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22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE habitualmente con el criterio del jugador ganancioso, que obtiene el dinero sin pena y lo gasta, por lo mismo, con facilidad. Pero la riqueza yanqui, que a los europeos viene a favorecernos y a humillarnos a la vez, ¿no es en gran parte producto de juego? Así resulta, aunque parezca extraño. Por que no hay como las naciones puritanas para hacer acomodaticia la moral. En efecto, en un libro sobre los Estados Unidos, publicado no ha mucho por Ferri Pisani- Sa Majesté le dollar se explicaba, entre otras muchas observaciones curiosas acerca de la vida de la gran nación americana, la parte importantísima que en ella tiene esa forma del azar que se llama el juego en la Bolsa. El número de locales donde se ejerce esa actividad es enorme. Y no es menor el de las gentes que invierten todo o parte de sus aho- rros en tales especulaciones, que tienen que ver con el trabajo y con la industria lo mismo que el póker o el mus. En cuanto se dispone de cien dólares es fácil arriesgarlos en uno de esos centros, comprando o vendiendo diez veces en una hora cualesquiera de los infinitos valores cuya cotización van apariendo a cada momento en los aparatos que desde la Bolsa la reciben. Todo el mundo juega allí. Y cuando se recuerdan las ironías de que tantas veces se ha hecho víctima a nuestro pueblo porque sostenía, a título de contribución voluntaria, la limpia e inocente Lotería, se puede medir la equidad con que en ese orden, como en tantos otros, se nos juzga. Se juega a la Bolsa, pues, como se juega en proporciones gigantes en las luchas de boxeo y en las carreras de caballos. Pero mientras nosotros tenemos la ingenuidad o la lealtad de no mezclar dos cosas distintas cuales son la afición al deporte y el afán de enriquecernos sin trabajo de modo fulminante, los yanquis disfrazan esta apetencia de dinero logrado sin esfuerzo aliándola con el fomento de la cultura física, el perfeccionamiento de la raza equina o el deseo de dar impulso a la industria nacional. Moralmente no se ve en qué difiere el móvil de quien compra y vende títulos representativos de industrias o negocios que desconoce, del que anima a un modesto burgués que se procura un billete de lotería o a un hidalgo que apunta un duro a una sota. Sólo que en una nación puritana no hay loterías ni garitos. La gente puede jugarse sus ahorros, y a veces los ajenos, pero decorosamente, esto es, dando a las que no son más que operaciones de tapete verde la apariencia y las Un duro a una sota garantías jurídicas de una transacción mercantil. Y así se comprende lo que ha sido la catástrofe bursátil de Nueva York. La inmensa mayoría de los títulos que se venden en Bolsa había alcanzado una cotización tan desproporcionada con la renta o dividendo que producen, que ya varias veces se quiso poner freno a esa especulación. Algo de eso está ocurriendo en las Bolsas de otros países, en las que es posible ver cómo acciones de Empresas que reparten un dividendo de 18 francos- -por ejemplo- -se están cotizando a 1.400. Tarde o temprano se hundirán. En los EE. UU. los títulos no se compraban ni vendían en atención a la prosperidad de los negocios que representaban, sino en espera de que, acrecentándose el número de jugadores, la demanda fuera mayor y cada comprador pudiera vender sus títulos con beneficio. O sea, que cada uno pensaba soltarle el mochuelo a su sucesor. Pero desde el instante en que las cotizaciones perdieron de vista la productividad de los títulos, ya se estaba en plena inmoralidad. No se negociaba sobre valores reales, sino sobre esperanzas y sobre ilusiones, por no decir sobre mentiras Hasta que los últimos compradores, en un momento de lucidez, se han dado cuenta de que habían pagado por los títulos infinitamente más de lo que valían. Esa lucidez probablemente ha coincidido con la certidumbre de que, por su parte, ya no encontraban a quienes engañar. Puede imaginarse su estado de ánimo como parecido al de quien- -acabado de separarse del filántropo callejero que, a cambio de unos centenares de pesetas, le ha entregado un sobre aparentemente lleno de billetes de Banco- -comprueba que en el sobre no hay más que recortes de papel. Arriba, portada de ABC que refleja, al igual que la imagen de la derecha, el pánico reinante en Wall Street durante los meses de octubre y noviembre de 1929. En la otra página, una fotografía de la bolsa de Nueva York en los momentos preliminares del crack En el Millbury Savings Bank (Massachusetts) también cundió el pánico entre los ahorradores