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12 10 08 EN PORTADA Lourdes Rodao, la viuda de Conde, ante las fotos de la jura de bandera del hijo del brigada Militares La muerte no es el final (Viene de la página anterior) nes de paz por los compromisos dentro de la ONU y la OTAN, pero la sociedad quiere y espera que vayamos, pero también que volvamos. Para un militar, una misión de paz es lo más grande que puedes hacer por tu bandera Y también saber que ninguna muerte ha sido vana: La muerte no es el final, lo dice la plegaria del cura vasco Cesáreo Gabaraín y lo entonan las tropas al paso lento del traslado de la corona de laurel con la que se rinde homenaje a los caídos. ETA nunca se va a salir con la suya gritó Iván con el cadáver aún caliente de su padre. Nadie me lo va a devolver- -añade hoy- -pero que sirva para algo. Me gustaría la unidad de todos los políticos para hacer entre todos que esto pare. Es tan absurdo... Lo hablaba con mi padre, le daba vueltas, pero es incomprensible... Tanto como pedir que no haya más muertos... No sé si será posible El deseo ante la tarta de cumpleaños de la viuda. Luis Conde, al menos, vio jurar la bandera a Iván. Otros no tuvieron tanta suerte. A Luciano Cortizo, de 44 años, le reventaron el coche con una bomba- lapa cuando iba acompañado de su hija Beatriz, de 17. Era 22 de diciembre de 1995. Era León. Allí, otro padre muerto, y otra niña malherida. Y otros huérfanos, y otra viuda. Margarita Ordóñez, una mujer de una pieza, no consintió jamás que la palabra matar formara parte de sus vidas. Y así fue como el padre militar falleció sin que en aquellos adolescentes prendiera el rencor. La mano diestra e inteligente de una madre coraje más en el trance de sacar adelante a sus hijos sin la menor ayuda, sin que nadie nunca más, ni del Ejército ni de la Administración, volviera a preguntarle por los chicos del comandante aniquila- Madre de un piloto en Afganistán do. Sin que, pese a todo, su admiración desmedida por la profesión militar resultara tocada. Por eso, cuando estos días su hijo Alejandro prepara el viaje para su segunda misión en Afganistán como sargento primero de helicópteros se le llena el pecho de orgullo hablando de él. Nadie le ha regalado nada ni ha tenido jamás ningún privilegio. Con 18 años se separó de mí para volcarse en su carrera militar. Lo que es lo ha logrado por sí solo y le ha costado sudor y lágrimas. Ser militar lo lleva en la sangre. Es algo que no se puede explicar. Me siento inmensamente orgullosa igual que me siento una privilegiada: después de todo no tuve que enterrar a su padre por la puerta de atrás, como ocurrió antes con otras víctimas La viuda de Cortizo, una señora de los pies a la cabeza, sabe que su hijo no se va de paseo por el desierto. Se me encogió el alma la primera vez, pero ahora la inquietud es mayor porque sé a lo que va. Él es discreto y casi ni te habla de ello. pero sé que es bastante más complicado de lo que cuentan: mientras ellos tratan de salvar a un niño, su padre está en la otra esquina para meterles un tiro Tampoco el padre de este teniente coronel, cuyo nombre quiere que quede en el anonimato, pudo ver a su hijo vestido de verde. A los 49 años le descerrajaron un tiro en la nuca al salir de misa. Corría 1980 y ETA mataba casi a diario, e incluso varias veces en un solo día. El primogénito tenía 19 años y quería ser médico y militar pero con el crimen cundió el desorden en la familia, la desesperación en la viuda y se hacía insoportable una nueva incertidum- bre. Así que cambió las prioridades: primero sería militar y luego ya se vería. Entrar en la Academia Militar era una seguridad de futuro Salió de teniente de caballería y, tras una carrera forjada en unidades acorazadas, pasó por el Cuartel General e incluso por el Ministerio de Defensa, ahora, en la reserva, está volcado, como psicólogo, en la atención de las víctimas como él. Desde esa distancia mira al pasado, a su madre sola, teniendo que malvender su casa para poder subsistir, huyendo del País Vasco, sin una mínima ayuda, denegándole el Ejército una casa militar para vivir con los hijos, un empleo para ellos, un gesto, nada. El único militar que se acercó a ella fue un compañero de mi padre y lo hizo porque mi madre le gustaba, así que tuvo que aguantar eso. Ahora, con todo lo que he visto y sé, digo que no creo en este ejército español, una institución corrompida, anquilosada y antigua, sustentada en el mantenimiento de los viejos elefantes, donde se consiente que no haya inhibidores que protejan de un ataque terrorista, pero que se gasta ingentes cantidades de dinero en cambios de mobiliario. Quise ser militar porque estoy convencido de que nuestra misión en el siglo XXI es importantísima, y es una profesión de servicio a los demás y de satisfacción personal: una carrera maravillosa. Mi abuelo fue militar, luego mi padre, y en la familia materna hubo generales. Se ama la profesión, pero el Ejército da pena. Mi madre lo siente igual ¿Y qué pudo sentir el guardia primero José de Jesús Caballero, con 27 años de servicio a sus espaldas de guardia civil, cuando le tocó enterrar a su hijo José Ángel de Jesús Encinas, con 22 años, después de que los terroristas le asesinaran junto a su compañera Irene Fernández? Que había muerto haciendo lo que más quería. Que si yo quiero mi profesión, él más. Era una vocación sin límites, vivía para dar lo suyo para los demás. Usted dirá: y su padre qué va a decir; pero lo digo yo y lo dicen los demás. Y ahí estuvo la madre sufriendo, primero por el marido y luego por los dos. Yo, como padre y como guardia civil no viví momento más emocionante que cuando le entregaron el despacho- -se ahoga su voz- Qué satisfacción tan grande tenerle como compañero en el Cuerpo y sabiendo cómo él era: Un deportista magnífico, un hombre tan entregado, que si un turno estaba de servicio, el otro estaba de voluntario en Cruz Roja. Amaba su profesión: darlo todo por la Patria, aunque ahora dices Patria y parece que estás cometiendo un crimen Pues hoy todos ellos, en el recuerdo a los que dieron su vida por España con que se abre el desfile del Día de la Fiesta Nacional, volverán a estar presentes. Sus deudos del honor lo saben mejor que nadie: la muerte no es el final. Y así lo cantan. La Patria del hijo del guardia Al comadante Cortizo le asesinaron hace 13 años. Su hijo, sargento primero de helicópteros, se va otra vez a Afganistán. Su madre siente el orgullo de los dos