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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA Críticos de cine POR E. RODRÍQUEZ MARCHANTE l hilar festivales de cine como quien ensarta cuentas le permite a uno ir teniendo una idea más o menos desapasionada de ese oficio, sin duda inútil, de ponerle pegas al trabajo de los demás. Inútil para uno mismo, me refiero, aunque en ocasiones pueda resultarle de alguna utilidad a otras personas que tal vez se benefician de las consideraciones del crítico de cine yendo o dejando de ir a ver tal película. Y puesto que el cine que se proyecta en los Festivales Internacionales suele llegar aún sin un filtro o una criba personal (es decir, que se ve lo que E echen son muchas las ocasiones en las que tiene más interés observar y analizar a los personajes de la sala (críticos, analistas, plumillas, amiguetes y otros) que a los de la propia pantalla. En una sala de cine de festival de postín siempre hay críticos que escriben durante la proyección, con sus bolígrafos de luz discreta y la cara embebida en el papel. Y entre los que escriben, los hay que lo hacen a raudales, como si lo que ven y oyen les provocara una torrentera de ideas. Desde luego, como espectador, considero mucho más molesto al crítico que escribe que al crítico que duerme, porque, es así, hay una notabilísima co- rriente crítica que consiste en dormir las partes más prescindibles de esas películas largas, inmóviles y desocupadas, con lo que al final se tiene de ellas una idea mucho más positiva, otro talante. Es cierto que no todo el mundo tiene la capacidad de dormir las zonas adecuadas de la película, y por eso es una corriente crítica muy difícil y estimable, porque su mala aplicación convierte al crítico en una especie de marmota ruidosa e inservible. Salvo excepciones que no vienen al caso, lo normal es que los críticos en bandada se pronuncien de algún modo al final de la película (si no lo hacen, se dirá que la acogida fue fría) Y ahí es, en ese instante del aplauso, el silbido o el silencio, cuando los críticos toman una postura y asumen un criterio con respecto a lo que han visto. Si consiguen salir de la sala sin pronunciarse al respecto, tomarán esa postura y ese criterio en su ha- bitual corrillo de críticos: floja o interesante o deshonesta palabras predilectas de estos fenómenos y que ya les eximen de cualquier otro dato aclaratorio. A partir de entonces, deberá dejar pasar al menos cinco o seis años para amoldar su opinión a la auténtica valía de la película. De todas las variedades de crítico de cine, la que parece haber hecho más estampa en la gente es ésa del crítico avinagrado, un tipo reseco e infeliz que odia el sonido de la risa y que cualquier cosa que caiga en su estómago se convierte en ácido sulfúrico. Sin ser del todo falsa, no es más cierta que ésta otra del crítico insípido, transparente, que se lee igual de arriba a abajo que de izquierda a derecha. O que la del crítico avellana. O que la del crítico peñazo, una losa sobre el cadáver de su propia literaturilla... Y con semejante panorama, nadie se extrañará que uno no mire los espejos ni para peinarse. TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO Hombres y mujeres POR XAVIER PERICAY n la República Islámica de Irán, a las mujeres les construyen parques. No hace mucho se ha inaugurado uno en Teherán. El Paraíso de las Madres, lo llaman. Lo de madres tiene que ver, sin duda, con el estado civil de muchas de las mujeres que en él concurren y con el futuro que a buen seguro aguarda a las que todavía no han alcanzado dicho estado. Lo de paraíso, en cambio, ya es más complejo. Por un lado, remite a la propia condición de madre. Pero, por otro, alude a la posibilidad de comportarse, en lugar abierto y E lejos de la infame mirada masculina, sin velos ni cortapisas de ninguna clase. Al descubierto, vaya, mostrando poco más o menos las mismas partes del cuerpo que muestra una mujer cualquiera en uno cualquiera de nuestros parques. En el Reino de España, a las mujeres no les construyen parque alguno. Ni a los hombres. A Dios gracias, nuestro espacio público es para todos los seres humanos, sin distinción de sexo, raza o religión. Y, en consecuencia, para todas las miradas. Otra cosa, claro, es el espacio privado, por más que en este terreno el pensamiento igualita- rio lleve ya mucho tiempo metiendo baza. Son pocos hoy en día- -si es que queda alguno- -los clubes deportivos sólo para hombres. Y lo mismo ocurre con los de otra índole. En su afán nivelador, la tendencia del feminismo militante no ha consistido tanto en crear sus propias sociedades privadas como en exigir el carácter mixto de las ya existentes. Tal vez el caso más conocido, por repetido y grotesco, sea el del famoso alarde de Fuenterrabía, un desfile conmemorativo de las guerras napoleónicas reservado hasta hace poco al género masculino y al que ahora se ha añadido, entre las muestras de desaprobación de muchos lugareños y muchas lugareñas, el paso de una compañía mixta de supuestos combatientes. Claro que aquí la tradición tiene lugar en el espacio público, y hasta es posible que las sociedades participantes reciban alguna que otra ayudita de las ins- tituciones. O sea, que aquí, de privado, poco. Pero donde la división entre sexos resulta más polémica es en el campo de la educación. El sistema público, en aras de la igualdad, prescribe que niños y niñas vayan juntos a la escuela. El problema es que todos los estudios conocidos hasta la fecha demuestran que el rendimiento de unos y otros mejora si no comparten el aula. Y, por si no bastara con esto, el fracaso escolar sigue siendo abrumadoramente mayoritario entre los chicos- -en 2006, la diferencia era de 14 puntos porcentuales- ¿Entonces? Pues no parece descaminado sugerir que a los españolitos y a las españolitas se les permita cursar algunas asignaturas por separado. Para la imprescindible socialización siempre les quedará el patio. Y, por supuesto, cualquiera de nuestros parques.