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26- 27 D 7 LOS DOMINGOS DE Pescadores de Kanyakumari echan una partida después de la faena Ver amanecer es un rito sagrado en la punta sur del subcontinente máticos. La nueva cara de una India ávida de progreso. La mejor forma de llegar a Kanyakumari es por vía férrea (nada como el tren para recorrer el subcontinente) El hotel más potable se llama (como no podía ser menos) Sea View, con sus camas king size y sus vistas sobre el océano. Aunque no conviene olvidar que antes del alba los altavoces de la vecina catedral incendiarán la noche con música y cánticos: los curas no quiere perder la devoción de sus fieles. La Iglesia católica, experta en sincretismos, ha sabido entrelazar en un mismo tronco sus tradiciones con la fiebre india por lo sobrenatural. Claro que poco puede hacer con el fascinante santoral hinduista. Para hacerse una mínima idea, nada como sumergirse en el cercano y monumental templo de Suchindrum: una enciclopedia de la Trinidad budista (Brahma, Vishnu y Shiva) y toda su corte terrestre y celestial, como una figura de Hanuman (el dios mono) de cinco metros. Estancias de un viaje por la paradoja y el exceso, un mundo que se abre y se cierra: sangre virtual de Kali, columnas afinadas con notas distintas. A los indios les gusta que les fotografíen, pero para conocerles hace falta quedarse, seguir los pasos de una procesión de un dios menor que atraviesa Kanyakumari al atardecer, entre tambores, danzantes y dos largas hileras de acólitas portando plantas sobre sus cabezas. De los Diarios indios que invitan al viaje a Una idea de la India de Alberto Moravia, que ayuda a ver, como cuando dice que la India no es un país bello, como, por ejemplo, Italia, y ni siquiera pintoresco, como, por ejemplo, el Japón. La India es un continente en el que son dignos de interés, sobre todo, los aspectos humanos Kanyakumari no es el final. Thiruvalluvar, el gran poeta tamil, vigila el matrimonio de los mares viendas de una planta, de 34 metros cuadrados, dos habitaciones y baño, 61 ya están terminadas. Cada familia ha de aportar 75.000 rupias (1.500 euros) y el municipio proporciona agua corriente y luz eléctrica. Majil Sagaya, de 43 años, casado y con tres hijas, está feliz de disfrutar de una verdadera casa aunque esté más alejada del mar que le sustenta. Es la nueva cara de un Kanyakumari que no se ve si no se cuenta con guía tan elocuente como los claretianos, que muestran orgullosos la academia que se fundó tras el maremoto y ahora es una máquina engrasada: tras cursos intensivos de tres meses, prácticamente todos los alumnos- -chicas en su mayoría- -encuentran trabajo como contables, secretarias o infor-