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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE ÁNGEL CÓRDOBA con devoción. -Dios mío, Dios mío- -pidió con fervor al Cristo crucificado que tenía delante- Esto no. Le estaba costando un enorme trabajo mantener a las niñas ajenas a todas las preocupaciones que había cargado sobre sus espaldas. Apenas había llovido ese invierno, se esperaba una cosecha escasísima. Y eso no era lo peor. Vivía rodeada de incertidumbre, no sabía a quién y por cuánto podría contratar para ese verano. Tenía miedo, un miedo que muchas noches la mantenía en vela, con presentimientos que por la mañana no quería recordar. Se sentía muy sola, especialmente después de la muerte de don Nicanor. Lo que leía en el periódico no la tranquilizaba en absoluto, sino todo lo contrario. Y ahora, tener que cuidar de un marido deprimido que, Dios se lo perdonara, no se merecía ni que le dijera ni buenas tardes, era algo que se le hacía insoportable hasta no poder más. -Mami, está muy mal, muy mal. No nos habla- -le comunicó Teté, que salió a recibirla al zaguán. Pues sí que estaba mal la cosa. El hombre que la había cambiado por una pelandusca en un pisito de la Cava Baja y que ni había intentado compartir con ella su brillante carrera estaba ahora sentado ahí, en el sofá de terciopelo verde del estupendo salón de su magnífica finca con la mirada perdida a la espera de que ella le curara y le diera ánimos para emprender otra nueva vida. Se santiguó varias veces aquel día, yendo y viniendo de la cocina al salón con tazas de café, sopa caliente y ponches de huevo que María preparaba con amor y él apenas probaba, para ahuyentar sus malos pensamientos. Porque se le ocurría alternativamente sacarle así, envuelto en la manta, a la calle, y dejarle sentado en el poyete de la sarga para que se espabilara él solo o derrumbarse ella misma en medio del zaguán para obligar a todos los demás, empezando por su marido, a cuidarla y mimarla una larga temporada. Que se lo tenía bien merecido. Pero estaban las niñas, que le adoraban. Y María, tan preocupada de que Jacinto ni mirara a Manolín cuando se lo llevó para que viera cómo estaba creciendo, y Manolo, desconcertado de verse sin amo. Y su sentido del deber. Pero sólo hasta cierto punto se dijo. -A ver. Cuéntame lo que ha pasado- -le pidió cuando se quedaron solos después de que Carmencita se llevara a las niñas a acostar. Tardó en responder. Tuvo que insistirle. -Te ofrecí que vinieras aquí cuando tu mundo se derrumbara. Aquí estás y bienvenido eres. Pero me tendrás que contar lo que pasa. Esperó en silencio. -No salí diputado. Después me cesaron en el hospital. Me requisaron el Hispano Suiza. He despedido a la cocinera y a la doncella. De- jé la casa bien cerrada. Lo he perdido todo. Hizo una pausa y luego continuó: -Temo por mi vida y sobre todo por haber puesto en peligro las vuestras. Si las cosas siguen por el camino que van, o si hay un alzamiento que fracasa, o si... -no concluyó la frase. Teresa dejó que pasara un rato largo. Se levantó para atizar el fuego. Volvió a tomar asiento en una de las butacas tapizadas con cretona de flores que flanqueaban la chimenea, donde había estado tejiendo una rebeca para Isabel. Le miró a la cara. -Sé de lo que hablas porque yo también lo perdí todo. Me casé con un hombre que creía que me amaría para siempre, que me cuidaría... y me encontré pronto con que o no sabía o no quería hacer ni lo uno ni lo otro... -hablaba despacio porque le costaba trabajo decir en voz alta por primera vez lo que tantas veces había pensado- Me tuve que buscar otra vida en la que Y ahora, tener que cuidar de un marido deprimido que, Dios se lo perdonara, no se merecía ni que le dijera ni buenas tardes, era algo que se le hacía insoportable Yo también lo perdí todo. Me casé con un hombre que creía que me amaría para siempre, que me cuidaría... y me encontré pronto con que o no sabía o no quería no fuera tan desgraciada. Siempre disimulando, naturalmente. Delante de todos y sobre todo delante de nuestras hijas, que siguen creyendo que tienen un padre encantador, que sólo vive para ellas. Notó que él había despertado de su letargo. Se puso de pie, dispuesta a terminar aquella conversación, que tan dolorosa le resultaba. Recogió la labor. -Estoy tan en peligro como tú, ¿Crees que a mí no me han amenazado también? Cuando vengan a buscarnos, nos llevarán a los dos. Así que tómate unos días de descanso y luego te pones a trabajar, como hace todo el mundo por aquí. Buenas noches. Teté la esperaba en la puerta de su alcoba, tiritando de frío, a oscuras. -Mamá, tenemos que llamar a un médico que cure a papi. Está muy mal. -Es que ya no tenemos al tío, que sabes que se ha ido al cielo- -le pareció una buena excusa. -Ya sé, pero quería decirte que el abuelo de Flip está muy enfermo y ha venido un médico de Madrid a verle. ¿Por qué no le llamas para que también mire a papá? Al escucharla Teresa pensó que Teté era su hija, no cabía duda. La llevó en brazos a su cama, la acostó y mientras le frotaba los pies para que le entraran en calor, decidió que ya era hora de que al menos la mayor de las niñas empezara a salir del limbo feliz donde ella la estaba manteniendo.