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22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE do, aquella mudez, era interrumpida por un solo hombre, que todavía conservaba voz y bríos. Este hombre, de pie y volcado sobre los cables de la barrera, decía así, un poco incoherente: ¿Qué pasa? ¿Qué decís ahora? Lo bueno a todos nos gusta. Quien tiene una onza la cambia. ¿Quién ha visto cosa igual? Yo no lo vi ni en la época de Lagartijo. Y aquel hombre, que hablaba por todos y gritaba por todos, como si tuviera la representación del público, después de sus exclamaciones arrojó el sombrero y el bastón, como lastre que le estorbaba, como si quisiera elevarse para ir a contárselo a su amigo Lagartijo. Aquel hombre era don Joaquín Menchero, con cédula personal de primera clase, como industrial y como aficionado. ¿Qué pasa? preguntaba. Pues verás, lector, lo que pasaba. Para despedir a Rafael se dio cita Madrid en la plaza de toros. Rafael se despidió matando un torillo manso, de Contreras. Saludó a la infanta Doña Isabel, cumplió con la presencia; luego se dirigió al duque de Tovar, y, por último, desde el centro del ruedo brindó al público. El Gallo quiso y no pudo. Su toreo de visualidad y alegría no tenía realización con aquel toro, que no acudía o lo hacía extrañado, sin fijeza, sin bravura. Unos intentos, querer hacer y no hacer nada. El Gallo me parecía un hombre desmemoriado, que intentase recordar. Le ayudó su hermano. Dos pinchazos y dos descabellos, certero el segun- do. Y una ovación de simpatía y respeto. Y salió el quinto. Hasta este momento, la despedida de Rafael era una corrida más. La vulgaridad presidía la fiesta. Pero José vio salir un toro bravo, y como sólo necesita un toro y un pretexto que le obligue, y se trataba del recuerdo que dejaba la despedida de su hermano, dio la vuelta a la corrida. Con el capote fue ese torero fácil que ejecuta sin esfuerzo. Algunas veces no parece que torea, sino que piensa torear; tan suave es de movimientos, tan breve en la insinuación. Cuando cambian el tercio, coge Gallito los palos y quiebra dos pares por la derecha y uno por la izquierda; los tres excelentes; pero el segundo sin moverse, quedándose en la cara del toro, fue un par de los que no olvidan los aficionados. Deseoso de dar cima a quella lidia de éxito, cogió estoque y muleta y Querer hacer ¿Se despide Rafael o José? Rafael, te fuiste de la plaza antes de acabar la corrida sin que nadie se enterara. Ni te despidió el aplauso de los tuyos ni el silbido del enemigo. Saliste sin ser notado. Cuando te buscamos, después de la faena de tu hermano, ya no estabas, te habías ido. Puedes tener por seguro que no dejas rencores. Si los había, los borró tu hermano. Fue tanto lo que trabajó, tanto el afán que tenía por complacer y porque le aplaudieran, que tengo una duda: ¿Quién se despidió ayer, tu hermano o tú? se fue al toro. La gente, puesta en pie, aplaudía y aplaudía sin dejarle empezar la faena, y desde este momento ya nadie se sentó. Vista la actitud del público, soltó la muleta, cogió las banderillas, y allí mismo, donde había puesto los otros tres, clavó un cuarto par, también al quiebro. El toro, bravo, bravísimo, esperó nerviosamente, pero sin irse de aquel terreno, a que el torero se armase de estoque y muleta. Y allí ocurrió la gran faena de muleta, plena de emoción, de esa emoción taurina, en la que alternan el peligro y el arte, tan íntimamente ligados, que no se puede precisar dónde está el peligro y dónde el arte. Las faenas, generalmente, sólo duran hasta el primer pinchazo. Después, aliño y a matar. Pues la labor de Joselito, después del pinchazo, fue casi mejor, por lo menos más eficaz. En esta segunda parte fue donde acabó con el toro, que seguía nervioso. Y entró a matar valientemente, y cruzó muy bien, y rodó el toro muerto. Esto fue lo que pasó. Por esto se le hizo la ovación de los pañuelos y se le dieron las dos orejas, y por esto don Joaquín, caído sobre los cables de la barrera, entonaba su monólogo y arrojaba lastre para ir a contárselo a Lagartijo. Seguían las ovaciones a Gallito. La ovación estruendosa y unánime que siguió a la ovación blanca y silenciosa- -y de la que participó el toro, a quien dieron una vuelta a la plaza- -se rompió en pedazos, y los trozos de aquella ovación, resonando aisladamente en los tendidos al paso del torero, levantaban de nuevo los entusiasmos, como se reproducen los incendios mal sofocados. CORROCHANO Arriba, portada de ABC en la primera despedida de El Gallo, quien definitivamente se retiraría en 1936. En la portada aparece junto a su hermano Joselito- -también conocido como Gallito, a la derecha- -en la capilla de la antigua plaza de toros de Madrid. En la otra página, el día de su boda con Pastora Imperio- -su matrimonio sólo duró unos meses- -y toreando a la verónica. Junto a esta líneas, conversando con Gregorio Corrochano- -autor de la crónica que publicamos- -y brindando al presidente el toro de su despedida