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31 8 08 CLAVES DE ACTUALIDAD Heroínas de la Guerra de Independencia Manuela Sancho merecía anuela Sancho tuvo la fortuna de ser uno de los personajes reales que van y vienen en la novela titulada Zaragoza perteneciente a la colección Episodios Nacionales con lo cual, a más de haber vivido su propia vida en la Tierra, ora con alegría, ora derramando copiosas lágrimas como cualquier hijo de vecino, con el correr de los años, continúa viviendo y yendo y viniendo en el libro del escritor canario, y quizá sea ya más personaje de ficción que real en razón de que los estudios de Historia de España fallan en el sistema educativo actual. El autor de Zaragoza don Benito Pérez Galdós, la hace moza, alegre, valiente y arrojada, y lo era pues fue condecorada con la cinta encarnada y disparó cañones y fusiles durante el segundo sitio que sufriera la ciudad de Zaragoza, mismamente como hiciera Agustina de Aragón en el primero; a más le hace cantar jotas con salero, tales como la que sigue y tal vez la más cantada: La Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa, que quiere ser capitana de la tropa aragonesa. De no haber sido personaje de carne y hueso y de no haber figurado en los partes de guerra, quizá el escritor hubiera convertido a Manuela en novia de su protagonista principal, de Gabriel Araceli, en vez de considerarla figura secundaria y hasta le hubiera dado más papel en su libro, aunque ciertamente la trata con verdadero cariño. Pero no quiso hacerlo don Benito y encontró otra novia para Gabriel, una dicha María, joven de grandes prendas e hija de un usurero, e hizo que el buen mozo se enamorara perdidamente de ella. No quiso hacerlo o le fue imposible porque Manuela Sancho se casó con tres hombres, ninguno de ellos llamado Gabriel, y hasta es posible que el prolífico autor la conociera en el viaje que realizó a Zaragoza muchos años después En esta última entrega de la serie, la autora glosa la figura de Manuela Sancho, que disparó cañones y fusiles durante el segundo sitio que sufriera la ciudad de Zaragoza, mismamente como hiciera Agustina de Aragón en el primero, y lamenta que el mismísimo Galdós no le diera más protagonismo en uno de los capítulos de sus Episodios Nacionales, pues la heroína lo M de los sitios, donde se presentó para leer las gacetas, en virtud de que era hombre riguroso con los datos que manejaba en sus novelas y quizá el primero que utilizó los periódicos como fuente documental. Y recogió testimonios orales y aún pudo contemplar las ruinas de la ciudad. Y es posible, digo, que conociera a la heroína que falleció octogenaria de enfermedad común. Pero, por esa deformación profesional que sufrimos los escritores, a mí, autora de este relato y sin pretender parangonarme en méritos con Galdós, es más, con mis deméritos con respecto a él y a otros muchos, me hubiera gustado que el gran autor cantara las hazañas de Manuela Sancho de otra manera y, lo dicho, que la hiciera novia, o al menos novieta como se dice ahora, de Gabriel Araceli. Y es que, vamos a ver, la joven, en 1808, tenía 25 años, con lo cual era moza casadera. Es más, a decir de dueñas, se le estaba pasando la edad y se encontraba en la tesitura de que o tomaba pronto estado o se iba a quedar para vestir Santos, posición en absoluto deseable para una mujer de la época y situación nada halagüeña por otra parte, pues que, como la experiencia demuestra con tenacidad, pasadas de edad muchas mujeres se agarran a un clavo ardiente y el matrimonio, que siempre es una lotería porque las personas cambian y, si hay algo que mejorar, inexorablemente empeora, suele terminar en desastre. Claro que también don Benito pudo hacer ligera de cascos a Manuela y hasta convertirla en barragana de Araceli cargándole Ángeles de Irisarri, escritora. Autora de La Artillera Galdós la hace moza, alegre, valiente y arrojada, y lo era pues fue condecorada con la cinta encarnada y disparó cañones y fusiles durante el segundo sitio de Zaragoza Las mujeres subían a las puertas y almenas con un puchero a llenar las escudillas de los combatientes o daban la mano al moribundo para que se fuera de este mundo con calor un baldón, negocio al que se hubieran aplicado muchos escritores actuales que, irrespetuosos con cualquier personaje histórico que caiga bajo su acerada pluma, se permiten el lujo de descubrir la verdadera historia del que sea y convertirlo en lo que no fue. Casi siempre en un ser abominable, pues no se recatan en achacarle crímenes o vicios inconfesables para la época de que traten; o en meterlos en conspiraciones varias para, insensibles o tornándose afanosos detectives, destrozar la Historia de España, hecho que está de moda en los tiempos convulsos que vivimos. En consecuencia, al autor de Zaragoza hay que agradecerle que fuera hombre honrado y que dejara a Manuela en su lugar, en el sitio de cualquier mujer de aquellos tiempos acorde con los usos y costumbres sociales. Cierto que sigo con lo mío. Con que si Manuela Sancho, aunque no hubiera sido novia de Gabriel Araceli si al menos hubiera sido galanteada por él, antes de conocer a María y enamorarse de ella sin poder resistirse al amor- -eso bendito y maldito a par- -la joven Manuela, al menos en la ficción, hubiera salido beneficiada en el día a día de aquella guerra, pues tal vez hubiera sido menos codiciada por los soldados del fortificado convento de San José o los de la puerta Quemada o los del convento de San Agustín que defendían la ciudad con uñas y dientes, calle por calle, contra los franceses, pues me los imagino, pese a estar desfallecientes y cerca de la muerte, dadas las continuas ofensivas enemigas, deseosos de yacer con mujer. Queriendo llevarse a Manuela a un pajar o a un lugar oscuro, mirándola como no se mira a mujer honrada, haciéndose los encontradizos con ella y queriendo manosearla, dándoles un ardite la posibilidad de irse al otro mundo en pecado mortal, por eso de que más vale pájaro en mano que ciento volando o algún dicho semejo, eso sí, dispuestos a confesarse de lo hecho, pues que ocasión no habría de faltarles en virtud de que, dada la cantidad de muertos, las autoridades ha-