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22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE Vista del Convento de San José, incendiado por los franceses bían dispuesto que hubiera sacerdotes y frailes en todos los bastiones, e ítem más que rezaran misa e impartieran los sacramentos. Y es que el hecho de la guerra había acercado mucho más a los dos sexos que otrora, pues que las mujeres subían a las puertas y almenas con un puchero a llenar las escudillas de los combatientes o a repartir un trago de aguardiente por los mismos lugares o trasladaban al herido al hospital o daban la mano al moribundo para que se fuera de este mundo con el calor que una mano amiga pueda proporcionar y le cerraban los ojos y lo encomendaban al Señor, no se fuera a quedar, entre tanto desbarajuste y desgracia, sin un responso. Y eso, que ya no era necesario que los hombres fueran a las fuentes a cruzar mirada con las jóvenes o a piropearlas ni que, habiéndose fijado en una, acudieran a una alcahueta que les arreglara matrimonio, ni que llamaran a la reja de su enamorada, pues que se podía estar tranquilamente con ella mientras él disparaba por una aspillera y ella le cargaba el fusil o arrastraban un cañón juntos o cavaban una fosa juntos también para construir o reparar un parapeto. Bueno, tranquilamente no, pues la muerte acechaba, pendía como una losa sobre los defensores de Zaragoza, a la sazón rodeada y bombardeada por el mayor ejército del mundo y, durante el segundo sitio, castigada, además, por la calentura pútrida que campaba inmisericorde por la ciudad toda; pero, pese a tanto mal y tanta miseria, fue que salieron algunos matrimonios de los fortines, según se comentó después. El caso es que Galdós tampoco habla de cómo Manuela Sancho, el 31 de diciembre de aquel maldito año de 1808, recibió la condecoración de la Cinta encarnada y una pensión de 2 reales diarios por su valor, pues que disparó cañones en la puerta Quemada, como una nueva Agustina de Aragón. Ni, cómo, poco después, defendiendo las calles aledañas a los conventos de las Mónicas y de San Agustín donde los españoles dispararon desde el púlpito a los enemigos que avanzaban imparables, fue alcanzada por una bala en el vientre, quedando muy malherida. Y es que hombres y mujeres conservaron durante varios días aquellas calles para que la francesada no llegara al Coso, se presentara en la plaza de La Seo, cortara la ciudad en dos mitades y convirtiera a los habitantes, a los pocos que quedaban vivos, en esclavos, pues que para eso no habían luchado ni habían entregado a sus hijos a la muerte. Todo fuera por Dios, la patria, la religión y el rey Fernando VII. Ni habían defendido, perdido y reconquistado las casas, una a una, organizándose en piquetes, caminando por los tejados, dejándose caer mediante cuerdas desde ellos, como si vinieran del cielo, y matando a los enemigos a bocajarro o arrojando granadas de mano por las chimeneas para que explosionaran en los pisos bajos, tomados por los franceses que, a más de matar a todo lo que anduviere, se dedicaban al saqueo. Ni se habían comportando como verdaderos héroes consiguiendo más laureles que otros, que los defensores de Gerona, por ejemplo. Tal decían por decir o por animarse entre sí y seguir luchando pues, aunque era conocido que los gerundenses resistían los sitios y embates enemigos, se tenían escasas noticias de ellos. Quizá no habló don Benito de la herida de la Manuela por evitarle dolor y no recordarle el trance, e hizo bien, pues que bastante sufrió para recuperarse en el hospi- COLECCIÓN DE LUIS SORANDO Defendiendo las calles aledañas a los conventos de las Mónicas y de San Agustín fue alcanzada por una bala en el vientre, quedando muy malherida Recibió Manuela la condecoración de la Cinta encarnada y una pensión de dos reales diarios por su valor, pues disparó cañones como nueva Agustina de Aragón tal, donde recibió los cuidados de la madre Rafols y de las muchas mujeres que, generosamente, se prestaban a ayudar a la religiosa sin temer el contagio de la peste y otras enfermedades, como el resfriado que azotaba también, dado el frío reinante, que causaban gran mortandad entre los habitantes. O fue que en la novela le dio poco papel aposta, pues sus protagonistas eran otros, pues bien pudo seguirla y narrar cómo, al doblar una esquina para recuperar una trinchera en una de las calles del barrio de la Magdalena, un grupo de soldados españoles, acompañados por la joven como uno más, fue acribillado por los franceses que habían ocupado el punto fuerte. O no quiso hacerlo sencillamente, o no consideró oportuno entrar en su vida, dado que, después de la capitulación de Zaragoza, Manuela Sancho se casó tres veces con unos dichos Manuel Martínez, labrador de profesión, con el sargento Joaquín Tapiaca y con Santiago de San Joaquín, guarnicionero de oficio, nombres y apellidos que ni de lejos tenían que ver con Gabriel Araceli. O fue que, como enterró a sus tres maridos, no quiso sepultar a su personaje principal, pues que tenía otros planes para él. O que el autor hizo lo que se le ocurrió o quiso con lo que era suyo. Lo que fuere, en fin. Pero fue pena.