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13 7 08 VIAJES Australia TEXTO Y FOTOS: FRANCISCO LÓPEZ SEIVANE El desierto rojo El Uluru, una imponente mole de arena compactada por la presión, es un lugar sagrado para los nativos y uno de los parajes más mágicos del planeta. El cárdeno corazón del desierto australiano adie sabe a ciencia cierta de qué color es el Uluru, la inmensa roca sagrada que los Anangu custodian desde hace veintidós mil años y que los australianos llaman Ayer s Rock. El Uluru se enciende al amanecer con un rojo incandescente que dura apenas unos segundos. Es una ignición mágica que parece irradiar de su interior y constituye el más fascinante espectáculo natural que pueda presenciarse. A partir de ese momento, las luces cambiantes del día van variando su color hasta que el ocaso lo viste de un misterioso violeta. A los aborígenes no les gusta ni un pelo que los turistas lo profanen y piden encarecidamente que respeten su ley y no asciendan a la roca, pero cada mañana una larga hilera de figuras humanas culebrea penosamente por la consumidas faldas hasta sentarse en N la magnífica atalaya de su cima. A su alrededor, pueden contemplar miles de kilómetros de desierto barridos por el mismo viento que redujo a polvo la mayor cadena montañosa de la tierra. Alturas superiores a las del Himalaya fueron erosionadas por los elementos durante más de 600 millones de años hasta extender por doquier sus partículas arenosas. Es el desierto rojo que ocupa la parte central de Australia. En esa inmensa llanura de dunas y arbustos secos destacan, como mínimas reminiscencias de su grandioso pasado geológico, los Olgas y el King s Canyon. El Uluru es otra cosa. Una imponente mole de arena compactada por la presión que surgió como un diente desde el interior de la tierra. Con un perímetro de dos kilómetros y una altura que no llega a los 200 metros, los geólogos sostienen que hunde su raíz varios kilómetros bajo la superfi- cie. Pero, para los Anangu, el Uluru es cosa de los espíritus, un lugar mágico y sagrado que ha presidido su vida desde los orígenes. Un difícil Tratado, lleno de malabarismos legales, permite a los turistas acceder con restricciones a esta maravilla que custodian con gran celo. Cualquiera que pueda llegar hasta allí se sentirá privilegiado. Hoy día no es tan difícil. Hay un aeropuerto y un complejo hotelero, Sails in the Desert en las proximidades. Ambos perfectamente camuflados en la orografía del desierto. Los momentos mágicos son el amanecer y el ocaso. El propio hotel organiza una cena al aire libre sobre un promontorio A los aborígenes no les gusta que los turistas profanen su roca sagrada, pero cada mañana una larga hilera de figuras humanas culebrea penosamente hasta la cima