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24 8 08 CLAVES DE ACTUALIDAD Convenciones Escaparates para la democracia convenciones nacionales de sus dos grandes partidos. POR PEDRO RODRÍGUEZ CORRESPONSAL EN WASHINGTON Estados Unidos se prepara para celebrar una de las tradiciones más peculiares, coloristas y mal copiadas de su sistema político: las oy en día, las convenciones nacionales del Partido Demócrata y del Partido Republicano son el equivalente a un anuncio de cuatro días de duración, una ceremonia política coreografiada hasta el milímetro y un trampolín electoralista para impulsarse hasta la Casa Blanca. Aunque no aparecen mencionadas en la Constitución ni están reguladas por el Congreso, desde 1832 estas fiestas políticas vienen sirviendo como ritual aceptado para nominar formalmente a los candidatos presidenciales y vicepresidenciales de los grandes partidos de Estados Unidos. Los demócratas tienen previsto reunirse la próxima semana en Denver, Colorado, como ilustración de la importancia del Oeste dentro de sus ambiciones electorales. Mientras que los republicanos se congregarán del 1 al 4 de septiembre en Saint Paul, Minnesota. Durante esos enormes cónclaves con miles de compromisarios, cada partido aprobará su plataforma electoral, tomará decisiones sobre su funcionamiento interno y sobre todo intentará presentar una imagen de unidad interna para empezar un maratón de campaña que sin jornada de reflexión no culminará hasta la cita con las urnas prevista para el 4 de noviembre. Tras haber pasado por un reñido ciclo de medio centenar de primarias y caucuses en Denver y Saint Paul habrá bastante espectáculo pero muy pocas sorpresas. La última vez que una convención nacional necesitó más de una votación para ratificar candidatos fue en 1952 para los demócratas (Adlai Stevenson) y en 1948 para los republicanos (Thomas Dewey) Lo más parecido a una convención abierta en tiempos moder- H no fue la del Partido Republicano en 1976, donde ni Gerald Ford ni su rival Ronald Reagan llegaron con una mayoría de delegados, aunque el entonces presidente fue capaz de ganar en primera votación. Históricamente, los enfrentamientos, los acuerdos a puerta cerrada, las escisiones y los juegos malabares con las reglas de procedimiento han sido la norma habitual de estos coloristas foros políticos. Como las 102 votaciones durante 17 días requeridas por el Partido Demócrata en 1924. Pero lo que está claro es que su influencia no se ha limitado únicamente a la esfera presidencial, sino a la misma definición de Estados Unidos. Cuatro ejemplos del siglo XX sirven para ilustrar la sustancia de estos genuinos espectáculos políticos. Convención republicana de 1912 La continuación de Roosevelt A Theodore Roosevelt se le atribuye el mérito de haber ayudado a acuñar la presidencia de Estados Unidos tal y como se conoce hoy en día, asumiendo durante sus dos mandatos enorme protagonismo tanto doméstico como internacional. Con la idea de que el gobierno federal debía actuar como moderador de los abusos del capitalismo, fiscalizador de las grandes corporaciones, protector contra la explotación laboral y custodio de recursos naturales. Tras dos mandatos, el efusivo político dejó la Casa Blanca en marzo de 1909 y eligió como sucesor al orondo jurista William Howard Taft. Tras haber pasado por un reñido ciclo de medio centenar de primarias y caucuses en Denver y Saint Paul habrá bastante espectáculo pero muy pocas sorpresas En su día los dos políticos habían sido amigos pero la presidencia de Taft, con su revisionismo de las políticas no conservadores de su antecesor, acabó con esa relación privilegiada. Y en 1912, el ex presidente Theodore Roosevelt optó por abandonar su hiperactivo retiro y competir por la nominación del Partido Republicano, ya que entonces no existía la estricta limitación de dos mandatos establecida por la enmienda número 22 de la Constitución ratificada en 1951. La mayoría de los delegados que acudieron a la convención nacional convocada en junio de 1912 estaban controlados por la maquinaria política de Taft pero Roosevelt ganó la porción de compromisarios asignada a través de primarias. Y por supuesto, el cónclave político celebrado dentro del Coliseum de Chicago no tuvo que envidiar mucho en ferocidad a los espectáculos del circo romano. Desde el primer día, los insultos, disputas sobre credenciales, maniobras de procedimiento y los enfrentamientos viscerales entre delegados fueron lo habitual. Theodore Roosevelt, rompiendo con el precedente de que los nominados presidenciales no acudían en persona a las convencio-