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20- 21 D 7 LOS DOMINGOS DE Guillaume Depardieu firma un cartel de la película Ama a tu padre ABC IN MEMORIAM Guillaume Depardieu Vocación para el estrago Tras contraer un virus, muere víctima de una neumonía fulminante el atormentado Guillaume, hijo de Gérard Depardieu, quien mantenía unas turbulentas relaciones de amor- odio con su progenitor POR EDUARDO CHAMORRO veces surgen histrionismos tercos en su persecución del desastre, y hay gente que se empeña en una leyenda autobiográfica a la busca de la pistola con la que saltarse la tapa de los sesos. Claro que también hay egos que deberían desarrollarse enjaulados. Guillaume Depardieu, que falleció el lunes pasado, a los treinta y siete años, en un hospital cercano a París, puso siempre a su padre, el actor Gérard Depardieu, en el punto de mira de la escopeta con la que nunca dejó de buscar un reiterado ajuste de cuentas con la vida. Fue una olla puesta a hervir, un personaje tan en busca de su propio James Dean como para autoinmolarse en la pesquisa. Contaba con la mejor inventada de las excusas para romper todos y cada uno de los espejos en los que se miraba. No veía en ellos sino a su padre, el mismo intruso que se inoculaba en vena, y al que acusaba de beber, mentir y vivir vendido al dinero. Temblaba cuando lo tenía cerca. Cuando lo sabía lejos, se palpaba la ropa, sus pliegues y los rincones más estrictos de la carne en busca de lo que su padre, distante, hubiera podido abandonar por ahí. Es muy probable que sobraran dedos de la mano para contar los días que tuvo de felicidad, o de sosiego tan sólo. Quiso ser una estrella de rock y forjó esa epopeya a lomos de una moto que le costó un accidente en 1995 y la amputación de la pierna, destrozada ocho años después, al cabo de 17 operaciones y de una infección hospitalaria. Su padre, al parecer, le zurraba. Provocaba en mí unas cóleras homéricas señalaba el encartado cuando pretendía describir del mo- A do más preciso los contactos con el hijo que solía llevarle la contraria rasgando el aire con un cuchillo. El primero salía del episodio aplicándose al frasco, y el segundo, a la cocaína, a la heroína y a los disparos contra lo que se moviera a su alrededor. Gérard Depardieu necesitaba dinero, así que podía rodar hasta cinco películas al año, de modo que la casa familiar quedaba para su mujer, la actriz y psicóloga Elizabeth Guinot, su hija Julie, actriz, y el propio Guillaume, también actor. Puede que los actores en paro se detesten, sobre todo si viven tan concentrados y ninguno con la cabeza en su sitio. Fuera como fuese, el joven prefirió colocarse on the road donde la falta de dinero en una encrucijada de ferrocarriles le convirtió en un chapero ocasional. El dinero de esa ocasión le transformó en profesional. Ya puesto, dio en robar. Luego decidió que si no le metían en la cárcel por ladrón, siempre le podían enchiquerar si acertaba a dar con el policía más adecuado para insultarle a la cara. El cine, cuando le llegó su turno al cine, no suavizó sus modales ni alivió sus hogueras ni le amainó las tormentas. Sólo le proporciono una fama más llevadera, y un prestigio más coloquial, menos torvo, sin mermar su vocación para el estrago. Fue un actor revelación desde sus mismísimos comienzos, con Todas las mañanas del mundo, de Alain Corneau. Una cierta selección de la sensibilidad y de las oportunidades le llevó a reconciliarse con su padre con el que llegó a compartir el mismo personaje cinematográfico en distintos momentos de la vida, sin alterar los argumentos de la propia. Cuando le invitó el Festival de Cine de Gijón, en 1999, el hijo de Depardieu destrozó la suite que le asignaron. Uno de sus mejores recursos dramáticos consistía en perdonarle la vida a quien le mirara. Un buen actor El cine le proporcionó una fama más llevadera, pero no aminoró su inclinación por todo tipo de estragos. A la izquierda, en una secuencia de Amor curiosidad prozak y dudas Sobre estas líneas, en La duquesa de Langeais