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20- 21 D 7 LOS DOMINGOS DE IN MEMORIAM Boris Yefimov Caricaturista en los tiempos de Stalin Dibujante de chistes en la Unión Soviética. Nacido en 1899, conoció al Zar Nicolas II y llegó a votar por Putin. Tuvo su mérito esa supervivencia con un Stalin que fusiló a su hermano y a su editor POR EDUARDO CHAMORRO er dibujante de chistes en la Unión Soviética nunca fue moco de pavo. Por si eso fuera poco, Boris Yefimov era judío. Nació en 1899 y murió el 1 de octubre pasado en Rusia. Si a algo llegó a acostumbrarse fue a vivir con un constante escalofrió en la columna vertebral. Su hermano, el periodista Mijail Koltsov, fue fusilado en 1940 por orden de Stalin, que ya había acabado con uno de sus editores dieciséis años antes. Aquel país avisaba con sus chistes. ¿Cuántos años te han caído? le pregunta un preso residente a uno recién llegado. Treinta ¿Y por qué? insiste el otro. Por nada Venga, hombre. Por nada sólo son veinte Con esos mimbres trenzaba la precaución de sus dibujos Yefimov, un hombre que siempre tuvo muy claras las cosas que le quedaban por hacer en la vida. Así, por ejemplo, no comenzó a practicar el judaísmo hasta que se vio perfectamente instalado en los cien años de vida. Varios diarios israelíes informaron entonces de que se trataba del judío más longevo en un siglo que no se había distinguido precisamente por las mejores circunstancias para propiciar el dato. Hijo de un zapatero de Kiev, tenía once años cuando vio al Zar Ni- S colás II. Su vida, anterior a la URSS, también fue posterior al invento de Lenin. De hecho votó por Vladimir V Putin. Sus dibujos conme. moraron el progreso y los desastres de una patria a la que nunca dejó de defender frente a sus enemigos. Hitler, dibujado por Yefimov Las tropas alemanas transportan el ataúd del mito de la invencibilidad del Ejército alemán tras su derrota en la batalla de Moscú AP como un siniestro demente, ordenó a sus tropas que lo mataran en cuanto le echaran el guante. Estudiante de arte y leyes huido de la guerra civil en Ucrania, su hermano le consiguió un trabajo en el diario Izvestia, donde conoció al poeta Maiakovsky, al que jamás le gustaron sus dibujos, y a Trotsky, al que sí le gustaron. Le gustaron tanto que le escribió un prólogo para una colección de aquellos chistes. El editor dudó un poco en cuanto a lo sensato de añadir a la edición el prólogo de un tipo al que Stalin ya tenía en su punto de mira. Al final lo añadió, y eso le costó la vida. A Stalin le gustaban las viñetas cómicas. Yefimov le odiaba, y nunca pasó tanto miedo como el día en que el dictador le llamó para darle la idea de un chiste en el que el general Eisenhower buscaba a través del Polo Norte un hueco por el que atacar a la patria del socialismo. El dibujante tragó varias veces saliva al oír las instrucciones de quien le podía cortar la cabeza en cualquier momento, y dudó entre resolver el dibujo de inmediato, como si fuera lo más fácil del mundo, o tomarse algo de tiempo. Su musa le sacó de dudas con un rugido, y el dibujo estuvo listo en dos horas y media. La prensa americana entendió el chiste como un mensaje absolutamente serio de los soviéticos respecto a cualquier atrevimiento del imperialismo. Stalín quedó encantado, sin caer en que Yefimov había incluido en su dibujo un ave tan del Polo Sur como el pingüino. Nunca hubo pingüinos en el Polo Norte.