica. Y ya sólo faltaba que, encima, tuvieran las dos manos libres. Porque, además de desplazarse, si la situación lo permite, de acá para allá, ahora este hombre y esta mujer gesticulan. Y se atusan el pelo. Y se hurgan los dientes, la oreja o la nariz. A sus anchas, como si estuvieran en casa. Y todo ello, claro, sin dejar de chillar. Créanme, no hay quien lo aguante.