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6 7 08 CLAVES DE ACTUALIDAD Caracas Noches de miedo, deseo y miseria Los caraqueños intentan divertirse protegiéndose de la delincuencia e ignorando el inmenso cinturón de pobreza que rodea a la capital venezolana. Aunque no siempre es fácil POR GUILLERMO D. OLMO i uno contempla Caracas de noche, la vista resulta deleitosa y fascinante: un inmenso piélago de lucecillas se extiende por las montañas circundantes y se convierte en un espectáculo ubicuo para el maravillado turista. Mire donde mire, topa con las luces. De día, la claridad permite una percepción completa. Lo que de noche era luz y misterio se desvela como un descomunal cinturón de miseria. A la vista se nos ofrece la poco edificante realidad de los barrios de los cerros, donde anida la pobreza y donde la ley es una palabra huera. Así es Caracas, una urbe desigual, compleja y engañosa, donde la estampa más lustrosa puede esconder la realidad más deprimente y donde los que no padecen la pobreza se empeñan en vivir como si no existiera, como si, igual que por la noche, los cerros fueran poco más que un espejismo en el horizonte. Los venezolanos son festivos y cálidos. Y disfrutan la noche a tope. El problema es que en Caracas puede ser muy peligrosa. Las criaturas que los cerros vomitan hacia el valle, donde se ubican el próspero centro financiero y los principales locales de moda, viven en gran medida de la delincuencia. Y tras la puesta de sol comienza su hora punta. Shirley, informática de 26 años, lo sabe, pero no por eso renuncia a lo que más le gusta el fin de semana: rumbear Tras una semana de trabajo agotador para la multinacional española que la emplea, Shirley ha quedado con unos amigos, la mayoría compañeros de trabajo. Accede a que la acompañe. Los amigos de Shirley pertenecen a esa minoría de venezolanos que han cursado una carrera universitaria. Para ellos es factible S alcanzar una buena posición y sus hábitos de consumo no tienen nada que envidiar a los europeos. Varios de ellos se plantean afincarse en España. Ángel, un negro, dice que es una potencia que inventó un idioma y me pregunta si tendría problemas por su color de piel. Shirley y su amiga Yanired también proyectan viajar a España. Estos jóvenes pertenecen al sector de la sociedad venezolana que tiene en la adquisición de bienes y en el ideal capitalista de felicidad su meta. Rechazan los planteamientos demófilos del presidente Hugo Chávez y son los potenciales emigrantes venezolanos. Al contrario de lo que ocurre en otros países del área, en Venezuela son las clases medias y letradas las que con más frecuencia emprenden la aventura de instalarse en el extranjero. Bien templados por unos cuantos tragos empieza de verdad la noche. Arranca la procesión motorizada por las calles de una ciudad desierta. Como en la metrópoli que Ridley Scott soñó para Blade Runner en Caracas de noche sólo hay neones y automóviles. Hago el trayecto en el flamante coche nuevo de Shirley. Acaba confesándome que tras comprarlo está pasando por algunas dificultades económicas. Son muchos los venezolanos que adquieren bienes suntuosos por encima de sus posibilidades. Venezuela es el país de los coches caros, de la cirugía estética y de los móviles de última generación. Pero también de la pobreza y de las desigualdades, de los cerros. Siguen allá en lo alto; desde el valle no se ve más que un rosario de luces, pero hay vida en ellos. Según me cuentan, una vida miserable. La siguiente parada es el barrio de San Ignacio. Como Las Ocio nocturno Mercedes, Chacaíto o Sabana Grande, es de las zonas de ocio nocturno más concurridas. Tal vez porque la demanda es amplia e incondicional, los porteros de los locales son tan hoscos. Entramos en el Zuka Bar, una discoteca similar a muchas europeas, donde uno puede optar entre bailar al ritmo de compases electrónicos o apoltronarse en un cojín a tomar y conversar con los amigos. Tomar mucho, porque los exiguos precios son toda una invitación a la embriaguez. En el centro, la pista de baile está poblada por jóvenes que danzan voluptuosamente. En Venezuela, como en toda la zona caribeña, aunque salsa y reguetón son los géneros más propicios, cualquier son vale para restregarse con personas del sexo opuesto. Sensualidad y deseo se abren paso al amparo de los muros de la discoteca, cuando la custodia de las pertenencias de uno deja de ser una obsesión. A pocas manzanas del palacio presidencial de Miraflores se acumulan montañas de basura y gentes ociosas de apariencia, como mínimo, dudosa