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26 10 08 ACTUALIDAD Refugio intelectual Madrid 1936, una guerra entre hermanos, hambre, frío, miedo, recelo y angustia en una capital sitiada y bombardeada. En esas circunstancias, ¿quién fue capaz de organizar actividades culturales y quién era su público? Al cerrar sus puertas las escuelas, las universidades y las bibliotecas madrileñas, los profesores, alumnos y lectores, sin obligaciones militares, encontraron en el Ateneo un refugio intelectual que se mantuvo activo gracias a la labor desinteresada de un hombre enamorado de la docta casa y de su Biblioteca, Bernardo G. de Candamo. Renunció a un puesto en la embajada española en París y a una relativa seguridad de su familia para salvar el Ateneo y su Biblioteca. Logró convencer a las autoridades republicanas de que el Ateneo realizaba un servicio de guerra porque desempeñaba un papel de maestro de las multitudes Organizó clases y conferencias impartidas por profesores universitarios en paro que lograron unos insignificantes ingresos que les permitieron comer. Los alumnos jóvenes, a falta de estudios oficiales, obtenían allí mínima formación. Todos ellos y cualquier otra persona interesada podían acudir a la única biblioteca abierta. Logró subvenciones del Ministerio de Instrucción Pública, gracias a su amistad con Azaña, y de las autoridades municipales y militares. Movilizó una campaña de prensa a favor del Ateneo en los principales diarios: ABC, La Voz y Claridad. ABC jugó un papel destacado, definió al Ateneo como baluarte de la democracia intelectual esgrimiendo que la inteligencia es indispensable en la retaguardia El hijo de aquel héroe, Luis G. de Candamo, se formó en aquel refugio durante la guerra. Jesús Alfonso Blázquez Historiador y biógrafo de Candamo Candamo (segundo de pie a la derecha, segunda fila) en el homenaje a Unamuno (centro) en el Hotel Nacional Memoria En carne viva, Madrid 1936- 1939 (Viene de la página anterior) los. Los repartió y al catedrático le cayó alguno. Aquello le llevó a componer su oda que inició Se han cumplido mis antojos estás aquí ante mis ojos rubia y chata no eres pues sombra ilusoria, ni vano tema de historia, ni ensueño, ni patarata ¡Existes, noble patata! Mientras asistían a clase los bombardeos no paraban, la gente decía, mal, que caen obuses pero el obús era el aparato que lanza el proyectil. Da igual: eran uno pepinazos de impresión. La misma lluvia que soportaba mi padre cuando cada día, y por cuatro veces, recorría el camino desde la casa de Claudio Coello hasta la calle del Prado, 21, el Ateneo Pero no siempre iba andando. Alberti y María Teresa habían convertido el incautado palacio del marqués de Heredia Espínola- -en la calle de Salustiano Olózaga, a espaldas de la actual Casa de América- -en su casa y en la sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. A León Felipe le regaló Alberti un abrigo cojonudo del marqués, forrado de piel, que arrastraba por todo Madrid. Bien, pues María Teresa llamaba a mi casa ahora le mando el mecánico a don Bernardo porque era muy fina y no podía decir chofer, y ante la indignación de mi madre que le reprochaba te vas con esa gentuza, bueno vendrás llevaban a mi padre a esas fiestas de impresión donde se ponían las botas Hemingway, que trabajaba para Asiated Press en la acera de enfrente, Malraux, León Felipe... Luego el mecánico le devolvía a casa, y a veces hasta le subía, ante la irritación de mi madre. Y él sacaba una chocolatina, una pasta, los apoforeta que decía Pío Baroja cuando alguien le advertía que se manchaba los bolsillos al meterse hasta el salmón de las fiestas del Instituto Británico, a las que no iba casi nadie, pero nosotros sí por nuestra tradición liberal, y para las que ni se quitaba la boina. mí qué me importa mancharme A- -gritaba don Pío- ¿Es que no sabe que es tradición romana? ¡Yo cumplo con los apoforeta! El rito de llevarse lo que sobraba. El gran maestro Luis Calvo recordó en una Tercera de ABC de 1965, la necrológica de don Bernardo, que Se decía: Los del 98 y Candamo Pero Candamo, que acaba de morir a los 86 años, sabía más literatura que los hombres del 98. ¡Cuántos recuerdos deleitosos se juntan y atropellan evocando la leve figurilla de ave de Bernardo Candamo, miope, sabio, rendido, solitario! Aquel hombre del que sospecharon era testigo profesional, y apunto estuvo de costarle caro, por ir a las checas intentando salvar el pellejo al que podía; aquel a quien terminada la guerra se le hizo juicio sumarísimo porque le creían masón- -y no se había guaseado nada don Bernardo de la masonería: ya le han puesto a usted el mandilito inquería- A punto estuvo de ser fusilado. Le salvó haber dado un hijo por Dios y por España Luego veló por él Finat, conde de Mayalde, director de Seguridad que fue teniente provisional del hijo muerto. Y le prohibieron escribir con su nombre. Usó el seudónimo de Iván d Artedo- -nostalgia de la asturiana Concha de Artedo de su niñez- Testigo profesional Homenaje al bibliotecario Candamo, entre Azaña y Fernández de los Ríos salvo en el ABC, el único donde pudo firmar como Candamo. Tengo aún papeles de prueba escritos por Calvo- -cuenta don Luis- -en los que ponía don Bernardo, haga el favor de escribir con mejor letra porque no le entiende ni Dios Ha sido una lección magistral de rememoración, los antípodas de esa cosa monstruosa y estúpida que pide condenas para muertos ¡de hace 70 años! Entonces, Luis González de Candamo apura su copa de Paternina. Me mira y sentencia: Mi audacia ha sido no tener jamás amo Y ya no me cabe ninguna duda: Este Candamo es otro héroe sin imaginación