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12 10 08 ACTUALIDAD Corrupción Los líos del hijo golfo de Mitterrand El caso de las ventas de armas soviéticas a las facciones en lucha en la pasada guerra civil de Angola es sólo el último de los escándalos en los que se vio envuelto el hijo de Mitterrand a lo largo de una vida plagada de corruptelas y los más turbios negocios con tiranuelos africanos POR JUAN PEDRO QUIÑONERO PARÍS l proceso del Angolatate el tráfico ilegal de armas soviéticas a Angola, con la complicidad crapulosa de políticos franceses durante los años noventa del siglo pasado, reabre la tumba leguleya donde continúan sepultadas siniestras historias de vicios, suicidios, corrupción política, económica y sexual de hombres y mujeres instalados en las poltronas del poder a la sombra negra de François Mitterrand. El mayor de los hijos de Mitte- E rrand, Jean- Christophe, uno de los principales inculpados en el Angolagate ya ha sido condenado en anteriores ocasiones por otros escándalos, y ocupa él mismo un puesto privilegiado, como figura bisagra en su despacho personal del Elíseo, a la diestra de su padre, en una de las tramas de escándalos más turbios de la historia política de Francia. Jean- Christophe Mitterrand era un modesto delegado de la Agencia France- Press (AFP) en Mauritania, cuando su padre llegó al poder supremo (1981) Desde aquella lejana experiencia profesional, el joven Mitterrand se vio catapultado repentinamente a los pasillos del poder, donde se ganaría el mote de Papá me ha dicho (Papa m a dit) que bien resumía, a juicio de hombres de Estado, militares y aventureros africanos, el poder del hijo del presidente. Durante el doble septenio de François Mitterrand (1981- 1995) se precipitaron escándalos de todo tipo. El presidente utilizaba los servicios antiterroristas del Elíseo para espiar a periodistas. El PS se fi- sdfsdfsdf nanció durante años y años a través de la corrupción urbanística. Las historias de cama presidenciales tuvieron flecos muy Antiguo Régimen: una amante mantenida en un palacio de la República; una periodista sueca con libre acceso al Elíseo; un poder audiovisual sometido a la bota presidencial; amigos íntimos enriquecidos a través de favores financieros y empresariales... Mark Thatcher, sospecha mercenaria EMILI J. BLASCO. LONDRES Protegido en una urbanización- fortaleza de San Pedro de Alcántara (Málaga) Mark Thatcher, de 55 años, intenta capear el último escándalo en el que se ha visto implicado. En 2005, un tribunal de Suráfrica le vinculó a la preparación de un golpe de Estado en Guinea Ecuatorial. Le condenó a cuatro años de prisión, pero dejó la sentencia en suspenso y permitió que el hijo de la Dama de Hierro abandonara el país en el que residía. Thatcher mantiene que prestó dinero para comprar un avión, pero niega saber que iba a usarse para transportar a mercenarios. EE. UU. le negó visado y Mónaco no le renovó el permiso de residencia. Ahora vive en la Costa del Sol de la fortuna de 75 millones de euros que al parecer guarda en paraísos fiscales. En Suráfrica se enfrentó a una causa judicial por préstamos con desorbitados intereses a miembros de la Policía y del Ejército. Mientras su madre estuvo en Downing Street, fue acusado de aprovechar su apellido para los negocios, tal sería el caso de una presunta comisión por venta de armas a Arabia Saudí en 1985.