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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA Mayo en octubre POR E. RODRÍQUEZ MARCHANTE ólo a José Luis Garci se le podría ocurrir una cosa así: llevarse mayo a octubre. Mientras que a los cineastas casi en pleno les desvela su obsesión por ir contracorriente, por encontrar la singularidad de su camino, a Garci le sale de un modo desesperantemente natural, incluso sin pretenderlo y hasta intentando evitarlo. Si será raro y pintoresco Garci, que ahora se lanza al proyecto de honrar el bicentenario de nuestro mayo francés que no fue en ese número casi pi (cardía) del 68 sino en el muy oportuno de 1808, una fe- S cha y unos sucesos demodés en esta España zapateriana, y encima, sin darse importancia, sin humos, ínfulas ni presunciones, va y lo traslada a octubre. Con un par... de saltos de calendario. Sangre de mayo se estrena la próxima semana, puro octubre. Y entre tanto, todos los profesionales de la contracorriente siguen a la búsqueda de la dirección del flujo para ponerse desesperadamente enfrente. O sea, Garci estrena Sangre de mayo en octubre, una película sobre la gesta de un pueblo contra la chulería del invasor, que dura dos horas y media y en la que antes se encontrará un prejuicio que un mi- nuto sin dueño y de más. Una película que se pone al lado, ¡Dios Santo! de la revuelta contra la Ilustración, que empieza en Galdós y que termina en Goya. Si de algo presume el último cine de Garci, es de la construcción y de la reconstrucción. Reconstruye el relato y la Historia y construye Madrid por barrios. Con la mano prodigiosa de Gil Parrondo, Sangre de Mayo levanta aquel Madrid levantisco: el Arco de Cuchilleros, la Puerta del Sol, ¡El Escorial! todo ello hecho en decorado, y un decorado como el que se ve de El Escorial ha de ser casi tan trabajoso de construir como el propio original. También construye el magro de su película con una historia de amor y penalidades, con un cruce endiablado de intrigas palaciegas y, en general, con todo el contraplano de aquellos días que precedieron al 2 de mayo. No es la primera vez que el cine de Garci se fija en persona- jes galdosianos, aquí, Gabriel de Araceli será quien nos introduzca en aquellos madriles; y no tiene por qué ser considerado una genialidad (aunque podría) que esa figura galdosiana con la que nos hemos movido por tabernas y alcobas, se convierta definitivamente en una figura del Goya más tenebroso, y que se quede allí, en el fusilamiento, en vez de irse a Bailén como nos cuenta la Historia... de Galdós. Garci propone un desenlace mucho más comprometido y rompedor, un viaje temerario al Madrid de ahora, en el que el francés es bien recibido, aunque siga siendo algo chulete, y en el que el levantamiento es cosa usual, cotidiana, pero de carteras en los bajos del Metro y de edificios inteligentes aunque ininteligibles en la superficie, y tan cruzado de intrigas cortesanas que, en este Madrid de hoy, Godoy lo tendría difícil para trincar una concejalía. TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO Sin papeles POR XAVIER PERICAY A veces me pregunto qué será del papel. O, mejor dicho, qué será de según qué papel. Y es que hay papeles cuyo futuro no peligra. Así, el higiénico, que no ha hecho sino afinarse con el tiempo. O el que se utiliza para liar cigarrillos o sucedáneos, al que ni las campañas ni las leyes antitabaco han logrado jubilar. O el que empleamos para sonarnos, que empezó compitiendo con el viejo pañuelo de tela y ha acabado arrumbándolo por razones higiénicas y de indiscutible comodidad. Y, en fin, el que envuelve el azucarillo del café, el que hace las veces de mantel o de servilleta o el que cubre cualquier producto comercial. Pues bien, la esperanza de vida de todos estos papeles resulta limitadísima. Sí, aunque resulte paradójico, el tipo de papel del que quizá jamás podamos prescindir es también el que, una vez usado, no sirve ya para nada. Pero la paradoja no termina aquí. Porque el otro tipo de papel, el llamado a perdurar por obra y gracia de lo que lleva impreso o manuscrito, es el que parece tener, a estas alturas, los años contados. Pienso en el que acoge nuestras notas; en el que nos entregan en un comercio o en un cajero automático a cambio de una transacción; en los que conforman una agenda o una guía telefónica; en los que nos ponen al corriente de cómo va el mundo, o en los que guardan, bien cosidos, tantos relatos, pensamientos e ilusiones. En todas estas circunstancias la tecnología, en forma de píxel o de bit, está suplantando, a marchas forzadas, el papel. Anotamos las citas y las ideas en nuestras agendas electrónicas; firmamos con un puntero en una especie de tableta conectada a un terminal la conformidad de una adquisición cualquiera; encontramos lo que buscamos, ya sea un dato, una imagen o la música de un bolero, en el ciberespacio; leemos el periódico, o una parte de él, a través de la pantalla del ordenador, y pasamos las páginas de un libro haciendo un simple clic en un icono con el ratón. Por supuesto, semejante ejercicio de suplantación se da sobre todo entre los jóvenes, que no ven razón ninguna para conservar notas, facturas, fotos, recortes de prensa o volúmenes encuadernados, pues pueden almacenarlos en un chip de memoria o procurárselos en la mismísima red. Y no se suele dar, claro, entre los viejos o entre los que, sin ser tan viejos, hemos cruzado ya el ecuador de la vida y seguimos creyendo en el valor probatorio del papel y disfrutando con la textura y el olor de sus hojas. O quizá la creencia y el disfrute no sean más que excusas. O costumbres. Al fin y al cabo, no somos sino un triste animal de costumbres. Como lo serán estos jóvenes de hoy el día de mañana.