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6- 7 D 7 LOS DOMINGOS DE ÁNGEL CÓRDOBA cí inmóvil hasta que acepté lo sucedido. El senegalés me había invitado a café y me había ofrecido agua, esa era la única realidad, y quizás todo lo que cualquiera de los dos tenía derecho a esperar: la posibilidad de un encuentro, una historia que compartir, un insignificante acto de amabilidad... El aeropuerto internacional Kenyatta estaba casi vacío. Los funcionarios sorbían sus tazas de té mientras comprobaban los pasaportes. En la sala de recogida de equipajes, una chirriante cinta transportadora vomitaba maletas lentamente. No había ni rastro de Auma, así que me senté sobre mi bolsa de mano y encendí un cigarrillo. Poco después, un guardia de seguridad con una porra de madera se dirigió hacia donde yo estaba. Pensando que quizás estaba en una zona de no fumadores miré a mí alrededor buscando un cenicero, pero, en lugar de amonestarme, el guardia sonrió y me pidió un pitillo. -Su primer viaje a Kenia, ¿verdad? -me preguntó, mientras le daba fuego. -Así es. -Ya veo- -y se puso en cuclillas a mi lado- Usted es americano. Quizás conozca al hijo de mi hermano. Se llama Samson Otieno. Está estudiando ingeniería en Tejas. Le dije que nunca había estado en Tejas y que por tanto no había tenido oportunidad de conocer a su sobrino. Eso pareció decepcio- narle y le dio varias caladas rápidas al cigarrillo. Para entonces, todos los pasajeros de mi vuelo habían abandonado la terminal. Le pregunté al guardia si saldría más equipaje. Expresó sus dudas moviendo negativamente la cabeza. -Creo que no- -me dijo- pero si espera aquí buscaré a alguien que pueda ayudarle. La excitación que había sentido de antemano se había esfumado, y sonreí al recordar la bienvenida que había imaginado: las nubes se disipaban, volaban los viejos demonios, la tierra temblaba mientras mis ancestros se levantaban de sus tumbas para celebrarlo. En lugar de eso me sentía cansado y abandonado. Estaba a punto de buscar un teléfono cuando apareció el guardia de seguridad acompañado por una espléndida mujer morena, delgada, cercana al metro ochenta de estatura y vistiendo el uniforme de la British Airways. Se presentó como la señorita Omoro, y me dijo que posiblemente mi equipaje había sido enviado a Johannesburgo Cumplimenté el formulario y la señorita Omoro lo repasó antes de dirigirse a mí. ¿Por casualidad, no será pariente del doctor Obama? -preguntó. -Bueno, sí, era mi padre. La señorita Omoro sonrió compasiva. -Siento mucho su fallecimiento. Su padre era muy amigo de mi familia. Solía venir con frecuencia a nuestra casa cuando yo era niña. Comenzamos a charlar sobre el motivo de mi visita, luego ella me habló sobre sus años de estudiante en Londres y su interés por conocer Estados Unidos. Y allí me encontraba yo, tratando de prolongar la conversación, no tanto por la belleza de la señorita Omoro- -ya me había mencionado que tenía novio- -como por el hecho de que había reconocido mi apellido. Algo que no me había ocurrido nunca ni en Hawai ni en Indonesia, Los Ángeles, Nueva York o Chicago. Por primera vez en mi vida sentí el consuelo, la sólida identidad que puede proporcionar un nombre, cómo puede hacer posible que otras personas recuerden a alguien, de forma que asientan con la cabeza y digan: Sí, tú eres el hijo de fulano de tal Nadie en Kenia me preguntaría cómo se deletrea mi nombre, ni lo pronunciaría mal en una lengua extraña. Mi nombre era parte del país, y por tanto también lo era yo, estaba inserto en una red de relaciones, alianzas y No me había ocurrido nunca ni en Hawai ni en Indonesia, Los Ángeles, Nueva York o Chicago. Por primera vez sentí el consuelo, la sólida identidad que puede proporcionar un nombre Sentí la presencia de mi padre. En el sudor de los obreros que descargaban grava con una carretilla. Creo que, aunque no me diga nada, el Viejo está presente envidias que todavía no comprendía. ¡Barack! Me volví y vi a Auma saltando detrás de otro guardia de seguridad que no la dejaba pasar a la sala de recogida de equipajes. Me disculpé y corrí hacia ella, nos abrazamos y reímos de la misma estúpida manera que cuando nos conocimos. Cerca de nosotros, una señora alta y de piel morena sonreía, Auma se volvió hacia ella y dijo: -Barack, esta es tu tía Zeituni. La hermana de nuestro padre. -Bienvenido a casa- -dijo Zeituni, y me besó en ambas mejillas. Mientras andaba con Auma por la congestionada calle, sentí la presencia de mi padre. Lo veía en los escolares que pasaban corriendo a nuestro lado, sus piernas delgadas y negras moviéndose como pistones metálicos, embutidas en sus pantalones azules y sus zapatos demasiado grandes. Lo escuchaba en la risa de esa pareja de universitarios que en un pobremente iluminado salón de té sorbían la dulce y cremosa infusión y comían samosas. Lo olía en el humo de los cigarrillos de los hombres de negocios que, cubriéndose una oreja con la mano, no cesaban de gritar en la cabina telefónica. En el sudor de los obreros que, con el pecho y la cara cubiertos de polvo, descargaban grava con una carretilla. Creo que, aunque no me diga nada, el Viejo está presente. Está aquí, pidiéndome que comprenda.