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20- 21 D 7 LOS DOMINGOS DE IN MEMORIAM Françoise Demulder Los ojos de los patios sombríos del mundo La primera mujer que consiguió el World Press Photo, en 1976, con veintinueve años, vivió intensamente la segunda mitad del siglo XX. Sus infiernos, su dolor. Y siempre con una cámara como testigo POR EDUARDO CHAMORRO ra grande. Era estupenda y muy atractiva. Una magnífica corresponsal de guerra, fotógrafa. Una dama tremenda, dura, tierna, independiente y solitaria. Fue también divertida, ocurrente e intrépida. Nunca perdió el tiempo, aunque siempre estuvo dispuesta a despilfarrarlo con gozosa libertad. Llegó a Vietnam poco antes o poco después de que lo hiciera Sean Llyn, el hijo de Errol Flyn, también fotógrafo, y en busca de una foto imposible cuya cercanía le mató. Aquella fue, probablemente, la última guerra en la que el reportero pudo moverse con una libertad casi inaudita. El riesgo era prácticamente el mismo a la entrada del hotel Europa, en Saigón, que en las marismas del Mekong. Siempre había un jeep a mano, un helicóptero a punto, un confidente con el que emborracharse, alguien con el que podía resultar agradable imaginarse un E romance. Si uno confraternizaba con algún que otro vietnamita, enseguida notaba que los chinos comenzaban a caerle mal y los rusos, bien. No es que fuera un mundo paradójico, que lo era. Es que fue el mundo de una época en la que hasta el tiempo ofrecía novedades. La gente, dura como ella sola, se ofrecía sin ambages. De aquella extrañísima escuela de humanidad se trasladó a Camboya para echarle un vistazo al patio más sombrío del horror, y de allí pasó al Líbano y Palestina, con la cámara tan perfectamente endurecida como atento el corazón. Tenía ya la mirada decidida y terca de quien sabe que la vida, la suerte, la fortuna son corrientes caprichosas e injustas. Pueden consumirse a grandes tragos y ocultarse tras periodos de una inquieta sequía o de una abundancia hipócrita. No se cansaba de mirar, con la cámara en Françoise Demulder, fotografiada en Camboya en 1989 descanso como si fuera un apéndice aletargado o en un trance de narcolepsia del que brotaba el disparo repentino para atrapar un instante que cobraba la densidad de un siglo. Cuando llegó a Oriente Medio dominaba con creces un oficio sobre el que había sabido alzarse con todo el aplomo de su talento y toda la integridad de su coraje. Fue donde aprendió que la fotografía puede ser AFP Los años que vivió peligrosamente. En Beirut, donde consiguió el World Press Photo, o en Phnom Penh, a la derecha, en una imagen tomada en 1975, siempre con las cámaras colgadas del hombro. La aventura y la determinación anidaban en sus ojos, luminosamente felices en la foto superior una estrategia artesanal ensimismada al servicio de un arte enciclopédico y complejo. Allí logró la placa con la que consiguió ser la primera mujer con el World Press Photo debajo del brazo. Esa foto es el vademécum de una humanidad doliente y pervertida, hasta cierto punto. Una enciclopedia del dolor más inmediato junto a pasiones sesgadas e intereses abigarrados y múltiples. Hay en esa foto gente que corre, que huye y que pasea, que mira con plenitud el horror y que lo elude. Es enero de 1976 en el distrito La Cuarentena de refugiados palestinos en Beirut, capital del Líbano. Una hilera de casas en ruina arde al fondo bajo un cielo de explosiones y humo. Un niño y una joven huyen sin prisa del encuadre. Un hombre mayor huye en el mismo sentido arrastrando de la mano a un crío de unos ocho años. Tal vez un abuelo de paseo con su nieto. Un miliciano de espaldas en un primer plano del tercio de la derecha, empuña un fusil ametrallador e insta a una señora a la huida. La señora no huye. Clava su mirada en los ojos del miliciano y le implora como su clamara a un cielo incapaz de redimirse. No hay dolor como el que se calla decía Flavio Josefo. Françoise Demulder retrató buena parte del dolor del mundo sin despegar los labios. Su corazón lo soportó hasta el martes 4 de septiembre, en que se paró. Tenía sesenta y un años.