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26 10 08 ACTUALIDAD Memoria En carne viva, Madrid 1936- 1939 La de los Candamo es una historia de antihéroes, supervivientes de nuestra guerra incivil. Don Bernardo, el padre, íntimo amigo de Unamuno y liberal de libro, mantuvo abierto el Ateneo de Madrid durante la contienda. Don Luis, el hijo, aprendió bajo las bombas que los dioses de la guerra- -y a veces los de la justicia- -cargan de metralla sus fuegos de artificio POR VIRGINIA RÓDENAS FOTOS: JULIÁN DE DOMINGO ABC Me parece inútil pediros que penséis en España Miguel de Unamuno (12 de octubre de 1936) V Candamo, junto a sus hijos Bernardo, el mayor, y Luis, en París io una luz verde, preciosa, sobre el cielo de Madrid. Estaba asomado al balcón de su casa del barrio de Salamanca, en la confluencia de Claudio Coello con Don Ramón de la Cruz. Ven, ven, que están tirando bengalas gritó Luis a su padre, que salió a contemplar el espectáculo. Primero la luminaria y luego... ¡boom! Cortes hasta en el cráneo y la casa de enfrente destruida. El adversario, sin duda, buscaba hacer diana en la columna Mangada que había ocupado un convento de monjas a espaldas del edificio, pero erró, como se equivocaron los Candamo, inexpertos como eran en estas cosas de la guerra. Hoy don Luis G. de Candamo me enseña parte de esa metralla, que conserva setenta años después, y que ese día quedó incrustada en las persianas de madera de la casa. Aquella que tanto frecuentaron Alberti, Baroja, Azorín, Valle- -que le daba un miedo horroroso al mozalbete- los Machado, Paco y Julio Camba, el conde camarada Tolstoi e Illia Erhemburg- -que iban a charlar en ruso con don Bernardo- La misma hasta la que Unamuno ascendía de tres en tres escalones, con los bolsillos llenos de ajos para su artrosis, demostrando al Luis niño, con el que llegaba en el tranvía 3- -el rector desde la Residencia de Estudiantes, el chico desde el Instituto Escuela- que estaba en plena forma. Una fortaleza de músculo igual a la que revela la sustancia de los recuerdos de Luis G. de Candamo y que esta tarde pasa por el tamiz del corazón mientras sorbe una copa de rioja. La mayor tristeza- -corría el 31 de diciembre de 1936- -fue la noticia de la muerte de Unamuno. Luego- -me El bombardeo de los panes Luis G. de Candamo, crítico de arte y premiado periodista, lo tiene estudiado: el 15 de octubre de 1938 varios Junker 52 llamados vulgarmente pavas arrojaron sobre el Madrid hambriento y cercado 164.000 bolsas como ésta- -y saca una de papel con la roja y gualda y un texto impreso (sobre estas líneas) -con un panecillo, blanco y muy bueno La bolsa cayó en el patio de su casa de Claudio Coello. Estas bombas cabrearon tanto que iban coches de policía buscándolas y diciendo que estaban envenenadas y que cogerlas era alta traición con fusilamiento inmediato. Yo lo cogí, lo comimos, aunque era muy pequeño, y nos divirtió mucho. Paco Camba habla de ese bombardeo en su libro Madridgrado dice- -tuvimos tragedias mayores Pero de esas no habló el jueves pasado, segundo día del otoño ya vencido de Madrid. Tampoco habló ni de rojos ni de fachas Sólo de los hunos y de los hotros como decía don Miguel. Si acaso, ya digo, del adversario, que vaya usted a saber. Y cuando desde una butaca del magnífico anfiteatro del Ateneo, al que fue invitado para glosar su memoria histórica de la guerra, le preguntaron a don Luis por Alberti, el amigo de su padre, supo con elegancia magnánima citar por delante a María Teresa León, y cuando otro le preguntó por La Pasionaria responder que no la conoció. Y cuando desde la última fila alguien quiso saber qué pasó con el registro de los nombres de los ateneístas al final de la guerra, Candamo, exaltado, espetó: mi padre era un intelectual que no entendía de registros Ya se lo dijo a don Bernardo aquel hombre que le arrancó de la calle por un brazo cuando Alcalá era pasto de los pepi-