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D 7 21 9 08 LA CARTA DEL CORRESPONSAL 32 D 7 LOS DOMINGOS DE Washington POR PEDRO RODRÍGUEZ La política del cóctel La política en Estados Unidos no falla a la hora de inspirar la imaginación de la mixología con esfuerzos de lo más creativos para destilar la propaganda electoral en vaso, copa o coctelera fruta o soda) A Nixon le encantaban los Mai Tai nada polinésicos que servían en el restaurante Trader Vic s. Como recuerda Eric Felten, especialista en coctelería del Wall Street Journal el presidente celebró el día de San Valentín de 1973 con su esposa en ese ambiente hawaiano degustando su cóctel favorito (ron caribeño, curaçao de naranja, sirope de azúcar y el zumo de una lima) Al salir Nixon observó cómo un camarero servía una ronda en una concurrida mesa y advirtió a los comensales: Cuidado, son letales Es verdad que a principios del siglo XX, el consumo de alcohol se convirtió en parte de las guerras culturales que EE. UU. libra consigo mismo desde su génesis. Hasta el punto de que Theodore Roosevelt, en su intento de volver a la Casa Blanca al margen del Partido Republicano, se querelló por libelo cuando un periódico se atrevió a asociar su desbordante entusiasmo con el exceso de bebida. Durante el juicio, el ex presidente tuvo que reconocer su afición muy contenida a los julepes de menta (whisky de centeno, brandy, hierbabuena, azúcar sobre hielo) Para los bebedores que no ocupan el despacho oval, Washington también tiene su propio cóctel nativo, sobre todo pensado para sus implacables veranos: el rickey de ginebra. Básicamente una excusa para mezclar con lima, soda, un poco de azúcar y hielo, el fragante alcohol aromatizado entre otras cosas con bayas de enebro. El nombre de ese refresco para paladares adultos tiene su origen en el coronel Joseph Kyle Rickey, un sociable lobbista que a finales del XIX traficaba influencias bien entonado con su propia mezcla a base de bourbon en un histórico bar junto al Capitolio. La actual campaña presidencial también está sirviendo de inspiración para la mixología americana. Empezando con la clásica margarita de tequila pero actualizada con el nombre de Obamarita Entre estos destilados de propagada electoral, el restaurante The Palm llegó a ofrecer el J. McCain que consistía en nada más que su whisky más viejo on the rocks M ás allá de que las protagonistas de Sex and the City hayan conseguido agitar infinidad de cocteleras en búsqueda del más sensual Cosmopolitan (zumo de arándanos, vodka y algo de propina) no es un secreto que la mixología -el arte de combinar en búsqueda de la libación perfecta- -se encuentra en alza en EE. UU. Los grandes periódicos publican recetas y columnas especializadas, las ventas de licores exóticos se disparan; e incluso no faltan los que insisten en celebrar como es debido el 5 de diciembre, final del aborrecible experimento de la Ley Seca. Washington no se queda al margen de esta sofisticada afinidad etílica. Empezando por la Casa Blanca y su larga tradición de cócteles presidenciales, a pesar de que en torno a 1870, la primera dama Lucy Hayes consiguió que su marido Rutherford prohibiese el consumo de alcohol en el número 1600 de la Avenida Pensilvania. Por ejemplo, John F. Kennedy arriesgó un holocausto nuclear en la crisis de los misiles cubanos con la ayuda de algunos gin and tonic Franklin D. Roosevelt ni si quiera en los peores momentos de su presidencia dejó desconectar hacia el final de la tarde para prepararse un Old Fashioned (whisky americano, azúcar y la opción de algo de Hillary Clinton se toma un chupito de whisky en plena campaña AP PRESIDENTE DE HONOR Guillermo Luca de Tena PRESIDENTA- EDITORA Catalina Luca de Tena CONSEJERO DELEGADO José Manuel Vargas DIRECTOR GENERAL José Luis Romero DIRECTOR Ángel Expósito Mora DIRECTOR ADJUNTO José Antonio Navas SUBDIRECTOR Alberto Aguirre de Cárcer REDACTOR JEFE Alberto Sotillo D 7