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14 9 08 EN PORTADA Un descendiente de esclavos limpia las orejas del monumento al presidente Abraham Lincoln en Washington Pasado vivo La historia como resentimiento POR ALFONSO ARMADA os Balcanes han generado más historia de la que pueden digerir La frase, atribuida a Winston Churchill, la pronunció mucho antes de la última oleada de guerras civiles y limpieza étnica que acabó desmembrando Yugoslavia. En España, a juzgar por el furor que sigue desatando la Guerra Civil que desgarró el país hace sesenta años, da la impresión de que la historia se emplea a menudo como un percutor de resentimiento. El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha propiciado una ley de la Memoria Histórica para reparar el, a su juicio, olvido de las víctimas de la guerra y del franquismo y, a su rebufo, el juez Baltasar Garzón aca- L ba de dictar una providencia para censar a quienes, en número desconocido, permanecen en fosas comunes. Mientras una escuela de pensamiento dice que esas medidas reabren viejas heridas, otros estiman que se trata de un acto de justicia que a nadie debe molestar. El músico y ensayista Edward Rothstein recordaba recientemente en el International Herald Tribune cómo para los estadounidenses del norte la historia de la Guerra Civil está fijada. No ocurre lo mismo en estados tan sureños como Virginia. Cuando en 2003 se instaló una estatua de Lincoln en el museo de la Guerra Civil Americana en el centro de Richmond las iras se desataron: deploraban sobre todo la pretensión de honrar a un opresor El pasado está más vivo de lo que parece, al menos en algunos pueblos. Lo decía el escritor William Faulkner: El pasado nunca está muerto y enterrado, ni siquiera es pasado Lo recuerda el historiador Juan Pablo Fusi (San Sebastián, 1945) autor de libros como Franco. Autoritarismo y poder personal para quien la historia está siempre abierta a interpretaciones. Hay, además, hechos históricos- -y la Guerra Civil española es uno de ellos- -que, por su significación, dejan huella indeleble en la memoria colectiva y provocan interés y fascinación continuados. Con todo, es claro que los consensos historiográficos son posibles, incluso sobre temas moralmente controvertidos. El caso más evidente es la II Guerra Mundial. No existen diferencias dramáticas entre los historiadores a la hora de analizar, valorar, juzgar y cuantificar atrocidades incomprensibles co-