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21 9 08 EL LIBRO BIBLIOTECA NUEVA Crónica de tiempos cainitas Ésta es la historia de una mujer fuerte, luchadora, valiente. Es la historia de la abuela de la autora, una mujer adelantada a su época que tuvo que abrirse paso sola en el drama de la Guerra Civil y el sufrimiento de la posguerra. Una peripecia que recorre los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera, la aparición de las dos Españas y la desolación de la contienda eresa le vio llegar andando lentamente por la carretera, con una maleta en una mano, una bolsa en la otra, al atardecer de un sábado en el que había aprovechado la ausencia de las niñas para sentarse a echar cuentas en la camilla del mirador, calentada por un brasero. Habían pasado poco más de dos meses desde su despedida en Madrid, sin más visita suya que la de un domingo del mes anterior, recordó mientras le observaba acercarse al camino y franquear el portón de entrada a la finca. Ya sabía que no había salido de diputado, que las derechas habían perdido las elecciones, que en España gobernaba el Frente Popular. Hasta en un lugar tan perdido como aquel valle se notaban sus consecuencias; los cuatro hombres del mono azul subidos al viejo camión y salidos de la Casa del Pueblo ya la habían visitado dos veces preguntando por su marido. Se habían marchado gritando ¡volveremos! y agitando el puño en alto, pero el Pincho parecía haberse quedado muy cerca; ya no la esperaba en Villanueva, sino en el recodo de la carretera, sentado sobre el mojón que señalaba el kilómetro. Te queda poco, bonita le gritaba cada vez que pasaba junto a él. Apenas sí visitaba Villanueva. Sentía ganas de llorar cuando pasaba frente a la casa grande, cerrada a cal y canto, sin que nadie hubiera vuelto a entrar en ella desde que murió don Nicanor a primeros de año. La gente del pueblo estaba claramente dividida en dos bandos. Cuando iba a misa los domingos por la mañana, terminaba rodeada por el cura, el boticario, el alcalde y docenas de personas que se acercaban a saludarla en una esquina de la plaza, a dar recuerdos para su marido, a comentar en voz baja sus temores y sus miedos, a recabar noticias sobre un supuesto alzamiento militar. Luego, mientras se dirigía al estanco para comprar el periódico, subiendo a prisa la calle principal, recta y empinada, notaba el rechazo y el desdén de otra mucha gente: la que se apartaba de su camino y cerraba la puerta antes de que ella desfilara por delante, o la que se quedaba a verla pasar con la barbilla alta y la mirada desafiante. T Título: Sola Autor: Curri Valenzuela Editorial: Temas de Hoy Páginas: 480 Precio: 21 Euros Fecha de publicación: 23 de septiembre Cuando observó que Jacinto ya había dejado atrás el último de los grandes chopos, se echó por encima un grueso chal de lana negro y bajó a esperarle. Salió a la explanada. Era una tarde muy fría, de finales del invierno, con un viento seco que cortaba la respiración. Él se paró delante de ella, bajo aquella sarga que había marcado la vida de los dos. Dejó la maleta en el suelo, luego la bolsa. Parecía otro. Llevaba el gabán abierto, la camisa arrugada, el chaleco ladeado. Los ojos, rojos, estaban rodeados de pronunciadas ojeras; el pelo, más largo, desaliñado. -Llevabas razón- -dijo con un tenue hilo de voz. Teresa no le contestó. Ni tenía nada que decirle, ni fuerzas para hacerle preguntas. ¿Las niñas? -quiso saber él. -En La Estacada, pasando la tarde con Flip. -Mejor- -le oyó decir mientras recogía los bultos del suelo y empezaba a andar arrastrando los pies hacia la casa. Le oyó entrar en el comedor y cerrar de un portazo la puerta de su habitación, de la que ya no salió. Tuvo que contener a las niñas, cuando llegaron con Manolo y supieron que su papi había vuelto, para que le dejaran en paz. Les dijo que había venido muy malito, con fiebre, que se había tomado un vaso de leche muy caliente y que, ya que se había quedado dormido, era mejor para su salud que no le despertaran. Teté abrió mucho sus grandes ojos negros y aceptó la explicación sin dudar de la palabra de su madre. Isabel, como de costumbre, siguió el ejemplo de su hermana mayor. Las invitó a que durmieran en su cama, algo a lo que las pequeñas siempre estaban muy dispuestas. Así se evitaba que tan Curri Valenzuela Periodista. Columnista de ABC. Directora del programa de Telemadrid Alto y Claro La gente del pueblo estaba claramente dividida en dos bandos... Notaba el rechazo y el desdén de otra mucha gente: la que se apartaba de su camino y cerraba la puerta Tenía miedo, un miedo que muchas noches la mantenía en vela, con presentimientos que por la mañana no quería recordar. Se sentía muy sola... pronto amaneciera asaltaran el dormitorio de Jacinto. Así también ella se ahorró una noche de insomnio, dando vueltas en su cabeza a la situación, como tantas otras de antes y después. Se abrazó a sus dos hijas, que se habían acurrucado a sus costados buscando calor, y se quedó dormida tan pronto como lo hicieron ellas. Desayunaron las tres en el comedor, hablando en voz baja para no despertarle, pero cuando Teresa bajó, ya pasadas las once, arreglada para ir a la misa de Villanueva, las dos pequeñas, que se habían quedado jugando a las casitas muy pegadas a la chimenea, le advirtieron que no se oía ningún ruido en la alcoba contigua. -Mamá, si está malito, tendremos que cuidarle- -dijo Teté, cargada de razón. Tocaron la puerta. No hubo respuesta. Volvieron a tocar. Nada. Teresa la entreabrió, mientras señalaba a las niñas que se quedaran atrás. Fue inútil. Las dos cabecitas se metieron por el quicio de la puerta y la empujaron. Entraron en la habitación como dos ciclones y se fueron hacia él. Jacinto estaba sentado frente a su mesa de trabajo, mirando por la ventana hacia el valle, envuelto en una manta bajo la que llevaba aún puesta la ropa del día anterior. El cuarto estaba helado. La cama, sin deshacer. Sonrió levemente mientras sus hijas le besaban y le preguntaban qué le ocurría. Las dos se apartaron al ver que sus abrazos no obtenían respuesta del padre que siempre las había achuchado a ellas más aún que ellas a él. -Anda, ven a desayunar. Tienes que tomar algo y calentarte- -le dijo Teresa mientras le ayudaba a ponerse en pie. Llegó tarde a misa. No salió de la casa hasta que le dejó envuelto en dos mantas frente a la chimenea del salón que Manolo había llenado de troncos y más troncos de leña, con Teté e Isabel sentadas en el sofá junto a él. Y por una vez no hizo ni caso a la posible presencia de el Pincho en la carretera. Si estaba apostado en algún recodo, no le vio, como no sintió el frío que le calaba hasta los huesos. Condujo el carretín absorta en sus pensamientos. Ya en la iglesia, se arrodilló