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10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE Trabajadores en una mina de coltán. Un trabajo en el infierno por el sueldo de un dólar al día en un negocio millonario apenas un dólar de premio. Descalzos y en las más miserables condiciones higiénicas, cada uno de ellos separa el coltán del resto de metales mientras el polvo se acumula en sus caras. Un martilleo acompasado en el que ningún miembro de esta elegíaca orquesta emite la menor queja. El capataz sonríe ante la escena. Estos son mis chicos Nadie le devuelve la sonrisa. Sólo su camisa vale más que el sueldo de un mes de todos ellos juntos. Y con tan discreta vestimenta ya extraña menos su defensa a ultranza de Olive Depot. Se dicen tantas mentiras de nuestro trabajo- -señala- Nosotros sólo somos una compañía intermediaria para que ustedes, los europeos, puedan disfrutar de las comodidades de nuestro tiempo La mayor parte del coltán que se distribuye desde aquí procede de las minas de Mushangi, situadas a apenas 90 kilómetros de Bukavu, donde decenas de menores trabajan en condiciones de esclavitud. Comentamos la penosa situación de esos chiquillos al capataz, quien intenta convencernos de que todo lo hacen por nuestro bien: Si nosotros renunciamos a utilizar niños para extraer el mineral, ustedes deberán renunciar a sus teléfonos móviles y computadoras. El precio del progreso siempre fue alto No menos inquietante es la visita que hacemos a continuación a Jianya Metal Technology (JMT) otra compañía intermediaria, con sede oficial en la ciudad china de Guangzhou. A la entrada de un pequeño chalé fortificado que sirve de centro de operaciones nos recibe Mister Dang Hui, jefe de proyectos de la empresa, quien dice no haber salido a la calle en dos meses por miedo a ser secuestrado Sus dos guardaespaldas se encargan de proporcionarle lo necesario para mantenerle con vida en esta jaula de oro improvisada. JMT es una gran compañía- -asegura este ciudadano asiático que roza la cuarentena- Cada semana compramos 20 toneladas de coltán a 9 dólares el kilo y los vendemos a Europa a 48 Unas cifras espléndidas que contrastan con los apenas 100 dólares al mes que percibe su encargado congoleño, Jacques Baraka. He visto a muchos amigos morir en las minas. El mío es el único trabajo digno que uno puede hacer en Bukavu se disculpa Baraka. Una relajada política aduanera en la que la ilegalidad está a la orden del día permite que decenas de camiones cargados con coltán viajen cada mañana desde Bukavu a la vecina Ruanda sin ningún control. Después, buena parte del coltán exportado desde Olive Depot y JMT va a parar a Bélgica como primer destino. Como explica Muhindo Kulwamurhonyi, director de exportaciones de Muyeye Byaboshi, tercera gran compañía del sector: Nuestra misión es enviar cada día camiones al aeropuerto de Kigali. Lo que Bélgica haga después con esa mercancía es algo que debe investigar la Unión Europea Al otro lado de las alambradas de espino de estas empresas, de sus intrincados negocios y sus varias corruptelas, en las entrañas de Bukavu sobrevive toda una generación de jóvenes cuya vida ha sido arruinada por el coltán. Durante años estuve en la mina, y era como un infierno en vida nos cuenta Patrick, un muchacho de 19 años que sueña con estudiar informática, pero que tampoco descarta volver a la mina ya que es la única oportunidad para los que nacimos en una ciudad de perdedores Inversores extranjeros y esclavizados trabajadores locales para un negocio que, como lamenta Patrick, ha sumergido a la ciudad en la miseria. Tuvimos todos los ases en la mano, y perdimos la partida ¿Futuro? En Bukavu no hay futuro. Nuestras esperanzas hace años que se las llevó el coltán La conexión china Si renunciamos a utilizar niños para extraer el mineral, ustedes deberán renunciar a sus teléfonos móviles y a sus computadoras. El precio del progreso siempre fue alto