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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE Vista aérea de Caracas desde el Cerro Ávila. Un escenario espectacular que esconde un mundo vértigo y violencia Zuka Bar cierra a las tres. Lo hace no porque al personal le falten ganas de fiesta, sino por una disposición gubernamental que busca reducir los accidentes de tráfico en la Semana Santa. Lo llaman la ley seca y en la noche caraqueña todos reniegan de ella, por más que busque resolver un grave problema social. El empleado que nos invita a salir se disculpa escoba en mano y clama contra el tonto de Miraflores De nuevo al coche. Zuka, como todos los establecimientos, tiene un estacionamiento privado. Caminar de noche hacia el vehículo está vetado. Shirley se pone en marcha y me recuerda la conveniencia de no bajar los vidrios Conduce sin pararse ante ningún semáforo en rojo. No es ninguna imprudencia. Lo contrario sí lo sería. Por temor a ser asaltado, nadie se detiene en un cruce en Caracas. Pregunto si ninguna autoridad vigila el tránsito por las noches y Shirley me dice que no. Así transcurre la noche, entre el consumo y el miedo, entre la ostentación y la precaución. Le propongo a Shirley que me acompañe la noche siguiente y acepta, pero se niega a llevarme a los cerros. Ni ella ni sus amigos han estado nunca allí. Ni siquiera conocen el nombre de los barrios que conforman. Y eso que no hay un rincón de la ciudad en el que se pueda dejar de verlos. Es una realidad inmensa a la que los caraqueños mejor situados del valle se empeñan en ignorar. La noche después, rodamos por la Avenida Baralt. Es una de las calles principales y conduce al palacio presidencial de Miraflores. Expreso mi deseo de ir a verlo y Shirley, como buena venezolana, se comporta como anfitriona ejemplar y me lleva hasta allí. En la Avenida Baralt veo por primera vez peatones nocturnos. Entre montones de basura, mujeres esmirriadas y desdentadas deambulan sin rumbo aparente y corrillos de varones en camiseta interior fuman mientras deslizan miradas torvas a su alrededor. Shirley vuelve a recordarme la norma de los vidrios subidos Al poco nos topamos con un motorista herido en la calzada. Es el conductor de un moto- taxi uno de los servicios más rápidos para desplazarse por una ciudad siempre colapsada. También uno de los más peligrosos. Sus conductores sortean el tráfico como kamikazes. Es frecuente que se accidenten y se han dado casos en que el conductor ha salido ileso y ha huido del lugar abandonando a su pasajero mal herido. Así es Caracas: un caos vertiginoso y sin ley. De noche aún más. Pero habrá de ser otra Shirley la que me lleve a los cerros. Esta tiene 23 años, está en paro y vive con su hija de cuatro en una habitación alquilada en el barrio de Petare, uno de los enclaves más populosos y menos recomendados a los turistas. Esta Shirley pertenece a otra capa social que la anterior y conoce bien los cerros. ¿Es tan peligroso como dicen? le pregunto. A mí nunca me pasó nada, aunque, por supuesto que si llegas con joyas volverás sin ellas me responde cándida. Shirley consigue una guía para visitar los cerros. Irene, una há- AP Viaje a la miseria En 1999, tras varios días de intensas lluvias, muchas casas de los cerros, asentadas sobre terreno irregular, se derrumbaron y miles de personas murieron entre barro y cascotes bil conductora profesional nos llevará siempre que no bajemos del vehículo ni, cómo no, abramos las ventanas. El itinerario comienza en las cercanías de la playa de la Guaira. Recorremos la carretera que une este lugar de recreo con el corazón de la capital. Ahora funciona una autopista, que, además de ir más rápido, permite ver los cerros más lejos. La sinuosa carretera antigua atraviesa los barrios del Blandín, la Cantina y el Limón. También el del plan de Manzano, un vertedero donde se asentaron algunos pioneros a los que muchos imitaron después, y el de la Linda Tablita, una antigua escombrera que hoy es el hogar de cientos de familias. Uno llega y construye su casa donde buenamente puede. Con suerte tal vez se mantenga en pie. En 1999, tras varios días de intensas lluvias, muchas de estas construcciones, levantadas ilegalmente sobre un terreno irregular, se derrumbaron y murieron miles de personas. Fue lo que se llamó el desastre de Vargas. Aún son muchas las personas expuestas a una catástrofe de este tipo. El Gobierno actual trata de mejorar la situación de esta numerosa población y ha puesto en marcha planes de construcción de centros sanitarios y escolares, pero aunque la gente de los cerros valora el esfuerzo y respalda electoralmente a Chávez, la estampa general de estos parajes sigue siendo desoladora. Cuando se oculta el sol se percibe la total inexistencia de alumbrado público. Lo que durante el día se presenta deprimente, al caer la noche deviene fantasmagórico. Niños y mayores caminan descalzos por la penumbra. La única luz disponible es la de los farolillos de los umbrales de las casas y de las fogatas que grupos de vecinos encienden en algunas plazuelas para reunirse en torno a ellas. Perros atropellados, casas derruidas y automóviles carbonizados conviven en un paisaje espectral, en el que las personas se tornan poco más que siluetas enclenques y errantes. También parece espectral el convoy militar con el que nos topamos. Es lo único del Estado que ha llegado hasta allí. Irene ha elegido como banda sonora para la excursión La Oreja de Van Gogh. Shirley tararea distraída mientras yo contemplo atónito la otra cara del Gran Caracas, la más cruda. Apenas media hora de coche me separa de la otra Shirley, su pandilla y el frenesí consumista de San Ignacio. Pero en realidad sé que la distancia es abismal, que para ellos esto no son más que unas luces en el horizonte. Hay quien teme a la noche. A otros los reconforta ocultando aquello que no les gusta ver.