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10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE cional de Naciones Unidas en Afganistán, tienen acceso a la sección conocida como Guantánamo y que los norteamericanos han bautizado Afghan National Detention Facility (Centro Nacional Afgano de Detención) y en el que se han gastado 32 millones de dólares. Trescientos reclusos viven en celdas individuales de reciente construcción, visten con blancos salwar kamize y buzos de color naranja- -como en la base caribeña- -y su vigilancia corre a cargo de quinientos hombres apoyados por asesores estadounidenses. Los detenidos son transferidos por Estados Unidos al Ministerio de Defensa afgano, no al de Justicia como el resto de prisioneros del país, y son juzgados por una corte ordinaria dentro de la misma cárcel. Expertos consultados aseguran que se trata de personas que llevan una media de cuatro años cautivos y que, una vez pasan a manos del sistema de justicia afgano, el proceso legal está repleto de irregularidades. De los trescientos presos actuales, doscientos están siendo inves- tigados para determinar su grado de culpabilidad, pero otros cien permanecen entre rejas sin ningún tipo de investigación, sólo por el hecho de venir de Bagram o Guantánamo se les supone culpables, pero nunca se les ha llegado a juzgar denuncia un técnico de la misión internacional con acceso al recinto que prefiere mantener el anonimato. Este nuevo Guantánamo como lo conocen los afganos, está en mejores condiciones físicas que el sector afgano de Policharki, permite la visita de familiares y los presos que allí se encuentran no se quejan de malos tratos, sólo reclaman a los técnicos que les visitan periódicamente que se aclare su situación judicial. Mucho peor es la vida para los seiscientos reos recluidos en la base de Bagram que bajo la etiqueta de Enemy Combatant (enemigo de combate) son responsabilidad exclusiva estadounidense y viven en unas condiciones muy duras, en un régimen extrajudicial donde resulta imposible determinar las pruebas de la acusación y con la sospecha permanen- Cristiano, esta vez sales vivo, pero nos volveremos a ver. Si te veo en Kandahar, estás muerto así se despide de nosotros el preso Abdullah Unos cien reos permanecen entre rejas sin ningún tipo de investigación, sólo por venir de Bagram o Guantánamo se les supone culpables nos cuentan te del sufrimiento de torturas según diferentes organizaciones humanitarias. El incremento de operaciones en el sur del país ha llevado a los norteamericanos a llevar a cabo la ampliación de su centro penitenciario en Bagram, donde esperan poder albergar a mil prisioneros en los próximos meses. Mil prisioneros exclusivamente de EE. UU. en suelo afgano. A unos pocos metros, y separados por un simple muro, otros 3.500 presos se hacinan en las viejas y mohosas instalaciones de Policharki. Sin uniformes, ni celdas individuales con retrete privado. Setecientos policías velan por su seguridad en dos turnos diarios, por lo que nunca hay más de 350 agentes operativos. En el interior de los muros los reos tienen el poder absoluto, sobornan a los vigilantes para poder usar los móviles, disfrutar de televisión o montar pequeños comercios. Abdullah, por ejemplo, tiene un televisor de doce pulgadas en su amplia celda y gracias a él pudo seguir las noticias sobre el ataque a la prisión de Kandahar. La alusión a este incidente enciende los ánimos del grupo y el gigantón, sin alzar la voz, proclama en plan mesiánico que los hermanos están cada vez más cerca, y tarde o temprano nos liberarán a todos. Lo de Kandahar fue sólo una señal. El día de la liberación está próximo y ya no tendre- Dos mundos mos que ver nunca más a nuestras mujeres asistiendo a la escuela o a los extranjeros controlando nuestro Gobierno Los edificios nuevos coronados de relucientes techos del sector Guantánamo se tornan en construcciones semiderruidas y tejados derrumbados. Allí, los presos comen el arroz que los guardias les dejan en grandes cubos metálicos a las puertas de los módulos. En ese momento aparece el guardia de prisión. Ya ha pasado media hora y es la hora de la entrevista con el gobernador de la cárcel, el tercer gobernador que ha tenido Policharki en los últimos seis meses debido a las constantes revueltas de los presos. Cristiano, esta vez sales vivo, pero nos volveremos a ver. Si te veo en Kandahar, estás muerto se despide Abdullah, que, pese a la amenaza, estrecha la mano del periodista con un firme Salam Aleikum Los condenados por acciones contra el Gobierno -concepto que engloba a talibanes, miembros de Al Qaida e insurgentes de todo tipo- -comparten espacio con los presos comunes, lo que preocupa al gobernador de la prisión por la nefasta influencia de los primeros sobre los segundos, pero no tenemos sitio para separarlos, estamos al límite lamenta el general Abdul Baqi Behsoody, la persona en la que las autoridades han puesto todas sus esperanzas para enderezar la marcha de Policharki y evitar una situación como la de Kandahar. David Hermann, responsable de la misión de Cruz Roja Internacional en Policharki, comparte el juicio del nuevo gobernador y asegura que uno de los objetivos que nos hemos marcado es la división. Nosotros trabajamos con mil personas que cumplen condena por ser combatientes contra el Gobierno y nuestro consejo es separarlos cuanto antes del resto porque cada vez hay más problemas El Reino Unido paga un corredor de la muerte Policharki es un ejemplo de la situación real de al ayuda internacional, con muy buenas intenciones, pero que en la práctica dista mucho de las necesidades reales del país. El Gobierno británico ha financiado a través de Undoc- -agencia de la ONU para la lucha contra la droga- -una nueva ala de alta seguridad con capacidad para cien personas en la prisión, bautizada como U- 10. Ha costado 1.3 millones de euros y durante 20 meses permaneció vacía porque, aunque el opio sea el principal negocio del país y la mayor fuente de financiación de la insurgencia, no se ha detenido a ningún narcotraficante. Viendo el espacio inutilizado, las autoridades de la prisión decidieron acomodar en las nuevas instalaciones a los presos condenados a muerte. Afganistán restauró la pena capital en octubre como iniciativa presidencial para frenar el crimen, y en Policharki hay al menos diez reclusos condenados a muerte. Las autoridades británicas, opuestas a este castigo, argumentan que no tienen nada que ver porque aun no se ha llevado a cabo la transferencia oficial de las instalaciones al Gobierno afgano pero en su país se ha generado una gran polémica. Desde Undoc nadie quiere hacer declaraciones. Mientras, la nueva U- 10 de Policharki se usa como un corredor de la muerte. AP