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2- 3 D 7 LOS DOMINGOS DE Consejo Editorial de estudiantes a cargo de la prestigiosa Revista de Leyes de Harvard, dirigida por Obama, quien posa en el centro del grupo, rodeado de su staff aparecer únicamente como afroamericano. A partir de entonces no sólo siguió sobresaliendo en clase por su grado de preparación y buena oratoria, sino que se convirtió una estrella respetada por alumnos y profesores. Dejó de ser un estudiante mayor, bastante solitario, fumador y aficionado a jugar al baloncesto. El profesor Charles Ogletree, que lo trató a fondo, recuerda admirado su capacidad de escuchar y empatizar al máximo con cada uno de sus interlocutores: Puede organizar tus pensamientos sin revelar sus propias preocupaciones y conflictos De entre todos los miembros del claustro, Obama recibió de modo especial la influencia Laurence Tribe, con el que trabajó como asistente de investigación y al que ayudó a publicar un largo artículo titulado La curvatura del espacio constitucional: lo que los abogados pueden aprender de la física moderna El texto defendía una interpretación dinámica de la Constitución norteamericana, favorable a la transformación social, en contra de las visiones históricas y estáticas de los conservadores. En los veranos de la carrera de Derecho Obama, al igual que los demás estudiantes, procuró adquirir experiencia profesional y ganar algo de dinero en despachos abogados grandes dedicados a operaciones mercantiles. En unas prácticas en Sidley Austin, el mayor bufete de abogados Chicago, conoció a la que sería su mujer, Michelle Robinson, que había estudiado unos años antes también en Harvard Law School. La matrícula sumada de los tres años de estudios costaba 75.000 dólares y casi todos los estudiantes acumulaban deudas al terminar. La mayoría buscaba entonces trabajos en grandes firmas de Nueva York, Boston, Chicago, Los Angeles o San Francisco, que desde el primer año pagaban salarios astronómicos. A cambio los despachos exigían facturar cientos de horas al mes a los clientes, dejando muy poco tiempo para cualquier otra cosa. Muchos estudiantes con ambición política o preocupación social aceptaban estos trabajos con la idea de dejarlos al cabo de unos años, una vez canceladas las deudas, y dar el salto entonces a ocupaciones más relacionadas con lo público, como había hecho uno de los iconos de nuestra generación, John John Kennedy, al empezar a trabajar directamente en la oficina del fiscal de Manhattan, en Nueva York. Las reticencias a abrazar la profesión se sustentaban asimismo en que los abogados en EE. UU. habían adquirido peor fama que nunca, sustituyendo como chivos expiatorios en la imaginación social a los yuppies, caídos tras la crisis bursátil de 1987. Pero la experiencia demostraba que era difícil renunciar a un nivel alto de ingresos y un trabajo de primer nivel en el sector privado. Obama evitó este dilema aceptando una oferta bien pagada para escribir su primer libro AP autobiográfico nada más terminar los estudios de Derecho. En sus dos libros hasta la fecha apenas habla de su paso por Harvard, tal vez preocupado de una conexión tan fuerte con un mundo privilegiado. Hasta que empezó formalmente su carrera política en la legislatura de Illinois en 1996, combinó su actividad como escritor con el ejercicio profesional en un pequeño despacho de Chicago dedicado a litigios en derechos fundamentales, el activismo social en zonas deprimidas de la ciudad y la impartición de clases de Derecho Constitucional en la Universidad de Chicago. Con independencia del resultado de las elecciones presidenciales de noviembre, la manera de hacer política ya ha cambiado algo gracias a él, dentro y fuera de las fronteras norteamericanas. Obama es enormemente popular en todo el mundo y representa a una nueva generación de ciudadanos (Pasa a la página siguiente)