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28 9 08 EL LIBRO BIBLIOTECA NUEVA Los maestros de Bin Laden El cisma entre suníes y chiíes es un fenómeno esencial para comprender el actual islam político, sus conflictos internos y sus derivas más integristas. En este libro Javier Martín relata la historia y actualidad de un histórico enfrentamiento entre musulmanes que nos ayuda a comprender desde el radicalismo de Al Qaeda hasta la guerra civil larvada de Irak o la peculiar política de Irán finales de la pasada década de los noventa, algunos medios de prensa occidentales publicaron una de esas noticias que a priori parecen estrambóticas. El jeque Abdel Aziz bin Abdulah bin Baz, ciego y uno de los clérigos más reputados e influyentes de Arabia Saudí, había publicado una fetua en la que declaraba ateos a aquellos que negaran que la tierra era plana. A punto de concluir el siglo XX, el edicto del jeque no hubiera sido más que un ejercicio de ignorancia de no ser porque Bin Baz era, en aquel tiempo, la segunda máxima autoridad religiosa de Arabia Saudí, después del rey Fahd, custodio de los dos lugares santos. Como Gran Muftí de la ciudad sacra de La Meca, su influencia entre los creyentes suníes del orbe era colosal. Millones de ellos escuchaban con fervor su discurso anual durante la celebración del Hach, la peregrinación ritual que todo musulmán debe realizar al menos una vez en la vida si su salud y su patrimonio se lo permite. Y sus convicciones, extremadamente firmes. La Casa Real saudí se vio obligada a enviar al espacio a uno de sus príncipes para persuadir al jeque de su error. Bin Baz multiplicaría su fama en los años siguientes con otra serie de estrafalarias fetuas, de las que se hizo eco la prensa mundial. Lo que entonces apenas se contó es que ese anciano ciego y en apariencialoco, asiduo del círculo privado de la estirpe Ibn Saud, fue en realidad el alma máter de la yihad en Asia Central y el padre ideológico, en última instancia, del terrorismo de raíz islámica. Bin Baz nació en Riad en 1910 en el seno de una familia muy religiosa. Ciego a la edad de catorce años, vivió en primera personael proceso de creación de Arabia Saudí junto a los herederos de Muhamad ibn al Wahab, quienes descubrieron su peculiar talento. En especial el jeque Muhamad ibn Ibrahim al Sheij, Gran Muftí deLa Meca, bajo cuya tutela sirvió durante una década. Experto en jurisprudencia, Hadiz y recitación de El Corán, su carrera fue un progresivo descenso hacia la intransigencia a través de la radicaliza- A Título: Suníes y chiíes. Los dos brazos de Alá Autor: Javier Martín Editorial: Catarata Páginas: 336 Precio: 18 Euros ción de las teorías de sus antepasados. No le faltaron ni medios ni dinero. Como presidente del Consejo Fundador de la Liga Mundial Musulmana, rector del Comité Supremo de Propagación del Islam y director del Consejo Superior de Mezquitas del Mundo, su voz se oyó en foros musulmanes internacionales. La guerra del Yom Kipur y la crisis del mercado del petróleo llenaron de petrodólares las arcas de estas agencias. Los citados comités, así como otras muchas organizaciones, aún están financiados directamente por el régimen saudí, a cargo de los presupuestos generales del Estado. Bin Baz manejaba, además, las inmensas fortunas anuales que aportaban a su lucha las asociaciones caritativas y los ingentes ingresos provenientes de la zakat, la limosna obligada de los musulmanes. En 1979, los principales beneficiarios de esos fondos eran las mezquitas y madrasas de Afganistán y Pakistán. Se calcula que desde esa fecha han fluido hacia ambos países, desde el corazón de la península Arábiga, más de 70.000 millones de petrodólares para la construcción, equipamiento y mantenimiento de escuelas y templos, la mayoría deobandis. Un tanto por ciento muy elevado ha servido también para la compraventa de armas. El primer brazo ejecutor de la ambición misionera de Bin Baz fue el jeque Abdulá Azzam. Nacido en Yenín en 1941, el activista palestino cayó en la redes del extremismo, como otros muchos compatriotas, tras la humillante derrota árabe en la guerra de los Seis Días de 1967. Decepcionado con el cariz laico que Yaser Arafat imprimió a la resistencia palestina, Azzam conoció el waha- Javier Martín Periodista. Corresponsal de la Agencia Efe en Teherán Bin Baz declaró ateos a quienes negaran que la tierra era plana. Como segunda autoridad de Arabia Saudí y Gran Muftí de La Meca, su influencia entre los suníes era colosal Azzam recibía a los futuros muyahidin con un plato de dátiles, un cuenco de leche y un mullido jergón. Su frase favorita de despedida era: Yihad y el rifle de asalto únicamente... bismo primero en la Universidad de Damasco, en donde estudió la sharia y, después, en un campo de refugiados palestinos de Jordania, financiado por la Fundación de los descendientes de Ibn al- Wahab, donde impartía clases. Desde allí, y gracias a una beca concedida por la citada organización, viajó a El Cairo, donde se empapó de la ideología de los Hermanos Musulmanes y entabló amistad con el círculo íntimo de Sayed al Qutb. Su penúltimo viaje fue a Yeda. Perseguido por el Gobierno egipcio, en 1975 desembarcó en la ciudad del mar Rojo, donde conoció a Bin Baz y dictó clases de sharia, junto a Muhamad al Qutb, hermano del ejecutado Sayed, en la Universidad Rey Abdul Aziz. Su paso por Yeda le convirtió en uno de los apóstoles de la nueva yihad. En 1979 publicó una fetua titulada La Defensa de la Tierra Islámica considerada pilar fundacional del yihadismo contemporáneo. En ella, el clérigo palestino declaraba lícita y obligatoria para todo musulmán la guerra santa contra los rusos en Afganistán y los israelíes en Palestina. Además, predicó con el ejemplo. Azzam fue uno de los primeros misioneros wahabíes que partieron rumbo a Pakistán; en principio, como profesor visitante en la Universidad Internacional de Islamabad, y después como imán de una modesta mezquita en Peshawar. En la barriada norte de esta ciudad fundó una organización clave para la propagación del yihadismo a escala mundial: Bait al Ansar (La casa del hombre que dio cobijo a Mahoma tras su huida de La Meca) cuya principal función era hospedar y asistir a los musulmanes que llegaban a Pakistán para sumarse al combate. Documentos de los Servicios Secretos pakistaníes (ISI) relatan que Azzam recibía a los futuros muyahidin con un plato de dátiles, un cuenco de leche y un mullido jergón. Velaba su descanso y después los invitaba a compartir la oración en la mezquita. Al calor de El Corán, los interrogaba sobres sus intenciones. Tras varios días de convivencia, el ritual culminaba con su frase favorita de despedida: Yihad y el rifle de asalto únicamente. Sin diálogo, sin reuniones, sin negociación