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12 10 08 EL LIBRO BIBLIOTECA NUEVA La Génesis del sedadero Morfina Roja es el resultado de la investigación emprendida por Cristina Losada para desentrañar las claves del escándalo de las sedaciones terminales en el servicio de Urgencias del hospital Severo Ochoa. Un caso muy politizado, en el que, según denuncia la autora, la izquierda puso en marcha una formidable maquinaria propagandística para ocultar la verdad a sorpresa que entró en las Urgencias Generales a principios de abril de aquel año 2000 no provenía, por una vez, del exterior, sino del interior. Al cabo, fueron dos las sorpresas que se colaron por el pasillo y por las puertas pintadas de azul que se abren a las distintas dependencias. La primera caía, en realidad, dentro de lo previsible. Después de varios meses de espera, se había designado al nuevo jefe del servicio. Coordinador era el título exacto. Corría la voz de que el elegido era un anestesista del centro que se llamaba Luis Montes. Para muchos de los médicos que iban a ser sus subordinados, Luis Montes era un completo desconocido. A otros les sonaba vagamente. A fin de cuentas, se trataba de uno de los fundadores del hospital, del grupo de profesionales que había inaugurado el centro en 1987. De hecho, sólo lo había abandonado una vez, hacia principios de los noventa, para ocupar distintos puestos de dirección en La Paz. La experiencia había sido breve y accidentada. La mayoría de aquellos médicos no disponían entonces de esos pocos y someros datos. Todavía trataban de ponerle cara al nombre que circulaba por los pasillos, cuando apareció la segunda sorpresa. Varios traumatólogos y cirujanos, que no solían intercambiar impresiones con sus colegas de Urgencias y con quienes tampoco les unía ninguna relación de amistad, se acercaron a ellos para comentar el nombramiento. Si su actitud ya resultaba extraña, lo que les participaron todavía lo era más. Habían trabajado con el anestesista en los quirófanos y venían a darles el pésame -Hacer lo que sea para que no os lo pongan de jefe- -dijo uno de ellos. De verdad que lo sentimos, porque es un tipo peligroso- -aseguró otro. ¿Por qué dices eso? -preguntó un médico de Urgencias. -Ya lo hablaremos. Luis Montes, que entonces acababa de entrar en la cincuentena, sería descrito como un hombre de carácter hosco, incluso por quie- L Título: Morfina Roja Autor: Cristina Losada Editorial: Libros Libres Páginas: 256 Precio: 18 Euros nes luego le defenderían, pero en su primera reunión con el equipo de Urgencias compuso su mejor cara. Durante las semanas siguientes, empezó a tratar de ganarse a la gente de diversas maneras, pero aquella cordialidad suya no tardaría en percibirse como forzada. Enseguida nos dimos cuenta de que nos estaba vigilando, controlando y espiando Durante las horas que pasaba en su despacho, iba pergeñando una serie de cambios dirigidos a conseguir lo que se percibía como su principal propósito: rentabilizar al máximo el servicio. De entrada, eso se tradujo en presiones para que los médicos atendieran a un mayor número de pacientes. Los primeros en sucumbir a la escalada de tensión fueron los médicos contratados, que eran los más afectados por las presiones. Empezó con ellos un goteo de abandonos que ya no se detendría a lo largo de los años siguientes. Para sustituir a los que se marchaban, Montes fue trasladando a Urgencias, o haciendo fijas allí, a personas de su confianza. Los nuevos llegaban aleccionados. Montes les había advertido que no debían mantener ninguna relación con los componentes del equipo veterano, ni profesional ni personal. Si tenían cualquier duda, debían consultarle a él, nunca a los antiguos Uno de la nueva hornada, que quebró la regla tiempo después, confesó que el jefe le había dicho: Tú, con los de la vieja escuela no cruces palabra Otro lo confirmaría: Nos tenía prohibido que habláramos con vosotros Cuando se destapa el escándalo en marzo de 2005, solamente quedaban en las Urgencias de Medicina Interna del Severo cuatro médicos Cristina Losada Periodista Ponía un tratamiento de sedación con dosis elevadas de sustancias como Tranxilium y cloruro mórfico, pero no lo firmaba. Como el paciente era tuyo, decían que lo firmaras tú Los veteranos se negaban a firmar, pero sí lo hacían los nuevos, que entraban de la mano del coordinador. Así, la rúbrica de Montes sólo aparecería en una parte de las sedaciones del equipo que el anestesista había encontrado a su llegada La experiencia, además, resultó devastadora en el plano personal para no pocos de los facultativos que estuvieron bajo su férula. Si no resultaba fácil sobrellevar unas presiones que percibían como un acoso, menos lo fue convivir a diario con las prácticas sedativas que, a partir del 2001, se hicieron usuales. A finales de aquel año 2000 se inició en las Urgencias una obra de ampliación. Cuando se abrieron las nuevas instalaciones, en julio de 2001, había una novedad llamativa. Se trataba de un box con dos camas. El propósito oficial del nuevo box era acoger a pacientes terminales, pero Montes pensaba dedicarlo específicamente a la sedación terminal. En el servicio se hablaría de él como el box de sedación y, más adelante, los médicos lo llamarán coloquialmente el sedadero En los primeros tiempos, el coordinador firmaba las sedaciones terminales que prescribía, pero cuando unos meses después, aquella actividad suya empezó a ser objeto de comentarios, trataría de que fueran otros quienes lo hicieran. Ponía un tratamiento de sedación con dosis elevadas de sustancias como Tranxilium y cloruro mórfico, pero no lo firmaba. Como el paciente era tuyo, cuando volvías, por ejemplo, de comer, la enfermera te decía que lo firmaras tú. Muchos no lo hacíamos Los médicos veteranos se negaban a firmar aquellas sedaciones, pero los nuevos facultativos que entraban en Urgencias de la mano del coordinador, lo hacían. De ese modo, la rúbrica de Montes sólo aparecería en una parte de las sedaciones terminales. Nunca se habían hecho sedaciones como aquéllas en las Urgencias del Severo. Ocasionalmente se había puesto sedación a pacientes agónicos, pero no con las dosis que se administraban bajo la dirección de Montes o de sus afines. No se había recurrido a las dosis altas desde el primer momento. Dados los riesgos que comporta una sedación, en particular, la depresión respiratoria, la dosis se va