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28 9 08 LA IMAGEN Puerta de salida de Palestina TEXTO: ALBERTO SOTILLO FOTO: FRANCISCO SECO os hombres felices sueñan con lugares remotos en los que huir de su aburrida rutina. Los hombres desdichados sueñan con aburrirse en una cotidiana vida sin sobresaltos. Los hombres de esta imagen pertenecen a uno de esos pueblos a los que le tocó el gordo en la lotería del infortunio. Son palestinos en el puesto de contol de Raquel en Belén, que deben atravesar cada día para acudir a su lugar de trabajo en Jerusalén. Su rutina consiste en presentarse antes de las seis de la mañana en un puesto de control instalado al amparo del Muro israelí, hacer cola entre barrotes, estabulados como ganado y abstraerse del mundo que les rodea mientras se les hace pasar por tornos, jaulas, detectores y los más humillantes procedimientos de control. Los soldados pierden enseguida los nervios, la emprenden a gritos y, a la mínima, dilatan el procedimiento hasta la exasperación. Acudir al trabajo de cada día es como escapar de un presidio para intentar alcanzar el Castillo de Kafka. Y aún pueden decir que esos son sus días felices, porque en cuanto hay un atentado Israel cierra la frontera. Y entonces llegan los meses sin trabajo ni posibilidad de ganarse la vida. Sólo, sobrevivir en la presidiaria inopia de los territorios ocupados. Israel sufre el azote del terrorismo. Nadie niega su derecho a defenderse. Y la población israelí aun querría fronteras más altas e inaccesibles. Pero los hombres necesitan tener una vida feliz y aburrida. Y vean a éstos: camino de una cotidiana humillación bajo focos de presidio, muros de hormigón, jaulas de ganado y soldados enemigos. Todavía están en la zona palestina y, en las planchas del Muro, un artista local ha pintado un grafiti impregnado de devoción y fantasía. Cinco dedos. La misma mano dice el lema bajo el que se despliega una mano en la que cada dedo corresponde a una religión: budista, hinduista, musulmana, judía y cristiana. Todos estamos en la mano de Dios. Todos los hombres somos parecidos. Necesitamos soñar. Los hombres desdichados sueñan que están hechos de la misma materia que los hombres felices. Y a veces, cuando la realidad de cada día parece que se empeña en llevarles la contraria, los hombres desdichados pierden la cabeza. L