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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA Woody Allen Barcelona POR E. RODRÍQUEZ MARCHANTE na normal la montura de sus gafas; el resto es completamente paranormal. De entre su variedad de cosas sorprendentes, la que más me ha sorprendido siempre a mí es lo poco que le importa lo que los demás piensen de él o de su trabajo. No me digan que eso es normal. Si hasta los que no hacemos nada o casi nada estamos inevitablemente pendientes de lo que opinan los demás de eso que casi no hacemos. Tener seguridad en uno mismo nunca es del todo fácil, pero tenerla dentro de la fachada de W oody Allen tiene de perso- Woody Allen es cosa fuera de lo normal, o sea, paranormal, milagroso. Y así es, detrás de esa fachada se esconde un tipo asquerosamente seguro de si mismo un jaguar se definió en una película) el que debería haber inaugurado la próxima semana el Festival de San Sebastián y no lo hará porque prefirió que su película Vicky Cristina Barcelona se presentara al mundo en el Festival de Cannes el pasado mayo. No inaugura, pues, San Sebastián, pero sí se proyectará como preestreno en España en una sesión especial, porque, entre otras cosas, a Woody Allen se le perdona todo, desde lo anecdótico (esto) has- ta lo sustancial ¡aquello! Sí, sí, ¡aquello! El caso es que el próximo fin de semana se hablará mucho de Woody Allen y de Vicky Cristina Barcelona por lo que, en una acrobacia digna del periodismo más rancio y petulante, me adelantaré unos días a hablar de ello. Vicky Cristina Barcelona divertirá al público, dividirá a la crítica y arrasará en las taquillas. Y se puede conjeturar por qué: Divertirá al público porque Allen ha esparcido en su historia, o cuento, una colección de personajes, de tipos, que le echan un gracioso pulso al tópico: las guiris el donjuán la carmen incluso las situaciones y los lugares son comunes y ligeros la Barcelona que ve un turista, la banda sonora que oye un turista y las tramas que busca un turista... Y estos motivos que serán tan del agrado del público (especialmente si no espera ver la Barcelona oficial, ombliguera e inexis- tente en realidad) son los mismos que desesperarán a la crítica, o a un tipo de crítica que confunde el rigor con la severidad y el humor con la bilis. Los motivos para su éxito en taquilla tienen nombres y apellidos: ¿quién se va a resistir a la tentación de ver cómo Penélope Cruz devora a Scarlett Johansson, o viceversa y Javier Bardem? Solo hay un peligro: el doblaje canalla que amenaza la gracia de la película. Y ahora, lo crucial. Woody Allen, tan seguro de sí y de su obra, dejó hace tiempo de obsesionarse con parecer trascendental (algo que el europeo avellana valora mucho) y se conforma con lo contrario: parecer intrascendente. Y de eso recubre en Vicky Cristina Barcelona el hilo medular que la sostiene, basta tirar de él para encontrar todo eso que preña de in la felicidad que nos procuramos. O que procuramos procurarnos. TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO Viejos y verdes POR XAVIER PERICAY 72 años como el hombre del cambio. Así titulaba en portada el pasado fin de semana un periódico de los llamados de referencia. No hace falta decir que el título, tan aparentemente informativo, tiene retranca. Me refiero a esos años, claro, y a la voluntad del autor de la frase de negar, con la mención de la edad del candidato republicano, todo cambio posible. Pero lo relevante del titular no es tanto su intención como el sistema de valores en que M cCain se ofrece a sus esa intención descansa. En otras palabras: lo verdaderamente relevante aquí es que, en una sociedad como la nuestra, alguien de 72 años no pueda ofrecerse como el hombre del cambio sin exponerse a la crítica o al escarnio. No se trata de discutir, por supuesto, la necesidad del cambio; sin cambio no hay vida, no hay evolución. Ni se trata tampoco de menospreciar las bondades de la juventud, que han de encontrar, sin duda alguna, su vía de desarrollo. Pero de ahí a suponer que el cambio sólo puede venir del ímpetu de un cuerpo joven, de una suerte de retoño no maleado, media un buen trecho. La posibilidad de cambiar las cosas depende única y exclusivamente de la capacidad de la persona que se postula para ello. Y nada indica que el actual senador McCain no esté en condiciones, si las urnas le son propicias, de llevar a cabo sus propósitos. Vivimos en un mundo marcado por la novedad, por la renovación constante. Todo cuanto producimos, en el orden material y en el intelectual, tiene una vida limitadísima. La juventud es un valor de cambio. Vende lo verde. Y lo viejo, aunque parezca mentira, es enemigo de lo verde. Un parado de cuarenta y cinco años apenas encuentra ya trabajo. Un profesor de una edad semejante, o incluso más joven, está condenado a sufrir toda clase de inclemencias en las aulas de nuestros centros públicos. El tuteo arrasa, hasta el punto de que ya va siendo habitual que un camarero trate de tú a un cliente o que un enfermero haga lo mismo con un paciente. La experiencia, el conocimiento, la autoridad, el respeto, esos valores propios de la madurez que han venido conformando siglo tras siglo lo que somos, se van disolviendo poco a poco como un azucarillo. Y todo esto ocurre en una sociedad cada vez más vieja. Según los cálculos de Eurostat, la oficina estadística de la UE, en 2060 habrá un 32,3 de españoles mayores de 65 años y un 14,4 mayores de 80- -el doble y el triple, respectivamente, de los porcentajes actuales- Lo que no entiendo es por qué los expertos se limitan a destacar los índices de crecimiento de esas franjas de edad. ¡Como si alguien con los 50 cumplidos no fuera ya, a estas alturas, un solemne vejestorio!