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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA Helarte, o el cine POR E. RODRÍQUEZ MARCHANTE demás de canales, Canalettos, cristales, bellinis y sorbettos, en Venecia hay un Festival de Cine, o como dicen ellos más pomposamente una Mos- A na hoy. Y para zanjar mi opinión sobre ella, diré que termina la Mostra sin haber siquiera empezado. Pero no son las palabras Mostra o Internazionale las que provocan ahora el interés de esto, sino las otras dos: Arte Cinematográfico, que, ya dicho en español, suena como a cuarteto de diez o doce músi- tra Internazionale d Arte Cinematografica. En fin, sea lo que sea, termi- cos. Lo que siempre hemos llamado cine o, incluso, películas, no acaba de sentirse ya del todo cómodo si no tiene un pedestal debajo: el pedestal de lo artístico. Hay pocas cosas tan patéticas como el arte anunciándose: ¡Atención, que llega el arte! O el poeta advirtiendo de su poesía: ¡Miren, miren, qué poético soy! Pues, algo así de fatuo y ridículo resultan todos esos esfuerzos de una película- -o más singularmente, de su autor- -porque la llamen obra de arte cinematográfico. Otra cosa es, claro, que lo sea: no hay nada malo ni reprochable en que una película sea una obra de arte cinematográfico. Algunos de los directores de cine más admirados de la Historia no habrían dudado en dispararle al muslo de cualquiera que los hubiera tachado de artistas. John Ford, que muy a pesar suyo era un poeta, procuraba mantener tal condición en un plano muy discreto: que se viera, ¡qué remedio! pero como el que tiene un herpes. Si uno se fija, ahora ocurre todo lo contrario: no hay arte, no hay herpes, pero sí una enorme tirita como si lo tapara y que en realidad lo anuncia y lo desvela (o sea, su ausencia) Y esas ansias por ser artista, tengo la impresión, además, de que en muchas ocasiones son las que le impiden al fulano algo tan difícil y admirable como hacer bien su trabajo. El tontómetro de un director de cine lo han puesto en marcha los Museos, un lugar al que antes se entraba o pagando o muerto, y ahora basta con tener un tema Te cuelgan con la facilidad que en el viejo Oeste. Hay un tipo de cineasta en la actualidad, que persigue un raro prestigio, y que en su delirio cree ser mancillado por la grosería de las taquillas y la gente en la sala, por eso busca refugio en el Museo, donde el arte ya se le ha de suponer de antemano, sin necesidad siquiera de que haga acto de presencia en su obra. Es una tentación peligrosa (además de una traición al tejido: la santísima sábana blanca) y habría que prevenir de ella a algunos de los grandes directores, como Erice, Kiarostami, Jia Zhang- Ke o Guerín, que miran la puerta de los Museos como John Wayne miraba a la pradera... Pero el problema no es que el Museo se convierta en el refugio de los grandes cineastas. El problema es que las salas de cine no vean en ello un reto y se conformen con cualquier cosa. Y sus espectadores, también. NO SIEMPRE ES DOMINGO Habilidades POR XAVIER PERICAY o alcanzo a comprender por qué el hallazgo ha causado tanto revuelo. En fin, sí alcanzo a comprenderlo: cualquier hallazgo suele causarlo, y más entre la llamada comunidad científica, que, si para algo está, es para esos menesteres. Pero, aun así, el estudio que Journal of Human Evolution ha publicado en su último número y de cuyas conclusiones se ha hecho eco la prensa no parece, a primera vista, tan trascendente, como no sea por la novedad misma. A saber: si el Hombre de Neandertal desapareció hace unos N 28.000 años del Viejo Continente- -que es como decir que desapareció del todo- ello no fue debido, como se había creído hasta ahora, a su falta de adaptación a las necesidades del medio, o a su menor adaptación en relación con la demostrada por el Homo Sapiens -con el que llevaba más de 12.000 años, ahí es nada, conviviendo- sino a otros factores. ¿Cuáles? Misterio. O, lo que es lo mismo, seguiremos- -seguirán- -investigando. Por de pronto, lo que el equipo dirigido por el antropólogo Metin Eren ha descubierto con su trabajo es que los neandertales, al contrario de lo establecido hasta la fecha, eran igual de hábiles que los sapiens -esto es, que la especie que ha terminado derivando en nosotros- -en la fabricación y manejo de las herramientas de caza. Aunque sus utensilios no fueran tan afilados como los del futuro hombre moderno, aunque no presentaran el mismo grado de evolución tecnológica, cumplían perfectamente la función para la que habían sido creados. Y con un coste semejante, cuando no inferior, en tiempo y material. Vaya, que, según Eren y sus muchachos, no pudo ser este el factor que diera con toda la especie en el otro mundo y dejara todo el pastel para nosotros. Y si no pudo ser este, tampoco parece que hayan podido ser otros que se han barajado en los últimos tiempos, como por ejemplo la capacidad craneal o la adecuación a los cambios climáticos. En el fondo, concluyen los especialistas- -no sabemos si con asombro o con re- signación- los neandertales distaban más bien poco de lo que serían por entonces nuestros antepasados. Poseían estructuras sociales, sistemas económicos y un lenguaje determinado. Enterraban a sus muertos. Tenían, qué duda cabe, una inteligencia similar a la de los sapiens ¿Entonces? ¿Por qué demonios se extinguieron? Quizá porque les faltó la capacidad simbólica. Como recuerda el paleontólogo Juan Luis Arsuaga, lo único que no hacían los neandertales era pintar La capacidad simbólica. La posibilidad de representar, de imaginar, de abstraer, de soñar. Este es el quid. Para bien, claro, pero también para mal. Y es que, a juzgar por el partido que siempre le han sacado los nacionalistas a lo simbólico, hay días en que uno desearía carecer de esta habilidad y haberse quedado en un triste epígono neandertal.