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20- 21 D 7 LOS DOMINGOS DE M. FRANCISCO REINA Cultura Castella y la vergüenza torera onfieso que mi relación con la tauromaquia y la liturgia del toro ha sido desigual desde mi niñez. Hijo como soy de torero, conozco bien las luces y las sombras tras el relumbrón de la lidia, lo que me llevó en principio al rechazo frontal de este mundo, por todo lo que tiene, a menudo, de turbio, de machista, de discriminatorio. Con el tiempo, sin embargo, metido en la lidia de la literatura en la que uno tiene que aprender también a dar capotazos, a adornarse cuando es debido, a entrar a matar o a que le maten, en este ruedo canallesco de los intelectuales de diverso pelo y encastes, en los que abundan los cabestros, los mansos que te cogen a traición, y pocos son los bravos que te ayudan en justa lid a hacer buena faena, acabé siendo seducido por su ritual estético. La fascinación, por ejemplo, de Orson Welles por los toros es una constante en los creadores norteamericanos desde el diecinueve. Ya Washinton Irving, con sus libros de viajes por Andalucía contribuye a la imagen exótica y folclorista del sur, pasando por Walt Whitman, cuya poesía mezcla la épica y la lírica, y establece una línea de identidad literaria de lo llamado telúrico, como seña referencial americana. De ahí, a la seducción terrestre que ofrece la tauromaquia como fuerza brutal de la naturaleza, enfrentada con el héroe que arriesga con valor mitológico su vida, y toda la liturgia estética que hay en la tauromaquia, hay un paso mínimo, que hace que desde Irving a Orson Welles, pasando por Hemingway, Alejo Carpentier, o Truman Capote, todos quedasen hechizados por esta tradición ancestral de valor, belleza y muerte. Esto es apreciable también en incontestables creadores españoles, co- C mo Lorca, Alberti, Ortega y Gasset, Miguel Hernández, o los más recientes, Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Hernández, Manuel Ríos Ruiz. Parecía que la tauromaquia atravesaba sus momentos cenitales, cuando han aparecido jóvenes figuras del toreo, como José Tomás, que han revitalizado las relaciones entre la tauromaquia y la intelectualidad. Yo confieso debilidad por dos figuras menos tremendistas, como son Cayetano Rivera, que en mi modesta opinión ha heredado lo mejor de su abuelo Antonio Ordóñez, y lo mejor de su también pariente Luis Miguel Dominguín, pero sobretodo por un torero, Sebastián Castella, que tiene, además de los mimbres de los toreros más pintureros de todas las épocas, un estigma en el que se empeñan los más tradicionalistas, el de su procedencia francesa- -aunque su madre sea española- lo que le dota de una leyenda literaria, como de afrancesado que volviese a través de los tiempos de Goya a reclamar sus señas de identidad. Lo que es innegable son sus capacidades y arrojo. El crítico de ABC Zabala de la Serna señaló hace poco estos mimbres de forma casi poética, como sólo él sabe, en una tarde de triunfo y tragedia, poniendo énfasis en El gesto de hombría de Sebastián Castella, pletórico de ambición y sitio, con el muslo abierto, en pie sobre la arena de Algeciras para dar muerte al toro Un reguero de sangre pintó una delgada línea roja hasta la enfermería Sólo unos días antes, en una Entrevista de Rosario Pérez, Castella decía: El querer ser figurón del toreo no es sólo cortar dos orejas a un toro. Para ser grande hay que marcar la diferencia Esto se ha llamado siempre vergüenza torera vergüenza jugándose la vida por la gloria de la belleza como en los tiempos de Creta y sus ritos del toro en Knosos, en los que los jóvenes probaban su hombría saltando sobre los cuernos de la bestia. La tauromaquia, como símbolo trágico, estética incomparable y simbólica, en la que se aúnan lo masculino y brutal, que es el toro, con lo subvertido y plástico del torero convertido en doncella armada, y héroe como una especie de Aquiles arquetípico, vestido con medias de seda y fajines, con alamares de oro pero que, como una especie de sacrificio ritual, ajusticia a la bestia, o es ajusticiada por ella. Esto es Castella, encarnación de aquel verso de Emily Dickinson en el que asegura que murió por la belleza No es poca cosa en tiempos tan cobardes y zafios, aunque mi deseo es que