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22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE Nadie fue superior i el fútbol español, desde los Juegos Olímpicos de Amberes (1920) hasta nuestra guerra civil (1936) hubiera que condensarlo en una persona y dos palabras, sería en Ricardo Zamora, porque fue durante dieciséis años la figura máxima, la encarnación del ídolo, el espectáculo individualizado, como puede ser un divo en la ópera. La leyenda sobre Zamora ha sido una auténtica realidad, la obra de cada día o de cada partido, el único jugador indiscutible y fijo en la selección española y la única garantía de rendimiento positivo. Ricardo Zamora tenía un especial atractivo físico. Y vestía bien el variado uniforme de los guardametas: jersey gordo en invierno; jersey fino en los días de calor; gorra de visera para protegerse del sol; guantes, rodilleras- -que en aquellos tiempos se usaban, quizá porque nuestro fútbol se empezó a jugar en terrenos duros, de tierra, y los que más tenían que evitar las heridas y rozaduras en las rodillas eran los porteros, que se veían forzados a tirarse al suelo- Cuidó tanto su personalidad- -aunque algunos lo consideran como superstición- que aparecía en los campos de juego con un muñeco, que era su mascota. En el Barcelona comenzó y estuvo poco tiempo, un par de años. Y pasó al Español, donde fue guardameta desde 1920 a 1930. Y del Español, al Real Madrid, hasta 1936. En la posguerra, entrenador del Atlético de Madrid, cuando era Atlético Aviación. Ha sido el úni- S co caso en que, por méritos de fútbol, hicieran a un entrenador oficial del Ejército. Después en el Celta, el Málaga... Pero Zamora no tenía vocación de entrenador. Lo hizo porque su profesión era el fútbol y porque sabía de fútbol más que nadie, pero el trabajo de preparar no le gustaba. Fue seleccionador, como grado natural. Y tampoco puso demasiada fe en los demás, quizá porque ya empezara a perderla en sí mismo. Prefería ya el poker con Fernando Gaviria y sus amigos. Ricardo Zamora pudo parecer presumido cuando era materialmente asaltado por la chiquillería para verle de cerca y tocarle, para comprobar que era un mito de carne y hueso. Sin embargo, era sencillo y modesto en su trato. Yo tuve la suerte de conocerle, tratarle y ver partidos a su lado. Pude comprobar entonces que veía el fútbol maravillosamente. Quiso continuar en la figura de su hijo, Ricardo también. En una entrevista con los dos, en Radio Madrid, cuando empezaba Ricardito, le pregunté si el hijo sería tan buen guardameta como el padre, y me contestó: -Es más alto que yo, tiene más facultades que yo y tiene más mano que yo. Pero no lo sé. No se puede saber aún. Eso sólo lo puede decir él, con el paso del tiempo. Y no fue tan bueno como su padre, porque nadie, nadie ha sido superior a Ricardo Zamora. GILERA (8 de septiembre de 1978) Arriba, Zamora se resguarda del frío, en el antiguo campo de Sarriá, en un partido de claro dominio del Espanyol. En la otra página, en su época como jugador del Real Madrid al lado de dos defensas de lujo: Ciriaco y Quincoces. En el centro, reproducción de una página de ABC del día en que murió a los 77 años de edad. Junto a estas líneas, una de sus paradas más célebres, la que le impidió al Barcelona empatar en la final de la Copa de 1936. El Madrid venció por 2- 1 y Zamora fue llevado a hombros por los aficionados merengues al final del encuentro