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6 7 08 VIAJES Plaza de Vaiete, uno de los principales puntos de encuentro de la ciudad Papeete Una sensual anfitriona TEXTO Y FOTOS: MANENA MUNAR Su nombre significa cesta de agua Agua que asoma en la frondosidad de sus selvas, que se adivina en la belleza de sus flores y que se alza en la transparencia de un mar que envuelve la más dulce de las islas apital de Tahití, corazón del hedonismo de la Polinesia francesa, puerto, universidad... Papeete es la puerta de entrada al bello archipiélago de Tahití, cuyas 118 islas se diseminan por una vasta extensión de mar. Ciudad pequeña y alegre, situada en la isla de Tahití Nui, a cuyo amparo se arrima su pequeño apéndice de Tahití Iti, ambas pertenecientes a las llamadas Islas del Viento Con Tahití flirtearon exploradores del siglo XVIII como Bouganville, Wallis o James Cook, quien la bautizó como Jardín del Edén Un paraíso al que se las arreglaron para re- C gresar casi todos esos ilustres exploradores, cada uno con su excusa particular. Cook volvió para estudiar el tránsito de Venus (cuando el planeta cruza la cara del sol) Un fenómeno que observó desde el que después llamaron el Faro de Punta Venus, en la bahía de Matavai, que tiene una de las playas de arena volcánica más bonitas de Tahití. El Capitán William Bligh, por su parte, estaba obsesionado por los brotes del fruto del pan, como bien nos muestra la película Rebelión a bordo en la que, como se recordará, Marlon Brandon en el papel del capitán Bligh destina la escasa ración de agua del Bounty al mantenimiento del fruto del pan en vez de a la supervivencia de la tripulación. Después llegaría Gauguin, quien daría a conocer al mundo las oleadas de color de la isla y la belleza de sus mujeres. Hoy, el Museo Gauguin de Papeete rinde honor a la agitada vida del artista en la isla. Para conocer la historia de Papeete hay que visitar el museo de Tahití y sus islas. Entre embarcaciones de madera, quijadas de ballenas y coloridos murales, se desgrana la memoria del archipiélago, los primeros asentamientos y las posteriores visitas de viajeros de la lejana Europa, tan fascinados por el secreto del archipiélago. Papeete es el pulmón económico de la Polinesia francesa gracias a su puerto y a las empresas y comercios que han ido creciendo desde que la reina Pomare IV se trasladó a la ciudad y la convirtió en capital en 1820. Hoy es una ciudad vital que respira al ritmo de los tiempos. Durante el día, el trasiego portuario, el mercado, la belleza de la flora que irrumpe sobre el asfalto. Al atardecer, siempre hay algún acontecimiento cultural al que acudir. Y por la noche, el bullicio de sus clubs nocturnos. Las afueras de la ciudad aparecen salpicadas de vestigios coloniales. Un bello ejemplo de la ar-