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2- 3 D 7 LOS DOMINGOS DE contribuido decisivamente a profundizar en su conocimiento. No es la Guerra en sí, sino el uso político de la Guerra y su memoria, lo que siempre- -antes y ahora- -provoca malestar y división La manipulación política y el uso partidista de la historia es un asunto que obsesiona a Fernando García de Cortázar (Bilbao, 1942) autor de ensayos como Breve historia de España y Los perdedores en la historia de España Sostiene García de Cortázar que los nacionalismos utilizan la historia como depósito de agravios con que alimentan la pasión separadora. Todos los nacionalismos se fabrican su propio enemigo exterior. El hecho diferencial estaría así cocinado por sentimientos de odio y rencor que la injusticia de los acontecimientos pasados debería seguir produciendo en el presente. Lo que hace real la historia es su capacidad de influencia en la vida actual, al margen de su propia verosimilitud. Para los nacionalistas lo importante es conseguir la implicación afectiva de los individuos en un pasado reinterpretado. Por eso las derrotas- -la Diada de los nacionalistas catalanes- -resultan más atractivas que las victorias como instrumentos de cohesión nacional. Hay que separar claramente el trabajo de los historiadores de las pasiones políticas y electorales, del ruido de la calle Y tiene que quedar siempre claro que la historia no es una religión, no es una moral; que la función de la historia no es exaltar sino explicar. Lo preocupante es olvidar que en un Estado democrático no corresponde ni al parlamento, ni al poder judicial definir la verdad histórica. Desde su nacimiento la historia ha estado relacionada con el poder y la han escrito los vencedores. Pero a veces es más perniciosa la manipulación que los venciAP El nacionalismo falsifica su propia historia Todo nacionalismo falsifica su propia historia. En una conferencia que pronunció el historiador británico Eric Hobsbawn, titulada Dentro y fuera de la historia planteó que la historia, cierta o inventada, era elemento esencial de las ideologías o nacionalistas o étnicas o fundamentalistas, y era, por tanto, factor esencial de legitimación de los nacionalismos dice Juan Pablo Fusi. Frente a ello está la responsabilidad del historiador. El historiador- -recordaba Hobsbawn- -debe rebelarse contra todo abuso político- ideológico. La historia debe separarse de la política, de mitos nacionales, de políticas de identidad. En razón de la propia estructura de la historia (movilidad y cambio) el historiador no puede aceptar ninguna idea esencialista de un pueblo, de una nación, de un Estado. La historia es un proceso no lineal, discontinuo e incoherente, un proceso indeterminado, que carece de objetivo final. Todo lo que ha ocurrido era probable, posible; pero no inevitable. dos o sus descendientes hacen de las causas y circunstancias de su derrota. En el nacionalismo catalán y vasco existe una visión generalizada sobre la guerra civil que la convierte en una agresión de España contra Cataluña y el País Vasco Nuestra experiencia en Vietnam comenta por su parte el en- sayista y ex columnista del New York Times Anthony Lewis (Nueva York, 1927) nos muestra que la historia, incluso cuando presenta hechos incuestionables, no es capaz de cambiar la ideología de la gente. Aquellos que dicen que deberíamos haber aguantado en Vietnam, como John McCain, piensan que podríamos haber ganado Se niegan a admitir la evidencia de que nuestro abrumador poderío armamentístico no funcionó y no dio señales de funcionar. De la misma manera, partidarios de George Bush y su guerra en Irak siguen insistiendo, pese a la contundencia de los hechos, en que Sadam Husein estaba involucrado en los atentados del 11- S Para su compatriota Stanley G. Payne (Denton, Texas, 1934) autor de libros como La revolución española o Franco y José Antonio: el extraño caso del fascismo español el estudio y entendimiento historiográficos requieren buena fe y un esfuerzo para conseguir la objetividad. Si es asunto de polémica partidista, poco se logrará A la pregunta de en qué medida se pueden hacer comparaciones esclarecedoras sobre lo hecho en Alemania, Francia o Estados Unidos que sirva para la Guerra Civil española, Payne cree que las comparaciones son útiles, pero hay que recordar que se trata de casos muy diferentes. Todavía se debaten cuestiones de la Guerra Civil Americana, pero no como polémica política. En cuanto a la mayor parte de las cosas, hay un consenso básico. Pero conviene resaltar que esa contienda civil fue una guerra civil tradicional no revolucionaria, como en España. En las tradicionales, los dos bandos comparten los mismos valores y la misma religión, y están divididos solamente por algunas cuestiones (Pasa a la página siguiente) mo el Holocausto, o como los bombardeos sobre ciudades no estratégicas o las masacres de poblaciones civiles. El consenso historiográfico exige, no obstante, interpretaciones rigurosas y científicas de los hechos históricos, autoridad profesional y moral en el historiador que los estudia y neutralidad política (o por lo menos, ponderación y prudencia) en las tesis y conclusiones planteadas. El consenso historiográfico y social sobre un hecho, el que sea, es imposible o cuando el poder impone versiones del pasado o rehace la memoria histórica al servicio de sus intereses o cuando el historiador hace un uso deliberadamente parcial y falseado de la historia. Sobre la Guerra Civil española existe desde hace décadas una bibliografía inundatoria que contiene libros ejemplares e impecables, y que ha Liberación del campo nazi de Buchenwald MARGARET BOURKE- WHITE