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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE ambas cosas con la perspectiva de que los pudieran disparar. McCone le desaconsejó la invasión. Lo de invadir será un asunto mucho más serio de lo que la mayoría de la gente cree- -le dijo al presidente. Los rusos y los cubanos tenían un puñetero montón de equipamiento... Tienen ahí un material muy letal. Lanzacohetes, baterías autopropulsadas, semiorugas... Se lo harán pasar muy mal a cualquier fuerza invasora. No sería tarea fácil de ninguna de las maneras Aquella noche llegó a la Casa Blanca un largo mensaje de Moscú. El cable tardó más de seis horas en ser transmitido y recibido, y no se completó hasta las nueve de la noche. Era una carta personal de Nikita Jruschov en la que describía la catástrofe de una guerra termonuclear y proponía- -o eso parecía- -una solución. Si los estadounidenses prometían no invadir Cuba, los soviéticos retirarían los misiles. Tras escuchar una buena bronca, Harvey fue desterrado de Washington. Helms le envió a Roma como jefe de base, aunque no antes de que el FBI tomara nota de una ebria comida de despedida que Harvey celebró con Johnny Rosselli, el asesino a sueldo de la Mafia al que había contratado para matar a Castro. En Roma, el bebedor Harvey se desquició, tratando a sus hombres como Bobby Kennedy le había tratado a él. Para reemplazarle como el hom- bre encargado de Cuba, Helms puso a su jefe para Extremo Oriente, Desmond FitzGerald, un millonario educado en Harvard que vivía en una mansión de ladrillo rojo de Georgetown con un mayordomo en la despensa y un Jaguar en el garaje. Al presidente le caía bien, ya que encajaba con la imagen de James Bond. Había dejado su bufete de abogados en Nueva York cuando Frank Wisner le había contratado al comienzo de la guerra de Corea, y al instante había sido nombrado director ejecutivo de la división de Extremo Oriente del servicio clandestino. Luego había mandado la misión china de la CIA, que había estado enviando a agentes extranjeros a una muerte segura hasta 1955, año en que una inspección del cuartel general juzgó que la misión era una pérdida de tiempo, de dinero, de energía y de vidas humanas. FitzGerald ascendió luego a subjefe de Extremo Oriente, donde ayudó a planificar y ejecutar la operación indonesia en 1957 y 1958. Como jefe de la división de Extremo Oriente, presidió la rápida expansión de las operaciones de la CIA en Vietnam, Laos y el Tíbet. Ahora los Kennedy le ordenaron que volara minas, fábricas, centrales eléctricas y barcos mercantes cubanos, que destruyera al enemigo con la esperanza de crear una contrarrevolución. El objetivo, como el propio Bobby Kennedy le explicaría a FitzGerald en abril de 1963, era echar a Castro en el pla- zo de dieciocho meses, antes de que se celebraran las siguientes elecciones presidenciales en Estados Unidos. Veinticinco agentes de la CIA morirían en aquellas fútiles operaciones. Luego, en el verano y el otoño de 1963, FitzGerald dirigió la última misión destinada a matar a Fidel Castro. La CIA planeaba utilizar a Rolando Cubela, su agente mejor situado en el gobierno cubano, como asesino a sueldo. Cubela, un hombre excitable, violento y de lengua larga que detestaba a Castro, había alcanzado el rango de mayor en el ejército cubano, había sido agregado militar en España y había viajado mucho. El primero de agosto de 1963, en una conversación con un agente de la CIA en Helsinki, se ofreció voluntario para eliminar a Fidel, mediante la ejecución si es necesario El 5 de septiembre se reunió con su contacto de la CIA, Néstor Sánchez, en la ciudad brasileña de Porto Alegre, donde en aquel momen- Cubela, un hombre excitable, violento y de lengua larga que detestaba a Castro, mayor del Ejército cubano... se ofreció voluntario para eliminar a Fidel si es necesario FitzGerald le dijo que él era un emisario enviado por Robert Kennedy, lo cual se hallaba peligrosamente cerca de la verdad, y que la CIA le entregaría las armas que eligiera to representaba al gobierno cubano en los Juegos Universitarios internacionales. El 7 de septiembre, la CIA señaló diligentemente que Castro había elegido una recepción en la embajada brasileña en La Habana para pronunciar una larga diatriba ante un periodista de Associated Press. Castro dijo que los líderes de Estados Unidos correrían peligro si colaboraban en cualquier intento de deshacerse de líderes cubanos Si ayudan a complots terroristas para eliminar a líderes cubanos, tampoco ellos estarán a salvo Sánchez y Cubela volvieron a reunirse en París a comienzos de octubre, y el agente cubano le dijo al hombre de la CIA que quería un rifle de alta potencia con una mira telescópica. El 29 de octubre de 1963, FitzGerald cogió un avión a París y se reunió con Cubela en un piso franco de la CIA. FitzGerald le dijo que él era un emisario personal enviado por Robert Kennedy, lo cual se hallaba peligrosamente cerca de la verdad, y que la CIA le entregaría a Cubela las armas que eligiera. La base de la CIA envió al cuartel general una lista de todos los extranjeros de los que sospechaba que habían establecido contacto con los agentes de la inteligencia soviética em Ciudad de México. Uno de ellos era Rolando Cubela El informe planteaba una angustiosa cuestión: ¿Era Cubela un doble agente de Fidel?