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22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE pesadamente encima de los que estaban en el patio, lo que aumentaba la confusión. Entre ésta, se dieron algunos casos de heroísmo. Se comenta el rasgo de un acomodador de los pisos altos, apellidado Carrasco, que, al quedarse el teatro sin luz, empezó a encender cerillas y a auxiliar a la gente para que se pusiera en salvo. Ya con la última cerilla encendió una de las velas colocadas en aquel lugar para casos supletorios y continuó prestando auxilio, gracias a él se salvaron muchas mujeres y niños. Este acomodador, que es un hombre de avanzada edad, no ha sido encontrado todavía. Un hombre, cuya filiación se ignora, recogió en la puerta a un niño de dos años, que se hallaba tendido junto a la verja, y sobre cuyo cuerpecito habían pasado cientos de personas. Afortunadamente, la criatura sólo presentaba contusiones en la cabeza. Por intervención del juez de guardia, fue recogido en la Venerable Orden Tercera, situada en la calle de San Bernabé. El niño es rubio, con el pelo rizoso: viste delantal azul, y calza zapatos y calcetines blancos. Son muchos los niños que han quedado abandonados con motivo del tumulto; se cuenta que una niña de corta edad, medio asfixiada por los que pretendían ponerse a salvo, gritaba: ¡Mamá, mamá! y a los gritos de la infeliz criatura acudió un caballero, que la cogió en brazos y logró sacarla de aquella infernal escena. Otros niños no han tenido la suerte de los citados, en posturas violentas, y acusando en su último gesto el profundo terror, han sido hallados sus cadáveres al hacer la requisa. El público, despavorido, en arranque de verdadera locura, atropellaba cuanto se le ponía de- lante y buscaba la calle. Los que lograban salir del local aparecían en paroxismo de horror. Algunas mujeres salían con los niños en brazos, y ya en la calle, sin advertir que estaban a salvo, seguían dominadas por la espantosa obsesión y corrían, estrechando a las criaturas contra su seno por la calle de Toledo, lanzando feroces alaridos. A la hora de haberse iniciado el fuego, el teatro estaba por completo destruido, y el incendio se había propagado a la finca número 4 de la calle de Santa Ana, a otra casa contigua de la calle de las Velas y a otras dos casas lindantes, cuyas armaduras han quedado destruidas. Al lugar del suceso acudieron todos los Parques de bomberos de Madrid, con sus jefes y subjefes a la cabeza; fuerzas de la Guardia Civil y de Seguridad y de los regimientos del Rey y León, que acordonaron el edificio y las calles inmediatas. Entre los muchos detalles que se van conociendo de la tragedia figura el de una familia compuesta por Amelia González, su hermana Francisca, un hermano político y cuatro niños, que han perecido carbonizados, a excepción de una de las criaturas, que fue encontrada al penetrar el Juzgado de guardia en la sala, porque el juez, cuando efectuaba la requisa, escuchó algunos lamentos, y entonces se ordenó que se levantaran algunos cascotes, y debajo de ellos apareció una niña de tres años. El marido de Amelia, al presenciar cómo morían todos sus familiares, tuvo un rapto de desesperación tal que sacó un revólver y se dio un tiro en la cabeza. Un niño entre los escombros ABC