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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE ÁNGEL CÓRDOBA incrementando de forma gradual cuando no se consigue el efecto deseado. Antes de la llegada del anestesista se había actuado, por tanto, como es norma general, de acuerdo al principio de la dosis mínima eficaz. Era igualmente costumbre que se procurase enviar a planta a los enfermos que se temía que fallecieran en las horas siguientes, a fin de que pudieran estar en una habitación, en un entorno más tranquilo, acompañados de sus familiares. También se había dado por sentado que las sedaciones para pacientes terminales no eran propias de un servicio de Urgencias sino de Cuidados Paliativos. Ése era- -y es- -el proceder habitual en las Urgencias de los hospitales españoles. El frecuente recurso a la sedación en Urgencias, desde la instalación del sedadero provocó una fractura definitiva en el equipo médico. De un lado, estaban Montes y sus adeptos, y del otro, unos médicos que no eran contrarios a las sedaciones per se, pero sí a las que solían administrar los primeros. Entre ambos grupos empezó a librarse una suerte de batalla silenciosa. Una lucha sorda en la cual estaban en juego la aplicación de los criterios de una buena praxis médica y la toma de decisiones que afectaban a la vida y la muerte de los pacientes. Unos médicos ponían sedaciones con dosis altas, y otros las reti- raban cuando consideraban que no procedían, reducían la dosis o cambiaban los medicamentos. Cuando quitaban la sedación, los facultativos prescribían un tratamiento y cursaban el ingreso en planta de los pacientes. Pero todas estas decisiones eran modificadas y revertidas después por el coordinador y su equipo en numerosas ocasiones. Parecía que uno de sus principales empeños era obstaculizar el traslado de los pacientes a planta. Las hojas de ingreso no llegaban al servicio de admisión. Varios médicos vieron cómo rompía Montes directamente esos volantes, como publicaron El Mundo, en abril de 2005, y el ABC, en julio de 2006. En ocasiones, esas hojas se cancelaban escribiendo sobre ellas el aviso: No subir a la planta Los datos muestran, además, cómo empezó a reducirse el porcentaje de ingresos en planta tramitados desde Urgencias Generales y, en particular, desde Urgencias de Medicina Interna, a partir del año 2001. Y ello, al mismo tiempo que aumentaba el número de urgencias atendidas. Los médicos introducidos por Montes no solían mostrar respeto por las decisiones que tomaban otros facultativos. Uno de los fichajes del anestesista llegó a tachar con un aspa los tratamientos indicados por sus colegas, lo que era del todo irregular. El coordinador llamaba a capí- tulo a algunos de los que retiraban las sedaciones terminales y les echaba fuertes reprimendas. A uno de los facultativos disidentes le prohibió de modo terminante que se acercara a los pacientes que habían sido destinados a la sedación. Se asistía también a exhibiciones insólitas. Algunos médicos ponían ellos mismos a los pacientes las inyecciones con fármacos usados para la sedación terminal. Es norma que la administración del tratamiento no corresponde al médico, sino al personal de enfermería. Cuando el caso salió a la luz, el anestesista afirmó más de una vez que las acusaciones eran absurdas, pues no se podían hacer sedaciones irregulares sin que nadie se percatara. Sin embargo, ya en 2002 una parte del departamento médico del hospital tenía alguna noticia del tipo de sedaciones que se administraban bajo la dirección de Mon- De un lado estaban Montes y sus adeptos, y del otro, unos médicos que no eran contrarios a las sedaciones per se, pero sí a las que solían administrar los primeros El sedadero funcionaba sin impedimentos... Durante una conversación afirmó que no conocía a ningún médico que hubiera ido a la cárcel, y que él no iba a ser la excepción tes. Pronto, aquellos procedimientos fueron vox populi en el centro, aunque después hubo quienes aseguraban no haber sabido nada. Algunos facultativos de Urgencias y, posiblemente, también de otros servicios, hicieron llegar en fechas tempranas su inquietud a la Dirección Médica sin que se produjera ninguna reacción. En conversaciones privadas, muchos médicos nos cargaban a nosotros (los médicos de Urgencias) con la responsabilidad. Nos decían, ¡a ver si hacéis algo! Y lo hicieron. Desde finales de 2001 realizaron diversos intentos y gestiones. Sólo les quedaba por explorar la vía judicial, la denuncia directa ante un juzgado, pero eran conscientes de la dificultad de presentar pruebas que no resultaran controvertidas, como suele ocurrir en las cuestiones médicas. Aquellos médicos de Urgencias se decían, por otra parte, que tampoco era a ellos a quienes correspondía acudir a los tribunales. Entretanto, la gestión de Montes recibía los elogios del director médico y el sedadero funcionaba sin impedimentos. Se sentía seguro de lo que estaba haciendo. Durante una conversación con un facultativo que trataba de advertirle, afirmó que todavía no conocía a ningún médico que hubiera ido a la cárcel, y que él no iba a ser la excepción.