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3 8 08 VIAJES Kanyakumari Finisterre indio, cabo de tres mares TEXTO Y FOTOS: ALFONSO ARMADA El Índico, el mar de Arabia y el del golfo de Bengala mezclan sus aguas en este enclave mítico, el más meridional del subcontinente. Ver amanecer es un rito obligado en este puerto de pescadores cristianos n el viaje, uno se queda con lo que importa, prescinde de lo superfluo. Cada vez es más lo superfluo, cada vez es menos lo que importa. Cada vez es más lo que se deja, cada vez menos lo que uno lleva Son palabras de los Diarios indios de Chantal Maillard, acaso el mejor compañero de viaje al subcontinente, y desde luego a Kanyakumari, el Finisterre indio, la punta más meridional, donde se mezclan tres mares: el de Arabia, el Índico y el del golfo de Bengala. No es de extrañar que vecinos y forasteros hayan convertido en un ritual asomarse a este balcón sobre el fin del mundo para contemplar el amanecer y la puesta del sol. En las noches de luna llena muchos turistas del espíritu suben a la colina de Murugan Kundram: el crespúsculo del día y la aparición de la luna se pueden avistar de forma simultánea. Ceremonias de exaltación en este cabo que batió el tsunami. Los muy avezados, como las mujeres que se bañan en las aguas inquietas sin quitarse el sari, dicen que son capaces de distinguir los matices de los tres mares que en Kanyakumari donde la tierra termina se encuentran y se mezclan formando una misma textura. Lo primero que asombra al llegar a Kanyakumari, aparte de la inmensidad del océano, es la profusión de templos y monumentos. La mole abrumadora dedicada al padre de la poesía tamil, Thiruvalluvar, autor del Veda de los tamiles titulado Thirukkural es el primer imán. Parece un faro. Tanto la identidad del poeta como la de la fe a que dio lugar son objeto de controversia: oscila entre el siglo II antes de Cristo y el VIII de la era cristiana, y se le atribuyen tanto ancestros hindúes (de casta inferior, o de la más noble: la de los brahmin) como bu- E distas. El maremoto nada pudo contra la estatua (incluido el formidable pedestal) de 40 metros de alto. El mejor lugar para divisarlo es el templo dedicado al místico y reformista indio Swami Vivekananda, levantado en el segundo islote de piedra que hace de centinela ante Kanyakumari en memoria de los días que el santo- -que alcanzó fama internacional tras intervenir en el Congreso Mundial de las Religiones que se celebró en Chicago a fines del XIX- -pasó entregado a la meditación. La carga política (no falta un memorial dedicado a Gandhi) y religiosa es ostensible, como recalca la catedral de Nuestra Señora del Socorro, cuyas agujas neogóticas son una de las señas de identidad de la católica Kanyakumari. Fundada en 1900, la primera misa no se oficiaría hasta 1914. Allí se recuerda la labor evangelizadora de san Francisco Javier, que pisó cabo Comorin en 1542, de ahí que en los Estados del sur, Kerala y Tamil Nadu, se concentre la mayoría de los católicos indios (1,6 por ciento de la población, una gota en la marea hinduista) De los 20.000 vecinos de Kanyakumari, 13.000 son católicos. Vestigios de las viejas casas de pescadores, de colores que se ha ido comiendo el clima, todavía se yerguen en torno a la parroquia de María Auxiliadora. Las más En las noches de luna llena muchos turistas del espíritu suben a la colina de Murugan Kundram: la puesta del sol y la aparición de la luna se contemplan de forma simultánea La Iglesa católica, experta en sincretismos, ha sabido entrelazar sus tradiciones con la fiebre india por lo sobrenatural. San Francisco Javier evangelizó Kanyakumari afectadas por el tsunami fueron las que ocupaban la primera línea de playa, donde han vuelto a aflorar falúas y cayucos de proa puntiaguda. El verdadero puerto pesquero, base de 280 barcos de bajura y altura, está alejado del casco histórico. Como las nuevas casas de pescadores del barrio Claret Nagar (ciudad Nagar) una iniciativa de Cáritas. De las 400 vi-