la muerte sólo sea estética y transformadora, y Castella nos dé faenas floridas de hermosura y emociones. LORENZO BERNALDO DE QUIRÓS Economía En la hoguera de vanidades C uando los militares romanos entraban en triunfo en la Ciudad Eterna, aclamados por las multitudes, el esclavo que les acompañaba en la cuádriga y sostenía sobre sus sienes la corona victoriosa, les susurraba: Recuerda que sólo eres un hombre El auge y caída de Martinsa- Fadesa simboliza el fin de una época. Los magnates del ladrillo comienzan a arder en la hoguera de las vanidades de Tom Wolfe, después de haberse creído los amos del universo Los imperios empresariales edificados sobre una pila de deudas, en un entorno de exuberantes condiciones financieras y crediticias, y con unas expectativas de revalorización constante del precio de los activos reales antes o después se desmoronan. Ahora toca, como dijo Andrew Mellon en los albores de la Gran Depresión liquidar, limpiar y depurar los excesos cometidos para impedir que su desplome arrastre al sistema financiero. Desde hace al menos un año, los economistas solventes de este país anunciaron la insostenibilidad del boom inmobiliario y pronosticaron un final dramático a un crecimiento empresarial basado en el apalancamiento. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria hubiese bastado para llevar al país a la recesión. La subida de las tasas de interés, el aumento del desempleo y el deterioro de la economía conducían a una abrupta caída de la demanda de viviendas, a un inevitable descenso de sus precios y a la creación de serios problemas de solvencia para los deudores hipotecarios, constructores y promotores. Esta dinámica de ajuste se ha visto agravada por la crisis financiera global y por el cierre de los mercados internacionales de crédito. El flu- jo crediticio a la economía española se ha secado y las situaciones de insolvencia se van a disparar. Ante este panorama, el problema ya no es el hundimiento de la construcción, sino la posibilidad de que el everest de deudas acumulado desestabilice el sistema financiero. Con una prudencia exquisita, el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez ha insinuado esta posibilidad. En una coyuntura recesiva, con tasas de interés al alza y con una contracción de la liquidez, los bancos y las cajas más afectados habrán de optar entre un deterioro brutal de sus ratios de solvencia o por una liquidación masiva de los activos de sus deudores y al precio determinado por el mercado. En esa línea hay que entender la decisión de Don Florentino Pérez al poner en venta su participación en Unión Fenosa, iniciativa realizada a sugerencia de sus acreedores o anticipándose a ella. Esto implica el redimensionamiento y o la bancarrota de las compañías incapaces de hacer frente a sus obligaciones. No hay otra alternativa y cualquier opción arbitrista, consorcio del ICO con los bancos y cajas sanos etc. para suministrar fondos, es un balón de oxígeno que sólo servirá para hacer más dura la caída y dañar la solvencia del sistema financiero. En un reciente estudio, Analistas Financieros Internacionales prevé que las entidades crediticias españolas necesitan alrededor de 150.000 millones de euros de aquí a finales de 2009 para refinanciar sus emisiones de cedulas hipotecarias y otras malas deudas. ¿De dónde van a sacar ese ingente volumen de recursos? Esto plantea la necesidad de que los bancos y las cajas afloren con rapidez su verdadera situación y que se produzcan los movimientos necesarios para evitar una crisis financiera similar a la aparecida en los años setenta y primeros ochenta del siglo pasado. Aunque fastidie a sus amigos, el gobierno no ha de correr en socorro de las empresas con plata pública o animando a los bancos y cajas sanas a suministrarles recursos. Hay que depurar los excesos cometidos en la era expansiva y del mismo modo que antes se beneficiaron del boom ahora les toca asumir los costes del nuevo escenario. Además, el gabinete socialista no podría hacerlo aunque quisiese. Las ayudas públicas a sectores en crisis están prohibidas por la UE y el problema económico- financiero es de tal magnitud que ni la banca ni las cajas disponen de los medios para salvar a los náufragos salvo que decidan unirse a ellos.