Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
7 9 08 EL LIBRO BIBLIOTECA NUEVA Obama busca sus raíces en África Tras recordar con Faulkner que el pasado nunca está muerto y enterrado- -ni siquiera es pasado- Obama confiesa que este libro de memorias de África (con escala en España) escrito cuando estudiaba en Harvard, acabó convirtiéndose en otra cosa: El relato de mi viaje interior: un joven en busca de su padre y del auténtico sentido de su vida como americano negro obres desgraciados. Pobres países olvidados de la mano de Dios. Cerré el libro al tiempo que me embargaba una cólera familiar, una cólera tanto más exasperante porque no iba dirigida contra algo concreto. A mi lado, el joven británico roncaba suavemente, sus gafas descansaban torcidas sobre su nariz. ¿Acaso estaba enfadado con él? ¿Era culpa suya que, a pesar de toda mi formación y de todas las teorías que conocía, no tuviese una respuesta inmediata para las preguntas que planteaba? ¿Podía culparle por querer mejorar únicamente su rincón del mundo? ¿Estaba quizá enfadado por la familiaridad con la que me había tratado, por suponer que yo, como americano, incluso como americano negro, naturalmente pudiera compartir su simplista visión de África? Una suposición que, en su mundo al menos, suponía un cierto avance, pero que para mí sólo acentuaba mi incómoda posición social: un occidental que no se encontraba del todo en casa en Occidente, un africano de camino a una tierra llena de desconocidos. Así era como me había sentido durante mi estancia en Europa: crispado, a la defensiva, dubitativo frente a aquellos que no conocía. Pero no era así como lo había planeado. Pensaba que mi escala europea sería una parada maravillosa, una oportunidad de visitar lugares en los que nunca había estado. Durante tres semanas, guía en mano, había viajado de un lado a otro del continente, la mayoría de las veces en autobús y tren. Tomé el té a orillas del Támesis. Contemplé cómo los niños jugaban por los bosques de castaños de los Jardines de Luxemburgo. Crucé la Plaza Mayor al sol del mediodía, con sus sombras a lo De Chirico y los gorriones surcando un cielo azul cobalto. Y hacia el final de la primera semana, más o menos, fue cuando me di cuenta de que había cometido un error. No es que Europa no fuese maravillosa, todo era como me lo había imaginado. Sólo que no me pertenecía. Me sentía como si estuviera viviendo el romance de otro. Mi propia e incompleta historia se interponía entre mí y los lu- P Título: Obama. Los sueños de mi padre Autor: Barack Obama Editorial: Almed Páginas: 405 páginas Precio: 22 euros gares que contemplaba, como si fuese un panel de cristal. Comencé a sospechar que mi escala europea era otra forma de demora, un nuevo intento de eludir el hacer las paces con el Viejo. ¿Llenaría ese vacío, finalmente, mi viaje a Kenia? Mis amigos de Chicago así lo creían. Para ellos, al igual que para mí, África era más una idea que un país, una nueva tierra prometida, llena de tradiciones ancestrales, paisajes majestuosos, nobles contiendas y tambores que parecían hablar. Con la idealización que produce la distancia, queríamos abrazar África el mismo abrazo que una vez quise darle al Viejo. ¿Pero, qué pasaría una vez que no existiera esa distancia? Era agradable pensar que la verdad me haría libre. Pero, ¿y si estaba equivocado? ¿Qué ocurriría si la verdad era decepcionante y la muerte de mi padre no significaba nada, tampoco su abandono, y el único lazo que me unía a él, o a África, era un nombre, un tipo de sangre, o el menosprecio de los blancos? Apagué la lamparita cenital, cerré los ojos y me dejé llevar por los recuerdos del africano que conocí cuando viajaba por España, otro fugitivo. Estaba esperando un autobús nocturno en un bar de carretera a medio camino entre Madrid y Barcelona. Unos pocos hombres sentados en las mesas bebían vino en pequeños vasos de cristal opacos por el uso. A un lado del bar había una mesa de billar, por algún motivo desconocido agrupé las bolas y comencé a jugar mientras recordaba las tardes que pasaba con Gramps en los bares de Hotel Street, a las mujeres que hacían la calle, a sus chulos, y a mi abuelo como el único blanco del garito. Barack Obama Candidato a la presidencia de Estados Unidos por el partido Demócrata Mi incómoda posición social: un occidental que no se encontraba del todo en casa en Occidente, un africano de camino a una tierra llena de desconocidos Mi propia historia se interponía entre mí y los lugares que contemplaba Comencé a sospechar que mi escala europea era un intento de eludir hacer las paces con el Viejo Cuando estaba terminando la partida, un hombre que vestía un ligero jersey de lana apareció de la nada y me preguntó si me podía invitar a un café. No hablaba inglés, y su español no era mucho mejor que el mío, pero tenía una sonrisa atractiva y la ansiedad de los que necesitan compañía. En la barra del bar me dijo que era de Senegal, y que estaba pateándose España buscando trabajo de temporero. Me enseñó una fotografía muy estropeada, que guardaba en la cartera, de una joven de mejillas tersas y redondas. Mi esposa, me dijo; había tenido que dejarla en su país. Pero volverían a estar juntos tan pronto reuniera el dinero necesario. Entonces le escribiría y haría por traérsela. Acabamos viajando a Barcelona juntos, ninguno de los dos habló mucho. Poco antes del amanecer nos dejaron frente a una antigua estación de autobuses, y mi amigo me hizo gestos para que me acercara a una corta y gruesa palmera que crecía a un lado de la carretera. De su saco de dormir extrajo un cepillo de dientes, un peine y una botella de agua que me ofreció de forma ceremoniosa. Juntos nos lavamos bajo la bruma matinal, luego, con nuestro equipaje al hombro emprendimos camino a la ciudad. ¿Cuál era su nombre? Ahora no lo puedo recordar. Un hambriento más lejos de su hogar, uno de los muchos hijos de las antiguas colonias- -argelinos, hindúes, pakistaníes- -abriendo brecha en las barricadas de sus antiguos amos, montando su propia harapienta y azarosa invasión. Y, no obstante, cuando caminábamos hacia Las Ramblas, sentí que le conocía tan bien como se puede conocer a cualquier hombre. Que, viniendo de extremos opuestos del mundo, de una u otra forma hacíamos el mismo viaje. Cuando finalmente nos despedimos permanecí en la calle un buen rato, viendo cómo su delgada figura de arqueadas piernas desaparecía en la lejanía. Una parte de mí deseaba vivir con él una vida de carreteras sin fin y mañanas azules; otra me advertía que tal deseo era una idea romántica tan parcial como la imagen que tenía del Viejo o de África. Permane-