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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA Se busca izquierda de torero POR E. RODRÍQUEZ MARCHANTE sta semana quiero expresar mi extrañeza ante un asunto realmente inquietante: la rapidez y la tenacidad con la que se ha puesto de moda esa vieja usanza del maridaje entre el torero y el intelectual. No sabría de cierto a quién achacarle la causa, si a algún torero o a algún intelectual, pero el caso es que ahora las grandes figuras del toreo suelen tener a su lado a las grandes figuras de la pluma, a los más sutiles pensadores y muñidores de la opinión. Y el torero que no tenga a su lado un intelectual estará, punto arri- E ba, punto abajo, en la zona pinchauvas del escalafón; y el intelectual que no tenga en su mano a una figura del toreo, pues se hallará tan huérfano y abandonado como un niño de Dickens. La izquierda de El Cid, la izquierda de José Tomás, la izquierda de Sebastián Castella, la izquierda de Enrique Ponce, la izquierda de Morante de la Puebla... ¿qué sería de la izquierda de todas estas figuras del toreo si no la interpretaran y desentrañaran plumas como las de Ignacio Ruiz Quintano, José Ma- nuel de Prada, Manuel Martín Ferrán, Antonio Burgos o Fernando Sánchez Dragó? Lo natural es lo natural, y al parecer en el toro lo natural es la izquierda. Derechazos se suelen denominar a los pases con la diestra, y desde luego los intelectuales no se apresuran por alabárselos a sus toreros de cabecera. Salgo de la digresión y vuelvo a la espina dorsal del artículo: Es evidente que el torero necesita de una buena interpretación por parte de un intelectual y que el escritor con aspiraciones necesita de una buena mano izquierda de torero. Dicho lo cual, entro en mi propósito: busco una izquierda para glosarla y florearla sin comedimiento y hasta donde sea menester. Y lo que se ofrece a cambio, y a falta de más y mejores filosofías y pensamientos, es una absoluta rendición y entrega. Llevo toda la temporada (taurina) en el estudio de maneras y expresiones con las que los intelectuales se aplican a sus toreros, y creo que, acabada ésta y para la próxima, ya estaré bien plantado en los terrenos idóneos para llevar hasta la cima a mi torero. Tengo ya hojeado un diccionario de términos taurinos, he coseguido apalabrar a buen precio los primeros tomos del Cossío y he sorbido de aquí y de allá las esencias, ésas que dicen que el toreo es parar, templar, cargar y mandar, y que el toreo no consiste en engañar al toro, sino en desengañarlo... y que, sin cargar la suerte, el toreo es al Toreo lo que el pingpong al Tenis. Y hablando de la lidia, del tenis y de la izquierda. Si no diera con una izquierda de torero con el magisterio suficiente para poner en órbita mi humilde pluma y vestirla de intelectual, entraría al trapo de Rafael Nadal, con una izquierda que saca, para, templa, carga y manda, y además no desengaña nunca. No vamos a compararla con la de un torero, pero... TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO La ciudad no es para mí POR XAVIER PERICAY E n la ciudad, yo soy un firme partidario del uso de la bicicleta. Estática, claro. Al igual que soy partidario, faltaría más, de esas cintas mecánicas en las que uno se hace la ilusión de correr, cuando es el mundo, en realidad, el que corre bajo sus pies. Cualquier ser humano tiene derecho a castigar el cuerpo a su antojo. O a ponerse en forma, que es como ahora le llaman a semejante actividad. Pero ese derecho, como todos al cabo, tiene sus límites. O debería tenerlos. Para el caso, esos lí- mites infranqueables son, deberían ser, los gimnasios, los clubes deportivos o, por supuesto, el propio domicilio. Lo que no es de recibo es que el espacio público ciudadano se llene de corredores, de ciclistas y de patinadores, transmutados a menudo en saltadores y equilibristas. A estas alturas, nos encontramos ya ante una verdadera plaga y, lo que es más grave, ante una plaga que nuestras autoridades, tan preocupadas por fomentar el deporte y, en la medida en que la bicicleta puede constituir una alternativa al coche, por ahorrar energía y reducir emisiones contaminantes- -y, en último término, tan preocupadas por aparentar que están preocupadas por todo lo anterior- que nuestras autoridades, digo, lejos de combatir, no hacen sino alentar con sus políticas y sus campañas. Es cierto que en muchas ciudades y en no pocos pueblos turísticos se han habilitado carriles especiales para tratar de encauzar tanto cuerpo en movimiento. Nada, es inútil. Por cada ciudadano rodante o corriente que respeta la norma, hay dos que se la saltan a la torera y circulan por donde les viene en gana, ya sea acera, césped o calzada. Con el peligro que esto supone para su integridad- -aunque allá cada cual con su albedrío- -y para la de los demás. Entre los demás se hallan, en primerísimo lugar, aquellos bípedos a los que Lázaro Carreter, allá por los años ochenta del pasado si- glo y en contra de lo que ya empezaba a ser costumbre, se resistía a llamar peatones. Sí, los viandantes, los pobres ciudadanos que nunca han sentido la necesidad de echar a correr o a rodar, ni mucho menos de convertir la calle en un circo. Para todos ellos, la vida ha cambiado. Antes, cuando salían a la calle, era para pasear; ahora, cuando lo hacen, es con la aprensión de que una bicicleta o un monopatín puedan llevárselos por delante. Su espacio, allí donde existía, ha quedado reducido a la mitad. La otra mitad está reservada a todos estos amantes del movimiento perpetuo. Y lo peor no es eso; lo peor es que ni siquiera en esa mitad de acera que tienen asignada están a salvo. Yo soy, como sin duda habrán adivinado, uno de esos peatones. Y, a qué negarlo, cada día me resulta más difícil salir de casa.