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8- 9 D 7 LOS DOMINGOS DE sal durante 40 años de Unamuno- -el historiador Jesús Blasco recoge ese epistolario en su libro Unamuno y Candamo (Ediciones 98) el intelectual puro, el hombre sin imaginación para poder pagar los sueldos de los 30 empleados del Ateneo! Un edificio que se congelaba por dentro (y por fuera, claro) al carecer sus ventanas de cristales- -los bombardeos contra el próximo Hogar Vasco los habían pulverizado- Telefoneaba a Azaña continuamente, al que no le costaba demasiado decirle ahora llamo a Miguel Salvador- -que era el jefe de su secretaría- que lo arregle inmediatamente Y sí, llegaban las órdenes de pagar, pero en la delegación de Hacienda no había una peseta. Fue durísimo Las clases y el ruso blanco Luis G. de Candamo en la biblioteca de su casa madrileña, un caos donde los libros, cual fantasmas, se le rebelan nazos No pensar en que le puede pasar algo terrible es ¡falta de imaginación! ¡Hay tanta! ¿O acaso alguno de los asistentes a ese ejercicio de recuperación de la memoria del Ateneo que no conociera de antemano a Candamo siquiera sospechó que si el padre sufrió la depuración franquista hasta la casi aniquilación, su único hermano, el mayor, el primogénito del héroe del Ateneo, había muerto a los 25 años en el frente, en Villaverde, mientras combatía junto a Franco como militar de carrera con empleo de capitán de artillería? Duda Luis que la bengala verde que vieron sobre sus cabezas fuera lanzada por su hermano, pero sabe a ciencia cierta que aquel día de octubre en que la metralla segó la femoral de su hermano Bernardo, amigo y compañero de Manuel Gutiérrez Mellado, perdió lo que más quería. Y desde ese día su madre, la hija del general Feliú, el militar afecto al Rey, la amiga de la infanta Doña Isabel, ya nunca se quitó el luto. Pienso- -reflexiona en voz alta este hombre de 86 años, de cultura larguísima y políglota- -que en la guerra incivil la gente, en cierto modo, se afilió por antipatías. El general Villalba, de la Brigada Roja y Alba, que así se llamaba, parece ser que tenía una aversión tremenda a Franco desde la Guerra de África, donde se habían puteado medallas y ascensos, y cuando le propusieron si se quería adherir al movimiento preguntó ¿y con quién está Franquito Pues yo con el contrario La guerra de España fue un ensayo de la guerra mundial. A Unamuno no le gustaba la influencia extranjera, pero tampoco le gustaba el comunismo, que no le gustaba a casi nadie, y si no ahí está el libro de Fernando de los Ríos, Viaje a la Rusia sovietista donde cuenta su experiencia por los colegios y universidades rusos y cómo le parecieron horrorosos, y el régimen, tremendo. Bueno, pues justo antes, el 1935, había sido el mejor año de mi padre, ya que tuvo unos éxitos tremendos como socio responsable de la biblioteca del Ateneo- -a él se le debe- gran conocedor como era de todos los libros que se producían en el mundo, y la completó mucho en todas las materias. Por eso Manuel Azaña, Fernando de los Ríos, que entonces presidía el Ateneo, Alejandro Casona y el doctor Lafora, entre doscientos ateneístas, le rindieron un gran homenaje. Para él fue una gran satisfacción. Además, la embajada francesa le había concedido las Palmas Académicas, no en vano mi padre, que había nacido en París, era de cultura absolutamente francesa. Luego, cuando estalló la guerra, todos esos señores tan importantes salieron huyendo (se ríe) y mi padre no quiso dejar el Ateneo, su amada biblioteca, a pesar de que De los Ríos le ofreció ser agregado cultural de la embajada española en París, de la que él se había hecho cargo. Eso hubiera cambiado nuestra vida. Pero mi padre consideró que, habiéndose ido todos los representantes de la junta conforme se aproximaba el cerco a Madrid, él era el único dueño legal de aquello. Así que no quedaron en Madrid más que el general Miaja, representante de la fuerza, y mi padre, al frente de la cultura en el Ateneo, la única institución pedagógica y la única biblioteca (ni siquiera lo estuvo la Nacional) que permaneció abierta en los tres años de contienda ¡Lo que luchó don Bernardo, el modernista que había sido aglutinador de la Generación del 98 y correspon- ¿Y con quién está Franquito Telefoneaba a Azaña porque no tenía para los sueldos y a éste no le costaba decir ahora llamo a Miguel Salvador- -su secretario- -y que lo arregle pero no llegaba nada. Fue duro Cerrado el Instituto Escuela, epígono de la Institución Libre de Enseñanza, para Luis G. de Candamo el Ateneo también se convirtió en su refugio. Su padre, para evitar que la docta casa languideciera, reactivó su vertiente pedagógica: Hortensia Aranzadi daba clases de inglés; matemáticas, el profesor Barinaga; ruso, Kiskilla- -que también enseñaba particularmente a don Bernardo, un aprendizaje que mantuvo hasta el fin de sus días- y alemán un tal Wiesenthall, un judío que había salido de naja de su país. Todos eran magníficos y Hortensia, tan divertida, además nos ponía motes. A una señora rusa de la familia de los Romanov, Vera Romanova, que había sido cantante de ópera y entonaba unos gorgoritos de impresión, la decía the Russian Lady También había un ruso blanco, un ingeniero magnífico que calculaba estructuras, y que había vivido muy bien antes de la guerra, pero que entonces, como todos, estaba sin un duro. En esos momentos había mucha inquietud por los rusos blancos, sobre todo desde la llegada del embajador soviético Marcel Rosenberg, y venían a buscarle de vez en cuando para meterle en la cárcel. Entonces Antonio Torres, el conserje que era masón, se acercaba al pupitre número 1, el que siempre ocupó mi padre, y le decía don Bernardo, que vienen a por el ruso y mi padre le avisaba, saliendo el matemático escopetado por la puerta secreta de Santa Catalina Pero en el Ateneo, además de libros y clases, había hambre, un hambre feroz, como en el resto de Madrid. Don Luis me cuenta que a veces hasta hacía amago de pellizcar las patas de pollo de los bodegones de su casa. De un libro de Horacio saca un original de 1938 escrito por el latinista Bonifacio Chamorro, que no hizo otra cosa en su vida que traducir sus obras salvo una oda propia en honor de ¡la patata! Julián, que era un empleado muy famoso del Ateneo, -explica Candamo- -había traído de su pueblo unos tubércu (Pasa a la página siguiente)