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7 9 08 ACTUALIDAD México Un país harto de impunidad (Viene de la página anterior) hacer mucho a través de la denuncia; nuestra inconformidad debe trasformarse en acciones para mejorar el sistema de procuración de justicia. En mi caso fue a través de la policía que rescatamos a mis familiares; confié en ellos, porque si bien es cierto que la corrupción es reconocida incluso por las mismas autoridades, ésta no abarca a toda la corporación Danya Rishpy, cuya hija Dana desapareció hace un año en Cancún, sigue esperando en Israel el regreso de su niña de 25 años. Hace dos sábados se manifestaba ante la embajada de México en Tel Aviv, como hicieran otros muchos ante las representaciones diplomáticas mexicanas en Madrid, París, Varsovia y diversas ciudades estadounidenses. Dana había llegado a México desde Estados Unidos, donde buscaba la posibilidad de cursar algunos estudios. Su familia pensó que en un centro turístico tan concurrido no habría de qué preocuparse. La esperanza no se pierde, pero es mucho tiempo sin saber nada. Claro que pensamos en la posibilidad de que le haya sucedido lo peor, de que no esté con vida. Pero no sólo eso es difícil, sino también pensar que es- Dana Rishpy aún espera Marcha contra la violencia en Villahermosa EFE tá viva y la estén tratando mal, qué le pueden haber hecho... La captura, hace una década, de Daniel Arizmendi El Mochaorejas (un sastre que utilizaba sus artes para amputar dedos y orejas de sus víctimas) parecía haber dado un respiro a la sociedad. Nada más lejos: desde entonces empresarios, famosos (el hijo de Vicente Fernández, las hermanas de Thalía, el entrenador de fútbol Omar Romano... y gente del común han sido víctimas de secuestros prolongados o los llamados express aquellos en que los captores obligan al infeliz a recorrer cajeros automáticos hasta que su tarjeta de débito queda sin saldo. Bandas como La Flor, La Familia, Los Chiquitines, Los Zopilotes, Los Jeremías o Los Gaseros siembran ahora el terror en todo el Valle de México, Estados vecinos y en el norte del país. El clamor social propició días atrás la firma de un Acuerdo Nacional por la Seguridad, que prevé compromisos de todos los organismos ejecutivos, policiales y de los poderes Legislativo y Judicial, así como organizaciones sociales, eclesiásticas y medios de comunicación. El convenio ya se ha cobrado una cabeza, la de Roberto Campa, ya ex secretario ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Cara y cruz policial La corrupción es una lacra que recorre como metástasis a toda la sociedad mexicana, desde los niveles más bajos hasta la cúpula del poder. Los cuerpos policiales, descoordinados, mal formados y peor pagados, no son ajenos a ella. Siete décadas de gobiernos del Partido Revolucionario Institucional han institucionalizado la creencia de que la ley no está para respetarla y hacerla respetar, sino para burlarla y vivir al margen de la misma. A un policía se le puede comprar con cincuenta pesos para el chesco (refresco) si disimula ante una infracción de tráfico. Pero también hay quienes cuelgan el uniforme para pasarse al otro bando, y quienes, aún de servicio, ponen una vela a Dios y otra al diablo. En su estudio Corrupción: policía y sociedad la socióloga Beatriz Martínez de Murguía, asesora de la Comisión de Derechos Humanos del DF, dice que las formas habituales de proceder que tienen los diferentes cuerpos policiales de México no son ni modernos, ni legalistas, ni se apegan a derecho. Y son varias, y de diversa naturaleza, las causas que puedan explicarlo: Salarios muy bajos, falta de espíritu público y una noción muy vaga de separación entre el interés público y el interés privado, estructura organizativa basada en la lealtad, mala preparación, una sociedad que participa en la corrupción, la impunidad y un espíritu de cuerpo mal entendido Pocos creen en este país que la autoridad deba ser respetada porque obedece al interés de todos, porque regula las relaciones políticas, sociales y económicas equitativa y legalmente. Esto es coherente con un orden político como el que se da en México, en el que las lealtades personales son muy valoradas y con mucha frecuencia exigidas por encima de la ley o, desde luego, del interés público Sin embargo, no todo huele a podrido en las comisarías. De los 987 homicidios contabilizados en julio y agosto, 68 muertos eran agentes de las diferentes corporaciones policiales: algunos, por ajustes de cuentas; muchos, en cumplimiento de su deber. Mientras haya quien dé la vida en defensa de los demás, aún queda un soplo de esperanza para un país severamente enfermo. La policía forma antes de patrullar Ciudad Juárez CORINA ARRANZ