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24- 25 D 7 LOS DOMINGOS DE Francisco de Cuéllar publicada en Londres en 1885. El manuscrito permaneció escondido trescientos años en la Real Academia de la Historia. En 1884 lo rescató el Capitán Cesáreo Fernández Duro y desde entonces ha sido objeto de constantes reediciones anglosajonas. De 1.200 hombres que viajaban con Cuéllar sobrevivirían apenas 300. Fueron inmediatamente despojados de cuanto tenían. Él mismo sería herido y desnudado por los nativos. Aun así, tuvo suerte. La región estaba infestada de soldados ingleses. Temerosos de que los españoles alentaran una rebelión, las órdenes eran matarlos allí donde los encontraran y castigar con la misma suerte a cualquiera que les cobijara. En el pub local los jóvenes no saben nada, pero un irlandés mayor recuerda la historia de Pedro Blanco, quien fuera guardaespaldas de Hugh O Neall, Conde de Tyrone, uno de los pocos aliados que encontraron los españoles. Un descendiente suyo, Owen Roe O Neill serviría años después en el Regimiento Irlandés del Ejército Español de Flandes. Cuéllar describió a los nativos como paupérrimos salvajes. Su naturaleza es la de bestias en medio de las montañas Viven en chozas de paja y duermen en el suelo A pesar de la religión común que les trajera San Patricio en el año 432, es lógico imaginar que una población tan pobre viera en los ricos españoles un inesperado regalo. Cuéllar escapó de Crange hacia Castletown, al Este, buscando la protección de O Rourke de Leitrim, caudillo local que acogió a los españoles y pagaría su delito con la vida. Fue ahorcado en Londres en 1590. Recuperado de sus heridas, Rumbo al Norte ATLAS DE LA HISTORIA DE ESPAÑA, DE FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR nes de habitantes que tiene cuatro premios Nobel de literatura. ¿Hay algo de cierto en tanta leyenda de pub? En la Biblioteca Nacional de Dublín existe una gran cantidad de literatura sobre los naufragios de la Spanish Armada Un nombre aparece repetidamente: Francisco de Cuéllar, capitán del San Pedro, náufrago en Sligo, quien escribiera su aventura y retratara la vida local mucho antes de que lo hiciera el costumbrismo irónico y cruel de Jonathan Swift. En Crange, un pueblecito situado al norte de Sligo, encuentro una señal: Spanish Armada. The Cuellar s Trail. Lleva hasta la playa de Streedagh Strand. Es un paisaje desolado e inmenso. No hay un solo árbol bajo el que cobijarse. Subo un pequeño alto de arena y desde allí contemplo el océano Atlántico con los montes de Donegal como fondo. Hay un pequeño monumento de piedra en forma de barco. Una placa recuerda el naufragio de La Juliana, La Lavia y la Santa María de Visón. En el Bed and Breakfast Mount Edward Lodge pregunto si saben algo de los españoles. La dueña me enseña un libro. Es la carta de El camino de Cuéllar nuestro capitán marchó hacia el norte bordeando el Lago Melvin que separa los condados de Leitrim, Donegal y Fermangh. En Kilmohere encuentro un dibujo en la pared de un pub que narra en términos de un nacionalismo encendido la defensa que hizo el español del Castillo de Rosclogher, pertene- ciente al clan de los MacClancy. Entro en el local para preguntar cómo llegar hasta allí. Uno de los clientes conoce la historia y añade que más tarde se escribió otro libro que embelleció los hechos. Sospecho que se refiere al romanticismo del XIX que pintó un cuadro amable en el que los españoles fueron socorridos por los nativos, enemigos a muerte de la reina inglesa. Pero la historia real nunca es bella. Diez mil españoles perecieron en Irlanda, bien ahogados, bien en la soga, bien a hierro. Veinticuatro hombres a bordo del Nuestra Señora del Socorro se rindieron en la bahía de Tralee; fueron inmediatamente ahorcados. En el Condado de Mayo, un mercenario escocés llamado McLaughlan asesinó a 80 extenuados náufragos. 72 supervivientes más fueron ejecutados en la ciudad de Galway. Matanzas semejantes tuvieron lugar en las islas de Mutton y Clare. En Donegal, 560 hombres a las órdenes de Alonso de Luzón se toparon con una columna de caballería. Tras varios enfrentamientos, les prometieron seguridad si se rendían. Los masacraron en cuanto entregaron las armas. Encuentro una señal escondida por la maleza. Sigo la senda embarrada y llego hasta un promontorio sobre el lago. Desde ahí diviso las ruinas de Rosclogher sobre una pequeña isla. Allí, Francisco de Cuéllar se hizo fuerte con ocho compañeros. Los ingleses se apostaron a la orilla y colgaron a dos españoles para atemorizarlos. Los defensores decidieron morir antes que rendirse. Resistieron 17 días (Pasa a la página siguiente) El capitán Cuéllar escribió el relato de sus desventuras. Junto a estas líneas, recreación de la Invencible