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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE Franco pasa revista a las tropas junto a Hitler durante su famosa entrevista en Hendaya ta con respecto a España, a la que, creemos, entendía- -además de un frente singular en el que también se libraba la guerra- -también como un terreno en el que recuperar la preeminencia política perdida con la llegada de Winston Churchill al poder en el Reino Unido. Los pasos unilaterales dados por el embajador en agosto de 1943, tras su entrevista con Franco en el Pazo de Meirás, son buena prueba de ello. En cuanto a los Estados Unidos, si bien el dogmatismo del Departamento de Estado y del Presidente sólo se reproducía en una escala mucho menor en el caso del embajador Weddell y casi nula en el de su sucesor, Carlton Hayes, esto no impidió que, en sus relaciones con el gobierno español, ambos diesen muestras de una inflexibilidad de fondo desconocida en el caso de Hoare y del Foreign Office. Por su parte, España seguía mirando a América y a los Estados Unidos con ojos del siglo XIX y, como resultado, ni buscó ni cultivó una cordialidad en las relaciones del rango de la que se pretendió con Hoare, tras el desembarco Aliado en el norte de África, y pese a ser Estados Unidos el sostén económico del régimen en cuestiones determinantes Los sucesos de Begoña de 1942 y la posterior crisis ministerial de septiembre suponen un hito fundamental en el devenir de las relaciones exteriores españolas durante la II Guerra Mundial. Si bien la motivación de la crisis queda delimitada por un factor interno (el atentado contra el ministro del Ejército en la basílica bilbaína de Begoña) el resultado de la crisis ministerial debe hacerse en clave de política exterior, ya que su resultado fue el de un golpe a la Falange más intransigente y el relevo de Serrano Súñer, que había sido designado para ese puesto inicialmente- -con el objetivo de desplegar una política de amistad en todos los órdenes con el Eje, en favor de Francisco Gómez Jordana, genuinamente neutralista y eminentemente más templado que su antecesor. Por mucho que se pueda argumentar que Franco recurrió a Jordana por puro descarte, la decisión final no deja de ser por eso significativa y esta determinada, en nuestra opinión, por una lectura de la situación internacional por parte del Caudillo, y del cada vez más influyente Carrero Blanco, de que el final de la guerra distaba de ser próximo y su sentido, imposible de determinar; todo ello en el contexto de una valoración a la baja de las posibilidades de Alemania de alcanzar una victoria completa. Desde el comienzo de la planificación de la operación Torch, el desembarco Aliado en el norte de África, la postura que España pudiese adoptar ante ella fue considerada como trascendental y de la máxima importancia. Ante esa realidad, se puso un marcha una vasta estrategia diplomática y militar destinada a garantizar una favorable pasividad del régimen de Franco en el momento en el que se produjesen los desembarcos ya que, como los propios informes aliados reconocían, una acción hostil española, previa a que éstos se produjesen, habría conllevado- -con seguridad- -la nece- ABC Ante el desembarco aliado en el Norte de África, se puso en marcha una vasta estrategia diplomática para garantizar la favorable pasividad del régimen de Franco Como Winston Churchill predijo, la reacción española con respecto a los desembarcos fue del todo cauta. España se mantuvo silente y sus fuerzas alejadas sidad de abandonar la operación. Una producida en los días inmediatamente posteriores a la llegada a los puntos de desembarco de las fuerzas anglo- estadounidenses, ya fuese por propia voluntad o fruto de una intensa presión por parte de Alemania, habría coaccionado muy seriamente sus posibilidades de éxito o incluso provocado, eventualmente, su fracaso. La planificación militar aliada, articulada principalmente en tono a la denominada operación Backbone, centrada en la ocupación del Marruecos español, también incluyó otras posibilidades como la ocupación de las Islas Canarias u operaciones de comando (denominadas XY y XZ) para inutilizar los principales puertos españoles e imposibilitar su uso por parte del enemigo. Todos los informes aliados coincidieron en un extremo: la lacerante debilidad del ejército español, en todos los órdenes, era un elemento que jugaba a su favor. Como Winston Churchill predijo, finalmente la reacción española con respecto a los desembarcos fue del todo cauta. España se mantuvo silente y sus fuerzas en Marruecos, alejadas de cualquier tentación intervencionista.